
De todos los mugrientos locales de seguridad e investigación privada en el circuito de la Calle Cinco, esta mamasota con vestis ajustadas y de marca, elige el mío y arrastra ese rabo a lo largo de tres rampas de gradas, y sin siquiera sacudir el colchón del asiento frente a mi escritorio, planta su inmaculada redondez sobre él. Cruza sus largas y gruesas piernas y se inclina hacia adelante con las manos en las rodillas para revelar su interminable escote y darme una mirada fija e inquietante.
Ya había visto su nave cuando se arrimó al respaldón de la calle y me escapé de su examinación al ponerme de pie y ambular hacia la ventana para jalar la cortina para darle un ejemplo de mis impresionantes talentos de detección. —Son pocas las nenas que me llegan a mirar con lupa en una aerosina. — Dije esto por encima del hombro, admirando la nave flotante que iluminaba el mugriento concrepista por debajo de sus rieles que emanaban el color fucsia. Me volví hacia ella y retomé el deshilachado asiento detrás del área de empeño de mi escritorio. Planté los codos en los reposabrazos y apoyé la barbilla en los pulgares. —¿En qué le puedo servir, Señorita? —pregunté.
—¿Se puede? — ella levantó un nicoveip para mi examinación.
—Son tus pulmones—, le abrí las palmas ante sus protuberantes senos.
Ella lo laserereó y me clavó con esa mirada del gato Cheshire. Cuando llegó un soplo de lilas a mi nariz, se me cayó la peseta: la chica había tenido una intervención de mortalidad. No tenía pinta de hija de un plutócrata, sino más bien como trofeo de conveniencia, o al rato tal vez una querida, pero ¿por qué una chivilla estaría merodeando por mi rincón del barrio? ¿Qué tipo de ricachón permitiría que esta nena—sea esposa o amante—ensuciara las suelas de sus Ateo Dior tacones en mis gradas?
—Mi cliente requiere algunas consultas discretas—, dijo. —Todavía tenés una red clandestina en la Península de Osa, ¿no es así? —
—¿Tu cliente?—
—Sí, mi cliente anónimo.—
—Es posible que me queden algunos bichillos encuevados en la zona—, le alimenté la majadería —Pero veo que ya has hecho tus pesquisas sobre mí. . . —
—No nos preocupan los pecadillos del pasado y los vicios actuales y ese tipo de pormenor, siempre y cuando no interfieran con el trabajo—.
—¿Que consistiría en?—
—¿Estás al día con tus licencias y permisos?— levantó la ceja.
—Ya sabes que lo estoy—, le dije. —¿A quién le tengo que pegar un tiro?—
—Oh, Sr. Durante—, suspiró. —Por favor, no somos ese tipo de gente—.
—¿Qué tipo de gente son?—
—El tipo que preferiría que nuestra inversión regresara de la montaña intacta y no en un frasco de restos atomizados.—.
—¿De qué se trata todo esto, Doña…?—
—Llámame Señorita Zafiro, Sr. Durante.—
—Está bien, señorita Zafiro,— le dije.—Ricardo Durante a sus órdenes. Mis amigos me conocen como Pengona—
—Bueno,— ella sonrió. —No estoy buscando nuevos amigos en este momento, así que mantengamos las cosas semiformales, guiñó. ¿Cuál es tu tarifa diaria, señor Durante?
—¿Mi tarifa diaria?—
—Bueno—, dijo ella, —¿cuál es tu tarifa diaria máxima? —
—Cinco zetas más gastos—.
—Voy a duplicar eso y pagarte un anticipo de cinco mil tiquinos para que te pongas en marcha. Te necesito listo mañana. Tengo un chárter a las ocho de la mañana saliendo de Pavas y una suite apartada para ti en CrocoCorp Tower. Estoy segura de que disfrutará chusmear con todos tus viejos amiguis allí. ¿Me permites mientras le pestañeo al contador para que te pague?
—Espera, hermanita. Me gustaría saber cuál es la misión primero.
—Descruzó sus largas y las volvió a cruzar al revés. —¿Realmente importa, Don Ricardo”?–
Ladeé la cabeza, la estudié y me eché hacia atrás. —Supongo que no—, le fui sincero.
—Disculpe.— Miró al vacío durante unos segundos. —¿Puedes revisar tu cuenta, por favor?—
Me pestañé mi cuenta contable y había cinco Zetas ardiendo la hojarasca de un triste saldo frotando en ese vacío.
—Tendré que agregarlo a mi grupo de pestañados,— afirmó. —Pero, por favor, no me pestañes a mí al menos de que sea una absoluta emergencia. —
Él le cedió a su zona de pestañantes. —¿Y estás segura de que no tengo que darle piso a nadie?—
—Positivo, Sr. Durante. Revise el archivo que te he soltado en tu apartado de pestañas. Hágalo esta noche, por favor, para ponerte al día con los detalles. Cualquier pregunta que tenga, puede hacérsela a tu agente técnico, quien se unirá a usted en el vuelo a la zona sur. Pero vayamos a los puntos álgidos: Gato Izqadi. ¿El nombre te suena?
Levanté la vista y fruncí el ceño. —Me suena, en alguna parte—, luché por recordar. —Sin embargo, no puedo ubicarlo del todo —mentí—. —¿Debería?—
—Si usted no lo conoce, a sus asociados sí los va a conocer.—.
—¿Y quieres que lo espante de su cueva a este felino para que tu otra gente pueda darle piso? —
—Nada de eso—, resopló ella. —Izqadi engendró un hijo en La Reforma. La madre era joven, problemática, estaba lidiando con problemas de sustancias, sufría de GIDA, todo el cuento, ahora trágicamente fallecida—.
—Que en paz descanse, — le dije. —Y Junior también, para el caso.—
—Junior tuvo una intervención uterina,— exhaló lilas. —No lo contrajo.—.
—Entonces, ¿qué contrajo Junior? —
—Mieloma múltiple. En pocas palabras, necesitamos a Papi para una intervención de médula ósea.—
—¿Qué pasa si a Papi le gusta su tuétano de la forma en que se sienta?—
—Tenemos incentivos. Es doloroso, pero Izqadi se iría con cien mil tiquinos, más si sabe negociar; entonces, hay un gran día de pago para él. Y para vos también, para el caso. Tú negocias el trato y te apuntas el 20% y duplicas de nuevo—y por encima de la comisión—tus honorarios.—
—¿Así de fácil?—
—Como ponerle chonete a la lora,— respondió ella.
—¿Y Junior amerita todo esto?—
—Agotaré lo que me autorizan divulgar para así salirme de esta pocilga,— dijo, volviendo a cruzar las piernas hacia el otro lado. —Junior es el último de un largo y privilegiado linaje. El abuelo ya está muy veterano para una nueva intervención, y su biótico está aplastado por la radiación química y así también el sistema inmunológico, más allá de la clonación, más allá incluso de las líneas madre viables. Es un anciano moribundo y quiere a su heredero. Los detalles están en el archivo pestañado.

—Mire, sabemos que conoces las personalidades y el terreno donde se esconde Izqadi, —refunfuño la Señorita Zafiro repentinamente. Ambos son desafiantes. Izqadi está prófugo de la justicia, claro, o no sería un tema tan delicado. Usted cumple con todos nuestros matrices para esta chambita, a pesar de tus… —miró a su alrededor, — modales y elección de entorno. Usted es un hombre con el que creemos que podemos trabajar para el beneficio de los dos.
Piénsalo bien y preséntese mañana en Pavas . Si prefiere no aceptar la consigna, le sudaremos el depósito en servicios locales más convencionales a su oficio. Es su elección, Señor Durante. Si rebota por completo, dirija amablemente su depósito a la organización benéfica de su elección, y buscaremos una alianza profesional en otra parte.—
*
La vi salirse soplada en la sina, dirigida en su apariencia hacia la Cinco, pero la visión borrosa y la fatiga me llevaron a una prueba sanguínea y me arriesgué en postergar inyectarme para descender las gradas tras la pista. Encontré su chinga en la acera, tal y como si ella me lo hubiera dejado ahí a propósito. Fue demasiado fácil, por mucho, pero incluso las personas que se consideren inteligentes, a menudo se engañan a sí mismas. El sonido del saludo de Lyrica agitó moléculas internas que prefiero retener de alguna reacción autoiniciada. Ella se resistió a la forma, pero seguía siendo mi cerebro femenino y técnicamente todavía me debía, aunque estábamos más allá de cuentas. Me devolvió la pista de ADN en quince, y para esa hora mi insulina me tenía la vista aguda. Transferí los fondos del depósito de la Zafi a mi fondo quirúrgico, admirando codiciosamente el monto ligeramente aumentado. Ahora estaba a solo cuarenta y cinco zetas de mi propia intervención. Acababa de socavar el equilibrio en un diez por ciento en el espacio de una miserable media hora en plena admiración de una cruda diosa bien encarnada. Todos sabíamos que me iba postular para el brete.
*
—Esto no se trata de un niño enfermo, Poly,— le dije a mi lora esa noche en casa —¡Esto se trata de oro!—
—Quiero un bizcocho,— respondió Poly.
Jacques seguramente no le había dicho nada a nadie. Pero si lo hubiera hecho por accidente, no me lo habría admitido a mí, y si otros le habrían cuestionado de la misma forma en que yo lo hice, seguro tuvo que habérmelo dicho, y como no lo hizo, no ha sucedido. Yo odiaba que me pestañaran a mí sin cita previa, especialmente tarde, y no era ningún Jinete Solitario. Por lo tanto, no le pestañé a Jacques.
—Ayúdame primero, Poly. Esta nena, cuyo verdadero nombre es Silvia Amador Cornuda, es una Licenciampira, Poly.—
Poly ladeó la cabeza.
—Y una Anfitriona Comercial, y ella trabaja para nadie menos que Jantz Commodities, que ya ha intentado acercarse a nuestro tren de flujo. El oro no es su principal materia prima. Pero Poly, ¿qué corredor de metales no querría participar en nuestra acción? Estos tipos me tienen medido,— susurré.
Poly ladeó la cabeza. —Migas de pan,— dijo. —Estás trotando por un sendero tendido para ti.— Sacudió la cabeza y distendió las plumas del cuello y me miró con gran severidad. —Me huele a triple cruz, papi. —
—Tal vez,— admití. —Pero nunca subestimes la miopía de las personas clarividentes.—
Alborotó las plumas de sus alas, las estiró y las batió en el aire para recordarme facilitarle su fetiche. —Tendrás que jugártelo cerca del chaleco, — dijo.
—Cerca del chaleco,— repetí.
—¿Ya me permites mi galleta, Don Pengón, ¿o vas a obligarme a rogar? —
Tomé un paquete completo y lo pasé a través de los barrotes de su jaula. Lo abrió y me devolvió el envoltorio de cannalofán, pulverizó las galletas y las dejó llover en el fondo de su jaula. Ahí se acomodó sobre ellas y sus plumas susurraron en el montón de migas.—Ah,— ella resplandeció. —¡Justo lo que anhelaba!—
Empaqué mis meds y pasé los dedos por el parche dérmico en la parte interna de mi muslo para sentir la dureza del RID extraído, y oculto allí a la par de mi testículo izquierdo. Reuní herramientas y algunas vestis, mis efectos personales, y dos pares de medias de lana sintética. Me recosté en mi cama y pensé en lo agradable que sería un par de dedos de Stoli en este momento y apagué la luz para deambular por el barrio de Morfeus un rato y estaba todo sano, alerto y puntual el día siguiente. Pero mediante canales criptas le mandé a decir al Cacique que había que hablar un asunto que había surgido y que no se sorprendiera si yo apareciera en su campamento sin previo aviso en los próximos días. Cuando mi asesor técnico me condujo al jet, volví sobre mis pasos buscando el dónde me podrían haber plantado un sensor redundante. Pero la verdad este equipo no lo veía muy capa y espada, y estaba confiado en que era solo mi RID en el que estaban rastreándome, incluso con su radio de incertidumbre de mil metros. Estaba casi seguro de que no había redundancia física, solo los dispositivos transmisibles, el anillo pestañero, los fierros, y algunas otras herramientas que eran apagables. Nunca antes había usado Suelta De RID, un delito capital, y, por supuesto, una vez activada la vida que seguía era una de prófuga e incierta. Pero la constelación de circunstancias hizo que valía la pena tenerlo listo por si acaso.
–Buena suerte,– saludó la falsa Señorita Zafiro, en realidad la Licenciada Silvia Amador Cornuda, desde, imaginé, alguna torre inmaculada, contemplando un ventoso horizonte en el bullicioso complejo lluvioso. –Me complace que haya decidido subir a bordo.–
–No podría estar más feliz con mi decisión,– le devolví el saludo. Configuré mi zona pestañera para bloquear sus futuras transmisiones.
*
Pensarías que me habría sorprendido, pero, por supuesto, esperaba que ella estuviera allí. Al menos estaba sentada en el vestíbulo de la suite y no tumbada en el borde de la cama como la trampa de miel que era. Se sentó donde no la vería cuando el aeroSúbir atracó en el ventapuerto de la suite, pero esperaba que estuviera allí, y no pude evitar después de nuestra historia sino amortiguar un poco su trueno y hacer que se atragantara un poco en las uvas verdes.
—Que sorpresa, amor, — asentí con la cabeza, dejando mis cosas en el suelo mientras el Súbir se desenganchaba para regresar al aire, que aún no se había puesto tan bochornoso hasta el momento.
—Mi dulce Guapote, tanto tiempo, mi vida,— ella asintió en respuesta.
—Por sus vestis, Rubí, diría que has tenido alguna catarsis, no sé, pero a mí me llega el olor de epifanía.
—La descripción de mi trabajo es un asunto de registro público,— se resistió. —La tuya, a cambio, es un poco borrosa.—
La levanté con gentileza de su asiento y la abracé fuerte, pero sin calor. —No es lo único que tengo borroso, Rubí,— le empujé los hombros hacia atrás para mirarla a los ojos. —Creo que necesito una inyección. — Ella se me separó para ir a buscar un jugo de naranja de la mini-nevera, y yo hice un escaneo dérmico, tomé el jugo, le clavé el colmillo en el grueso del muslo, y me senté para disfrutar de la convergencia de su impecable apariencia en la restauración de mi visión, mientras mi visión estabilizante se dejó de vibrar en el asiento alrededor de su traje de negocios y el apretado moño que andaba en su cabello. Mis ingles se tensaron en su proximidad, y me perdí por un momento observando como su lengua torcía las palabras que impulsaba entre sus pintados labios.
—Oye, esto está fuera del plan,— me dijo directamente. —Recibiéndote acá hoy así ;” esto fue mí idea. Ricardo, ten cuidado. No sabemos por qué estás aquí, pero probablemente no sea lo que pretende ser.–
–¿Cómo está el viejo Strauss? Respondí. —¿Es el mismo trabajólogo que siempre? —
—Todavía tiene pulso. Yo también, si significa algo. . . Avísame si puedo ayudarte. — Dejó que sus ojos cayesen por debajo de su cintura por un segundo, y luego Rubicita se puso de pie y se dio la vuelta para irse, y yo estaba de vuelta solo con mi misterio y recordé lo agradable que serían tres dedos de Stoli puro en este momento, pero en lugar de eso desempaqué y me puse a listar la letanía de aperitivos con los que esta noche comenzaría con la sumatoria de mis viáticos. La Señorita Zafiro tenía razón; era divertido codearme con viejos amigos.
*
Me escabullí del estridente salón mientras los turistas de todo el planeta cambiaban de marcha del postre y digestivos a la pista de baile mientras los Leones del Limbo aceleraban el ritmo de la fusión fresca a la salsa jazz al rojo vivo y el aposento se estremecía con ansiosas vacacionistas regordetas luchándose por adaptar los giros de sus caderas y los pasos de sus pies a los ejemplos inmaculados de los profesionales de la danza esculpidos con lentejuelas en licra que sonreían insípidamente bajo el foco giratorio en la cabecera del piso.
Empecé a sudar apenas salí del lobby en el ya completamente bochornoso aire sobre el concreto de la Calle Comercial y sus ceras. Apagué mis aparatos y en las afueras de la ciudad, me puse las prendas de vestis que había comprado en la Botica CrocoCorp y me deshice de las viejas, manteniendo sólo las medias y los peds. Me desvié por el Barrio Bambú y escondí mis aparatos electrónicos, fuscas, pesta-anillo y la RID extraída en casa de don Eusebio. Reprimió cualquier sorpresa al verme después de mis seis años de autoimpuesto exilio y tuvo la amabilidad de no hacerme preguntas. Le choqué la mano con un billete de cien tiquinos y me llevó de regreso a un escondite que tenía disponible en el patio trasero. —En caso de que sea tarde cuando regreses—, sonrió. Eusebio era de la vieja escuela; él no resistiría un interrogatorio coercitivo, por supuesto, pero salvo eso, nuestros secretos estaban a salvo el uno con el otro. Armado solo con mis meds y paleo-herramientas, caminé hacia el norte y me desvié en la Calle Río Nuevo y caminé tierra adentro un par de horas hasta que se agotó el camino y luego me dirigí a un arroyo y luego al cauce de un riachuelo y después de subir un par de horas subí por un barranco que me condujo a la cresta por ahí de la medianoche y la seguí hasta las tierras altas.
No tenía nada transmisible conmigo (o así pensé en ese momento) y con mi RID deslocalizado en el escondite del Bambú todavía estaba nominalmente en Puerto Jiménez para la Licenciada Amador y su gente, o cualquier otra persona que me estuviera vigilando, así que con el radio de incertidumbre del RID, requeriría trabajo de a pie para des encubrir mi escondite y desatar el nudo de mis clandestinos propósitos. Planeé estar de vuelta antes de que alguien realmente se diera cuenta de mí. Habían pasado dos décadas desde que había estado completamente fuera del radar en la única otra vez en que utilice Escape de RID para una tarea delicada y estaba un poco emocionado por mi supuesta libertad. Encima de eso mi visión estaba bien y estable bajo una garuba y seguí el mapa de mi mente mientras una luna creciente iluminaba un cielo nocturno turbulento y lleno de nubes hinchadas que se disputaban bajo el cuarto creciente. Una vez más allá de los límites razonables de detección humana, hice escándalo para asustar a los animales salvajes que podrían estar merodeando por mi camino.
Con los cañones cuchilitrados en el Bambú, todo lo que tenía para protegerme era un puñal y lo que me quedaba de mi ingenio. Bajé por la ladera para cruzar el Río Piedras Blancas y recorrí el valle en busca de contras antes de arrastrarme sobre mi vientre a través de la llanura aluvional. Atravesando el río subí por la orilla opuesta hasta el bosque donde me levanté y recorrí el valle para estar seguro que no me había levantado algún guatchiman. Un par de horas más tarde, me acosté exhausto justo debajo de la fila en un nido que hice en un árbol caído y morfeé por un rato. La mañana se explotaba mientras bebía agua, me inyectaba, y seguía la caminata por la pura crespa de la fila y hacer los cálculos entre la intrincada extensión de microcuencas que divergían a ambos lados de la división de esta península en conflicto. Lo estudié extensamente, sabiendo el desafío que sería tener que devolverme por motivo de un giro equivocado y me decidí por el más probable después de un largo escrutinio y caminé a través de una espesa jungla que me desgarró las vestis y me magullaron las palmas de las manos.
Perdí más y más elevación en la empinada cuesta y me resigné a la miseria corporal al tener que retrocederme por perdido, hasta una hora cuesta abajo, donde los manantiales congregaron para dar la luz a un riachuelo por el que pude caminar más fácilmente que me guio a su vez a un pequeño río. Estaba bastante sombrío ante la perspectiva de regresar caminando si me equivocaba, pero me complació mucho cuando, a media tarde, desde el borde de una cascada, contemplé el campamento del Cacique, los trabajos brillantes en la pared del valle erosionado, abejas obreras en el orden caótico de la extracción de oro, todo claramente visible por las constelaciones de satélites que ensuciaba el cielo del planeta
La punta de una flecha deprimió suavemente la piel de mi cuello justo donde mi arteria carótida mantenía mi cerebro y órganos de sensato oxigenados con sangre oxigenada.
—¿En qué venís, en son de paz o enemistad? — vino la voz a mi izquierda.
Había permitido que alguien me engañara, pero fui generoso en mi autorreproche. Había estado golpeando concrepista durante los últimos cinco años, sin práctica con el subterfugio de la naturaleza y los verdaderos forajidos.
—Pues en paz, por supuesto—, me reí. Me encanta cuando me tiran de las suaves.
—Tendrás que quitarte la ropa y dejar atrás todas tus cosas para avanzar más—.
—Izqadi, ¿sos vos? —

—Escuché que me estabas buscando, viejo amigo,— el hombre bajó su arma. Me di la vuelta y le estreché la mano, pero él me abrazó por completo. —Espero que no estés aquí para tratar de renegociar tu parte, algo tonto como eso,— sonrió.
—Ojalá fuera así de simple.—
Gato me mandó a cortar un bordón con su machetero y me condujo al campamento.
*
—Yo no confío en esto,— dijo el Cacique en voz baja, mirándome.
Me encogí de hombros. No era en mí en quien no confiaba. era esto. Bueno, yo tampoco confiaba en esto, pero las únicas cartas que puedes jugar que no sean de las que tienes bajo la manga son las que te reparten. Salado él, pensé mientras estaba de pie, desnudo, rodeado por sus secuaces.
—Jefe, se hizo un extracto de RID, — dijo amablemente uno de los hombres, pasando el detector por encima de la cicatriz que le había mostrado a Izqadi.
¿Subiste por el Río Piedras Blancas? entrecerró los ojos.
—Subí por el Río Nuevo,—dije —luego crucé el Piedras Blancas y entré al parque, subí la montaña y lo caminé por lo largo de la fila. Crucé del territorio de ellos un par de horas antes del amanecer, pero no le desperté a ningún perro.—
—Bueno, — el Cacique miró alrededor a sus hombres acurrucados. —Si te soltaste el RID, entonces eres un proscrito, carne muerta andando, como el resto de nosotros. De todos modos, estás aquí, y tus cosas están allá arriba no más. Entonces, si lo han rastreado, ya estamos comprometidos. No hay necesidad de preocuparse por cosas pequeñas como la vida y las extremidades, ¿verdad, señor Durante?
—Eso no lo sé, don Astral,—le dije —Iré pataleando y gritando todo el camino.—
El cacique dio media vuelta y condujo a nuestro grupo hasta el cuartel general. Era una yurta de geotextil, los muebles espartanos pero útiles, una plantilla nuclear bajo techo en la parte de atrás con un cable del tamaño de mi brazo que salía por el costado y bajaba hacia la mina. El centro de comunicaciones era uno viejo, incluso más veterano que mi modelo antiguo en casa, pero uno como el mío con encriptación más allá del poder de descifración fuera de por alguna fuerza militar. Me tomó dos miradas hacia la pantalla para confirmar mi prolongada sospecha de que no era yo su único corredor de oro. Estos muchachos hacían billete aquí en esta selva remota.
Uno de los ayudantes levantó una jarra de algo repugnante que bebían aquí. Miré la taza astillada que me dieron, y se rieron entre si mientras yo estudiaba su contenido.
—Es de la buena,— aseveró Izqadi.
Olí el recipiente. —¿Qué es?—
—Fermentamos el corazón de la palma rafia,– respondió gravemente el Cacique. —Fuera de los días de pago, es lo que nos mantiene vivos y felices.—
—Y este sí de lo bueno,— dijo con rudeza el que le decían Ñato, mientras afilaba el machete que recostaba sobre sus rodillas, pasando la piedra desde la manija hacia la punta y después de regreso hasta levantar un zumbido familiar de piedra sobre acero primero en un sentido y luego en el otro, llenando el aire a mi alrededor con sincronía de rangos espectrales arriba y abajo por una escala ferrosa. —Diez días de añejo,— alardeó. —Abajo, estamos felices si podemos hacer que pase de los dos días.—
El grupo rio unísono a lo que parecía ser un chile de humor únicamente local.
Tenía seis largos años de no tomar, imaginando esos primeros dedos de Stoli, después de mi anticipada intervención diabética y de hígado. Pero se esperaba que yo bebiera su mejunje y lo sabía y de hecho quería hacerlo. Imprudente, tomé un trago. En vista de que seguía PRE-Intervención, aún podía aferrarme a esa fantasía del santo grial del vodka más allá de todo esto, en algún lugar de las neblinas tenebrosas de mi futuro cercano.
—Hmm,— bajé la vista hacia la taza. —Eso es mucho menos mal de lo que esperaba,— dije. Tomé otro trago.
Los hombres se echaron a reír, e incluso el Cacique esbozó una sonrisa a pesar de su severidad preferida.
—Mira, no estoy aquí para tomar tu vino,— dije bruscamente. —Está el asunto real, que les concierne, del que no tengo más que una pista, y luego está la versión falsa, la que andan exponiendo tus enemigos,— miré al Cacique y volteé a mirar a Izqadi. Les dije la historia falsa.
Nuevamente, todos se rieron.
—¿Como voy a tener yo a un hijo si solo me gustan los hombres? — sonrió Izqadi, su cara roja, bajando la mirada.
Se pusieron la mayoría a reír torpemente, no todos. Estudié su confesión y arrugué el ceño, dando vuelta a la nueva información y comparándola con lo que la gente de la Señorita Zafiro habrían podido recopilar hasta el momento.
—Siempre se trata del oro,— dijo el Cacique con el ceño fruncido. —Cuando hay misterios y motivos encubiertos, siempre se trata de oro. Es como es y así de fácil.—
—Mire,— dije, irritado más de la cuenta por el vino. —No siempre se trata del oro. Casi siempre, tal vez, pero no en esta ocasión. El problema es que la materia prima ya no es aluvional. Estamos moviendo oro semi-cristalino, no muy lejos de la veta, al menos durante las últimas tres cargas. Posiblemente eso no haya pasado desapercibido para los intermediarios y los compradores finales. Mírame a mí; ni siquiera toco el producto y lo sé yo. Entonces, es que ustedes están aquí en la veta, y eso pone a muchas personas en una posición difícil.— Tiré mi cabeza hacia el perfil de trabajo. —Talud de deslizamiento,— señalé con la barbilla. —Expuso una veta, ¿no?—
—No es tanto el secreto, Pengona,— dijo Izqadi. —¿Pero, ¿qué pueden hacer ellos? Es el Parque Nacional Corcovado, el santuario de reserva biológica más preciado de todo Mesoamérica. No es que después de casi dos siglos de buscar el primario, vayan a revertir el orden ecológico del universo costarricense para abrir el Parque a la minería mecanizada ahora que efectivamente hemos encontrado por fin el primario. Vamos,— argumentó Izqadi. —Has vivido aquí desde antes de que yo fuera un pensado lujurioso en un huevo de mi padre. Ya sabes cómo funcionan las cosas aquí.
—Jantz Commodities puede querer que los incluyas,— dije. —O pueden querer tomar la mina a fuerza. De cualquier manera, es una rebaba debajo de la montadura, algo que se tiene que arreglar ya para no sufrir un mundo de problemas más adelante.—
—Tenemos buenos modales sociales y políticos,— declamó el Cacique. —Tengo corredores de Panamá, Singapur y Dubái que se esfuerzan todo el tiempo tratando de entrar. Recibo esto día tras día,— señaló al Centro de Comunicaciones. —Pero yo sé que mi café se endulza en la Avenida Central de San José.— Levantó las cejas enfáticamente. —Y la pandilla de Piedras Blancas está demasiado confundida con las luchas internas y la alcoholemia para pretender contra nosotros. Montaremos esta yegua hacia la puesta de sol.—
La turbia se puso a aplaudir y silbar.
—Bueno, tal vez,— admití. —Pero algunas cosas son simplemente más grandes que el oro.—
Todos me miraron sin comprender. El canto de la piedra sobre el acero se detuvo. Todo quedó en silencio. Era una declaración improbable e incluso un poco herética, y el jurado se reclinó desde su asiento.
—No es el oro de lo que tal vez tengan una adquisición hostil en su horizonte,— les dije. —Es la matriz. Está cargado de tierras raras, incluidos silicatos inusuales y óxidos de disprosio, itrio, prometió e yterbio. —
Todos me miraron mientras la brisa bailaba dentro de la yurta, haciéndome cosquillas en el cuero cabelludo. —Estás engordando en glaseado, — le dije a don Astral. —Pero estás tirando el pastel de vuelta al río.—
—Paja, — proclamó el Cacique. –Son babosadas lo que brota de tu hocico. Como siempre, este desvio intelectual, se trata nuevamente de algo con el oro mismo. Algún fraude nuevo. —
—Por favor — sonreí. — Vea. Yo soy un especialista en seguridad minera y fiscal. No puedo escapar de lo que soy. Tengo el trayecto final de tu tren de producción y naturalmente, sigo los pesos, las eficiencias de fundición y las entregas, y veo que las cosas cuadren. Aparte de ese par de veces en el pasado en que hubo un factor humano, de las que arreglaste hace tiempo, desde entonces, siempre han sumado las cifras.
—Pero, al observar los pesos del mineral crudo y del producto final, calculé de nuevo que el flotante tiene un promedio de densidad consistentemente más alto que nuestras corridas de puro material aluvional. No es mucho, alrededor del 28 %, pero he visto que este número se mantuvo casi igual durante las últimas tres cargas desde que pegaste la veta y descubriste el primario. Hice que Jacques sacara una muestra para buscar tierras raras del último recorrido y le juré guardar el secreto hasta que pudiera encontrar una manera de llegar a ti sin hacer que mis suscriptores de RID se pusieran a rascarse las cabezas. Esta información es de una sensibilidad más allá de la confianza de seguridad de nuestros canales encriptados; al menos así es como yo lo vi y por eso me apersoné para reportártelo.—
—Son elementos que solo existen en un laboratorio de física,— objetó Izqadi. —Estos son elementos hechos por el hombre.—
—No, — corrigió Ñato. —Extraen itrio de los asteroides; Lo sé a ciencia cierta. Levantó la vista para sonreír. —Apuesto a que también obtienen esos otros del espacio.—
—¡Ambos tienen razón!— Me reí. —Producen los átomos elementales una a la vez en los reactores nucleares, y también los extraen minando asteroides. Y no son inusuales en la corteza de la Tierra. De hecho, son mucho más comunes que el oro. Pero casi nunca se concentran en ningún lado. Las concentraciones comercialmente viables suelen estar en el rango de 100 a 300 partes por millón, apenas.
—Su flotante está corriendo 2-3% en lo que el laboratorio de Jacques está calificado para analizar. Eso es mil veces más alto que las acumulaciones comerciales convencionales. Él teoriza que hay hasta un 6% en total. ¡No se sabe cuánto curio, americio, tulio y otras tierras raras hay allí! Y la riqueza de esto es asombrosa.—
El Cacique se puso de pie y caminó sobre la tierra apisonada hasta el borde y miró a través del arroyo mientras comenzaba a llover hacia el frente de la mina y los hombres que trabajaban allí.
—¿Estos son de la tecnología quimimetálico, si? — preguntó Izqadi, quien se había transformado en el lapso de tres años de verdugo del Cartel de Barranquilla a experto en oro; reflexionó sobre la nueva curva de aprendizaje en tierras raras con un temor aprensivo.
—Esto podría significar una nueva era,— el Cacique se giró para criticar. —Ñato, — se volvió al hombre. —¡Más vino!—
El vino dio paso a la fruta de su cultivo y el humo se esparció en el aire denso de la tarde. Los hombres avivaron el fogón; un corredor trajo un cuarto de un chancho de monte ahumado del campamento de peones; Ñato le puso a uno de ellos a destazar en los tamaños correctos mientras atizaba el fuego para acomodar el lecho de brasas. Bebimos, fumamos y comimos, y un hombre tocaba la guitarra mientras otro marcaba un ritmo contra un geotextil estirado sobre una cubeta de polímero. Mi visión estaba clara, mi energía alta, y sonreí con satisfacción por el paquete de meds que me obligaron abandonar en el bosque y tomé otro jalonazo de mech, otro bocado de saíno al humo, me lavé la boca con un ruidoso sorbo de raf.
*
Estaba en el retrete antes del amanecer con una cabeza palpitante y un intestino traidor cuando los mercenarios llegaron en parapodos militares, traicionados por el leve zumbido de las naves. Eché un vistazo alrededor de la lona que tapaba la entrada mientras el escuadrón se cernía sobre el campamento, donde ya algunos hombres se levantaban de sus literas para dar la alarma. El escuadrón se inclinó en un círculo, ocho de ellos, y descargó su armamento hacia el suelo del valle y el campamento de los peones. Observé pasmado cómo sus naves eran impulsadas hacia atrás por los disparos para delante de sus cañones electromagnéticos. Cerré la hendija en susto y escuché mientras acomodaban sus podos y el inquietante zumbido fue desplazado por un silencio espeluznante. Pude distinguir un susurro de brisa, pero el canto de los pájaros del amanecer se había descontinuado, e incluso los insectos sabían que algo andaba torcido y se callaron sus voces ante la inusual irrupción matutina.

Miré de nuevo por una rendijita de la lona y dentro de los restos de la yurta en el campamento de los jefes, vi el informe de otro estallido EM. Luego, sorprendentemente, sacaron a rastras a un hombre vivo y lo arrojaron al suelo. Era Izqadi. Los ocho comandos lo rodearon. Lo ataron y lo llevaron al único parapodo con doble asiento y lo fijaron en el asiento trasero con una linga. Se encendieron en un murmullo de zumbidos y despegaron de la terraza del río para volver sobre su ruta de vuelo tranquilamente río abajo, donde supuse que la nave nodriza probablemente estaría flotando sobre las olas que le pegaban a Punto Salsipuedes. Me estremecí ante el giro de los acontecimientos, pero logré exitosamente obrar una maravilla, y cuando salí del retrete para evaluar la carnicería, el bosque había levantado su dobladillo matutino, la luz inundaba el valle, y los pájaros reanudados a su canto.
Estaban todos muertos, todos ellos, con los ojos abiertos, sus bocas y cuellos resbaladizos con la sangre negra alimentada desde sus entrañas a través de sus bocas abiertas por los estallidos EM. Muertos. Todos menos yo. Izqadi y yo.
Empezaba a ver borrosamente y miré río arriba y me pregunté sobre mi bolsa de meds. Y fue entonces cuando me di cuenta repentinamente. No tenía el historial de la insulina lo suficientemente controlado como para saber con certeza que no estaban radio-marcados, y ahora estaba seguro de que sí. Simplemente nunca se me había ocurrido. Tenía una sospecha y ahora analicé el enorme agujero de seguridad que me había abierto. Me habían tendido una trampa de la manera más personal, tocado como un violoncelo en una juerga reggaetón, yo el experto en seguridad, en todo menos de lo más cercano a mí. Yo era la parte más estúpida de la estupidez. En mi momento de desesperación, me quedé pensando patéticamente si me habían dejado con vida a propósito para algún golpe final artístico que aún me esperaba. Observé a las víctimas en sus poses finales, mis huellas dactilares estaban manchadas por todas las tripas licuadas dentro de cada uno de ellos y ahora secándose en sus labios rizados. Busqué algo de comida y me apoderé de un salveque donde la guardé con un frasco de agua, busqué el cadáver de Ñato para recuperar su afilado machete y me dirigí río arriba con la esperanza de encontrar mi chácara de droguis que sentí que estaba a punto de necesitar con urgencia.
Mi juego estaba intacto. Ajusté mis biomoléculas con la insulina inyectada y cambié de nuevo a los vestis míos e hice números. Anhelaba dirigirme al norte y salir de la península cruzando el Río Sierpe. Podía pasar así desapercibido a través del bosque y estaba seguro que podía encontrar el camino para hacerlo. Pero no podía irme y dejar que mi pequeña cápsula del tiempo en el Bambú se envejeciera como el vino de rafia. Era un poco como girar de cabeza contra los vientos de frente de una tormenta. Pero tenía que volverme a la vista del radar si alguna vez iba recibir una intervención; si se debió a que me rastrearon mediante radio-localizadores entre mis medicamentos todo estaba perdido y sería preferible mantener el RID soltado. Pero hasta no estar seguro de eso, el riesgo de convertirme en forajido permanente era muy grande. También la única forma de sacar a Izqadi de cualquier bronca en el que lo había metido requería un regreso rápido a la Ducha Metropolitana.
*
Caminé recto y rápido y comía la carne de saíno le alcancé al barrio de Eusebio unas horas antes del amanecer. La casa estaba sellada con cinta judicial amarilla, y el panorama me obligó tomar un mordisco de mi hígado. Estaba esperando a que mi vida pasara ante mis ojos, pero en lugar de eso, eran luces delanteras de algún podo en el camino. Rubí bajó de la cápsula, dejando la transmisión en cernido y pasó por debajo de la escotilla abierta hacia un zacate rebelde donde yo la esperaba, mi larga racha de buena suerte todavía nominalmente intacta. Ella volaba un Cadillac.
—Lo llevaron a Golfón para interrogarlo,— informó.
—Bueno,— pensé. —Golfón está fuera de mi alcance. Supongo que eso significa que no tengo que ir a hacer algo estúpido.–
Ella sonrió sin señalar lo obvio, me separé y me dirigí hacia atrás donde recuperé salvo todo lo que había dejado en el escondite. Ella me siguió y observó mientras me quite la ropa para limpiarme el bosque de mí lo mejor que podía con agua de una llave de chorro y una manguerita .
—Ricardo —dijo ella. —Estás en peligro aquí.—
—¿Cómo lo sabes?—
—Es obvio, cariño.—
—Está bien,— me reí entre dientes. —Tengo que admitir esa parte. — Encendí mi anillo y me concentré en el pestaño urgente de Lyrica.
—La cuadrilla de Piedras ya cruzó la loma para hacerse cargo de los trabajos del Cacique, dijo Rubí. —Todos fueron masacrados allá arriba. El rumor es que eran militares o paramilitares privados, pero ninguno de nosotros lo sabe de fijo.—
El ADN de la muestra se degradó, decía el pestaño. Ricardo, era una falsificación. La identidad de tu bebé sigue siendo desconocida. ¡pero no se llama Silvia Amador Cornuda!
—De verdad,— me quedé asombrado ante las noticias de Rubí. —¿Masacre? ¿Dónde?— Entonces, el liderazgo de Jantz Commodities había sido un despiste intencional, y ahora tenía que revisar todo el guion para que las piezas se volvieran a calzar. Al final y al cabo esto no tenía que ver con oro, sino con algo de Gato Izqadi.
—Oh, Ricardo, no te me hagas el mae. ¡Tú estabas ahí!—
—¿Yo? ¿De qué estás hablando?—
Ella se cruzó los brazos y me dio la mirada feroz que reconocía de antaño. Ella no me creía, pero no sabía a ciencia cierta si mentía o no. Quien sea que me estaba rastreando mediante mis meds, no era ella, pero estaban en contacto con ella. Ella obviamente me quería creer, y yo la tenía suficientemente turbada que el plan que se iba formando en mi mente comenzó a tener posibilidades.
–Necesito que me des un jalón, — le lloré.
—Ricardo —insistió. —Strauss ha aprobado una salida de emergencia, para que podamos sacarlo de aquí hasta dentro de unos minutos después de llegar al telepad.—
—A cualquier lugar de su telenet, ¿cierto?— le pregunté. —¿Oakland, Newark, Perth, Dusseldorf, Teherán, Ciudad del Cabo?—
—¡Sí! Gwangju y Nueva Delhi y otros también, elija el destino que prefieras! Pero lo más importante, podemos hacerlo ahora mismo, antes de que te arrastren a Golfón, o Dios no quiera a un lugar peor. —
—Solo quiero irme a casa,— suspiré, exhausto. Saludé una penetración del archivo de identidad de su coche y esperé mientras mis algoritmos pasaban trabajosamente a través de los protocolos de seguridad para decodificar el Cadi.
—Tú ya sabes, Ricardo, que San José no está dentro de nuestra red.—
—Bueno,— hice una mueca. —Escuché que Ciudad del Cabo es agradable en esta época del año.—
—¡Eso!— finalmente logró sonreír.
—El pueblo ha cambiado montones,— dije mientras nos acercábamos al centro. —Qué locura lo que son diez años de vida. ¿Recuerdas cuando aterrizamos aquí? ¿Cómo era? Ahora míralo.— Levanté mis palmas contra todo lo que estaba fuera del parabrisas de la cápsula.
Salimos y ella aterrizó acomodado sobre sus bloques de parqueo. Activé mi ataque y vi que estaba de punta en blanco. Dentro de la antesala la hice a un lado. —Rubí,— dije. —Últimamente he tenido algunos momentos intestinales muy delicados.— Miré hacia abajo. —Un toque de diarrea. Tengo que ir a gruñir al trono, amor. Lo siento, pero no hay de otra.
A ella no le gustó, pero ¿cómo me iba negar una necesidad básica?—Estaré en mi oficina. Encuéntrame ahí. Nos vemos en quince, diez si puedes hacerlo. ¿Cinco?— ella se encogió de hombros.
—Tan rápido como pueda; Estoy contigo, nena; ¡Tengo que salir de aquí rápido! Pero disculpe, estoy a punto de perder el control.— Hice una mueca, apretando mi esfínter para cojear rígidamente y dirigirme hacia el servicio de hombres.
Después de quedarme dentro unos minutos, emergí y salí del lobby CrocoCorp, me puse mis nuevas alas y flexioné los alerones. —En vista que es lo que hay,– me admire en el retrovisor, –me tendrá que servir,– y doblé del parqueo a la Calle Comercial. Después de 400 metros salí de la concrepista y bajé encima de la vereda que daba a la playa y a través de la arena hasta la línea de suaves olas, luego arrojé mi RID al agua y aceleré hacia el norte sobre el suave Golfo Dulce mientras el cielo del este rebosaba con la promesa del amanecer y un tenue anillo de negrura me ciñeron en crestas y montañas por todos lados del golfo. Con mi RID escapado y el seguimiento interno del Cadi desactivado, ahora yo estaba fuera de la red por completo, y a fuerza para siempre: un forajido, un proscrito. Y significaba que mi intervención médica ahora me costaría diez veces más en el mercado libre. Eso sería de poca importancia al exitosamente pegarme a la teta de las tierras raras de Corcovado, cosa que en si iba ser difícil y posiblemente me conducía al corredor de la muerte. Mi visión era nítida y en solo unos minutos estaba empujando en reversa para entrar a los manglares de Río Esquinas lo más lento posible. Lo bajé a un ralentí para recorrer el canal principal, con cuidado de no atascarlo antes de estar listo para amarizar. Rubí iba lograr perdonarme. Encontré un rellano perfecto más allá del cual las zarzas de los manglares eran tan densas que ya no me dejarían pasar, sirviendo mi propósito a la perfección.
Y fue en una pequeña terraza despejada a lo largo de la orilla, por encima de la marea alta, donde la dejé tan bonita como quisieras, sin un rasguño, para que Rubí pudiera sacarlo fácilmente. Siempre supe que podías tener las dos cosas, pero los pequeños éxitos nunca merecen menos que una palmadita en la espalda, así que me di una. Saludé con la retrogramación para restaurar la identidad de Rubí en la cápsula y borré la mayoría de mis huellas dactilares del código y me aparté del sitio, ya que el Cadi ya se estaría reportándose como robado y abandonado en el manglar. Cuesta arriba, llegué a una casita con un mitsupodito en ruinas debajo de un Podaje y llamé a los lugareños. El señor tenía un primo en Chacarita con un Kiapodo y otro amigo en Pérez que me podía llevar de allí hasta la Ducha en su Toyopodo. Quedamos en 75 tiquinos total, pagados en tercios durante el camino, y el teletransporte de coco me devolvió a La Ducha antes del mediodía. Naturalmente, no podía ir a casa, menos a Calle Cinco. Me instalé en un barrio de Desamparados y alquilé una habitación por horas, perdido entre los forajidos y los fracasados, confiado en que, aparte de las prostitutas en el salón, yo estaba fuera del radar de todos. Probablemente llegué demasiado tarde para interferir con las fechorías que tenían planeados para Gato, pero si había tiempo aun, entonces lo que fuera que estaba a punto de suceder, estaba seguro, sucedería en un hospital. Era un trabajo para Lyrica. La mandé un pestañazo.
¿Recibiste mi pestaño sobre la degradación de ADN en esa muestra de chinga? Era una etiqueta bien falsificada. Bastante sofisticado, claramente con huellas farmacéuticas por todas partes. No cualquier Farma. Gran Farma. ¿Crees que este pestañada sea segura?
No realmente, respondí. Pero ya casi ni me importa. ¿Tienes un juvenil en la red para un trasplante de médula?
No, Ricardo, los juveniles citados son dos, uno con un riñón y el otro por una córnea.
¿Algo inusual en la agenda de intervención con trasplante?
Sí. Estoy segura que sí . Aquí hay un viejo Plutón para trasplante de corazón sin un donante evidente que tiene todas las marcas de las personas detrás de esta cubierta de ADN. Sus registros están más allá de mi nivel de seguridad. Pero hay un hombre joven en aislamiento seguro, nada sobre él en el sistema. Muy inusual. Estoy seguro de que están emparejados. La intervención está programada para mañana a las ocho.
Si logro salir con vida de esta bronca, Lyr, ¿puedo invitarte a cenar? Probemos Mario’s.
Me gustaría eso, Ricardo. Ten cuidado.
*
Hice un conteo de cuentas, tomé prestado de mi fondo médico y salí a equiparme para la operación formándose en mi mente en el mercado libre y logré procurar un par de cuetes EM con buena carga, un puñado de grandas aturdidoras, un láser de cien watts, chaleco paramilitar y un par de parapeds negros, y al final un saco amarillo enorme para cubrir todo hasta donde podía, y puse la mercadería en mi cama y extendí el equipo sobre el colchón gastado, tomé un trago e ingresé las credenciales que Lyrica me había agilizado para inspeccionar el hospital remotamente y elaborar un plan formal.
*
Me instalé en el sexto piso, en una bodega de conserjería, con mi gran chaqueta y sombrero panameño mientras subían al viejo en una camilla. Lo observé en la oscuridad desde mi cámara de seguridad y vi las sombras de sus atenientes y los escoltas pasar por la rendija debajo de la puerta. Había seis paras de negro y tres enfermeras de blanco. Minutos antes habían llevado sobre ruedas a Izqadi atado. Felizmente, se les obligaron a los guardas permanecer fuera del salón quirúrgico. Me puse la máscara y salí del armario y tiré las granadas todo de un solo por el suelo del pasillo, cuatro de ellos, como dados, e hicieron su baile y antes de que los paras pudieran levantar un arma o alarma dejaron a los seis tirados en el piso como bebés dormidos. Pasé por encima de la loma negra de comandos discapacitados sobre la cerámica brillante del piso. Pasé por encima, abrí la puerta de una patada, y entré con la fusca dirigida hacia el grupo de personal médico asombrado en esta interrupción mientras se preparaban para realizar su trabajo.
Me arranqué la máscara. —Desátelo, — señalé con el arma.
—Hazlo,— insistió el doctor.
Una enfermera se apresuró a soltar las ataduras.
Pero el fierro en mi mano se desparramó por el suelo y miré hacia abajo para encontrar un hueso que salía de mi brazo y a la Señorita Zafiro, vestida como enfermera, liberándome de su ingeniosa maniobra de aikido.
—Me rompiste el brazo, — exclamé, lanzando el segundo cañón con la izquierda al otro lado de la habitación. Izqadi lo sacó del aire y a Zafiro la golpeó con un estallido EM alrededor de sus hombros mientras esta se desbalanceaba para seguir el rastro del arma en su arco a través del salón. Gato se sentó desnudo en su camilla y apuntó el calentador hacía el grupo de personal médico, ahora encogido. La Señorita Zafiro yacía inconsciente en el suelo.
—¿Tienes esto en “aturdir”?— Izqadi se maravilló, —a propósito?—Le cambio la perilla a “letal” y dio un paso adelante para pegarle una segunda sacudida en la parte posterior de la cabeza de Zafiro.
—¡No!— Ie grité. —¿Qué estás haciendo?—
Caminó hacia la otra camilla, pero no permitió que el hombre arrugado levantara siquiera sus débiles brazos en una temblorosa protesta antes de pegarle un tiro. ¿No se había dado cuenta Izqadi que el viejo era de hecho su padre biológico? Tenía que saberlo, seguramente, lo reconoció. Gato no era tonto de nadie. Pero fue tan despiadado que yo esperaba que no sabía, sabiendo que sí sabía y que lo hizo con la mayor tranquilidad del mundo.
—No jodás, Gato, ¿Qué te pasa?— protesté en voz alta. —Eso fue un préstamo, mae. Ese es mi cañón electromagnético, no el tuyo. ¡No puedes ir matando gente con mi arma! —
—Diablos, no puedo, ¿Por qué no?— apuntó de nuevo hacia el personal médico encogido.
—¿Qué vas a dispararme a continuación a mí?— clamé ofendido y lleno de indignación.
—Por supuesto, no te voy a disparar,— respondió Gato, atónito. —¿Qué clase de ridiculez estás hablando? ¡Me salvaste la vida! ¡Te la debo!—
—Oh, mire usted eso,— señaló hacia la Señorita Zafiro, que se estaba moviendo en el suelo. –¡Ha tenido una Intervención de Mortalidad!–
Gato se me arrimó y me colocó las manos sobre mis hombros, su toque muy suave en mi lado derecho donde salía el hueso de mi antebrazo. —Lamento lo de ese brazo; eso se ve bastante desagradable. Tengo que tomar prestado esto por un segundo, disculpe.– Sacó el láser de su estuche y le dio un jalonazo para romper la cadenita con la que la tenía guindado alrededor de mi cuello.
—No, no, por favor, Gato,— le supliqué.
Pero fue en vano. A Zafiro le cortó la cabeza con un solo laserazo y la arrojó por debajo de una camilla quirúrgica.

—Solo hay una forma de matar a uno de ellos,— se encogió de hombros. —¿Qué opción tenía?—
—Me rompió el brazo, Gato,— hice una mueca mirando hacia abajo, sintiéndome débil.
—Fuiste descuidado,— me reprendió. —Necesitas trabajar en tu conciencia situacional. Ahora ven acá.– “Y ustedes, muevan un solo músculo,” les advirtió a las enfermeras y el doctor, pasando el láser por su propio cuello para completar la amenaza.
Me tumbó y rebuscó rápidamente en los armarios y me inyectó primero con anestesia local alrededor de la herida y derramó dos envases de agua oxigenada sobre el pinchazo en mi brazo donde el hueso sobresalía. Se enfrentó al reto, pero decidió primero darme una inyección más grande —Esto va a doler bastante,— me dijo con una sonrisilla de nervios.
Jaló de mi brazo en direcciones opuestas sin verse afectado en lo mínimo por mi llanto de agonía hasta que el hueso volvió a deslizarse dentro de la carne y lo frotó por dentro hasta que lo sintió bien y luego lo ató en su lugar con cinta de velcro y me vendó, el personal acurrucado obedientemente en una esquina. Encontró un tarro con un antibiótico que le parecía y me inyectó. Le obligó al doctor abrir el botiquín de sustancias controladas. –Qué suerte la tuya, Pengona,– anunció al inyectarme nuevamente. –Hola, Morfinita, bienvenida a la fiesta. —
A pesar de todo, me desmayé de un dolor que era como un rayo y solo reconstruí los hechos más tarde. Pero cuando Gato me revivió con una inyección de dextro-anfetamina, me salté de la camilla, listo para cualquier cosa que había que hacer. Gato me puso el fierro extraviado en la mano, le quitó al doctor su bata quirúrgica para deslizarse dentro de ella, y les tiro la granada que me habia quedado al cuarto mientras salíamos trotando. Subimos las gradas de dos en dos hasta salir en zona peatonal, logrando infiltrarnos entre la multitud del centro, bajo un dosel de sombrillas y la percusión de las gotas pegándolas. Nos perdimos caminando por Barrio México, y finalmente nos topamos con unos compinches de Gato, quienes nos dirigieron a una casa segura. Se envió a un corredor a buscar insulina, antibiótico, y morfina. Y volvió en un santiamén, yo me mediqué y le agradecí mucho, bien movedizo por la anfetamina, pero capaz de caer a mi gusto en un intervalo narcótico. Estaba con toda la pata, pero a la misma vez prudente con respecto a mi brazo y me dio pereza la idea de levantarme del sillón y fue cuando los elefantes rosados comenzaron a pasar por el cuarto, a punta de pie, que comencé hallar todo muy chistoso.
*
—Sabes lo que tenemos que hacer, — le dije frenéticamente, sudando profusamente, ajeno a sus compinches sospechosos. Suspiré y me recosté en la silla y me enfoqué por un rato en el interior de mis párpados.
—La banda de Piedras invadirá,— sonrió Gato, poniendo su mano sobre mi rodilla. –Probablemente ya lo ha hecho.—
—Ya lo ha hecho,— murmuré. —Lo hicieron el día después de la masacre; eso me lo reveló Rubí antes de que le robé su nave.—
—Bien, entonces estamos listos,— sonrió, rompiendo en una risita encantada. —Son tontos, pero al menos son mis tontos. Tenemos que ir a ver a Jacques ahora,— dijo Gato. —Quizás incluso sus superiores.—
—Danos un minuto,— le dije a la pandilla que nos escuchaba y observaba.
Se miraron el uno al otro y luego a Gato y él asintió y todos salieron bajo la lluvia a compartir paraguas, dejándonos solos.
—Es prohibido de ahora en adelante matar a más personas,— dije.
—Es prohibido de ahora en adelante matar a más personas que no merecen la muerte,– me corrigió.
—No te llevaré a Jacques para que le pegues un tiro.—
—¿Por qué le pegaría un tiro? Es nuestro amigo con un secreto cercano a nosotros. A menos, por supuesto, que nos haya vendido…cosa que no creo. —
—Creo que todavía estamos en una burbuja de nubes en esto y que nos alcanza el tiempo para aprovechar de la inteligencia que disponemos,— dije muy en serio. —Eso es, si crees que puedes controlar a la pandilla de Piedras—.
—Vamos a reventar esa burbuja,— sonrió.
Mi brazo me dolía más que una traición romántica y Jacques recurrió al botiquín de su laboratorio donde encontró una ampolla de morfina para tranquilizarme un poco.
—Entonces somos tres y la división será en partes iguales,— planteó Jacques, mirando fijamente a Gato quien le devolvía una cara de sospechoso. —Hicimos el análisis debido a la insistencia, —hizo una mueca, avergonzado por la verdad, —de Pengona, perdone de don Ricardo. — Me miró. —Pero no pasará mucho tiempo antes de que otros se den cuenta de esto, y luego de eso se habrá cerrado esta ventanilla de oportunidad. Tenemos que apropiarnos de esto y llevárselo a los que terminarán con él de todos modos y dárselo en bandeja de plata antes de que tengan la oportunidad de arrebatárnoslo, cortarnos del negocio, y darnos piso.– ¡El tiempo—alzó las cejas— no es nuestro amigo!–
—Simplemente lo tomarán de todos modos—, objeté. —¿Qué tenemos nosotros que a ellos les hace falta?—
Izqadi sonrió. —Tenemos a la gente. ¿Qué no tenemos? Esto es Costa Rica, mae. Contrólate.
Gato se volvió hacia Jacques. —Plantéales un veinte por ciento, que recortamos de tres maneras después de los gastos posteriores para acomodar a los niños y hacer un poco de patrocinio comunitario. Tal vez argumentar para dividir los costos de patrocinio, ya que son a largo plazo, digamos cinco por ciento. Lo entregamos en un paquete ajustado dentro de una semana—que lo tomen o lo dejen–, o llevamos la oferta al mercado de productos básicos de Pan-Ex y agitamos todo un mundo de mierda entre Panamá y Costa Rica. Ninguno de estos bobos quiere arriesgarse a una intervención de mediación del Gran Tío. Se hincarán.
En mi nube mórfica yo me encontraba racionalizando la apariencia remilgada de la Señorita Zafiro en mi escena con la desarticulación de su cuerpo en un lado de la sala y su cabeza cauterizada rodando hacia el otro, pequeñas costras de sangre esparcidas por el suelo en migas como burbujas de fundente en el suelo de un taller de soldadura. Saludé a la correntada del hospital y la saqué del archivo del caso, causa de muerte por decapitación con láser. Rosario Luz Santoro. En la vida real una aspirante a actriz, tomada como esposa-trofeo por el plutócrata atrofiado Enrique Carriles Vázquez, un magnate de la industria farmacéutica de Cartago, recién fallecido por un disparo electromagnético que le reventó la cabeza, el padre biológico de un niño delincuente que ahora mandaba en una tríada improvisada de conspiradores desesperados. Cavé un poco más profundo con mi dispositivo de penetración y rompí la pared de su bloque de pestaños personales, miré sus fotos y parché algunos saludos permanentes para tener una idea de ella, y allí, entre las cosas recientes, había una imagen de Zafiro y la bella Rubí abrazándose y besándose en la boca.
Enigma de corindón de hecho. Rubí y Zafiro, rojo y azul, sentadas en un árbol, con un besito entre medio.
—Pengona, — Izqadi chasqueó los dedos junto a mi oreja. —Nuestra meta aquí ya se cumplió. Vámonos. Tenemos que redactar nuestro TPR. Vayamos a la barriada en Cinco Esquinas un tirito; Tengo otra banda de compis ahí. —
Todo estaba bien para mí. ¿Qué me importaba lo que hacíamos o no hacíamos?
*
—¿Cuál doctor te hizo esto?— quería saber el amigo médico de Lyrica. —Parece ser un estreno de principiante. ¡Con solo las herramientas básicas, un estudiante de medicina de segundo año podría haber hecho un mejor trabajo! —
—Lo siento,— levanté la vista todo avergonzado. —Me costó muy poco.—
El doctor suspiró en reproche. —Mira, deberíamos volver a romperlo y configurarlo mejor, de lo contrario, siempre tendrás esta—…— señaló la radiografía, —curva. Incluso podrías llegar a desarrollar artritis—.
—Entonces, ¿no está infectado?— Miré hacia arriba con esperanza. —¿Crees que sanará?—
—Oh, sanará. No está infectado. Estarás como nuevo. Sólo un poco torcido.
—Doctora,— sonreí. —Ya estoy un poco torcido. Creo que mejor dejo las cosas a como están.—
*
El Testamento Para el Registro (TPR) que reunimos alcanzó los puntos más importantes sin descender a detalles de mal gusto, y mientras redujimos el borrador final, aún nos escondíamos fuera del radar del enemigo, más allá de la amenaza corporal. Encontramos una Licenciampira hambrienta y rápida que nos ató de un solo a la base terrestre con tanta fuerza que no iban a poder escapar invictos si nos decidieran asesinar ya que la Judicial lloviera sobre ellos como vitriolo, sin mencionar el respaldo de Dubái, un as debajo de la manga de Izqadi. Y nuestros socios objetivos de la propuesta, por supuesto, se resistieron a gran parte del lenguaje, pero no presionaron los términos, y trabajamos en los puntos conflictivos y firmamos y cargamos el TPR al Registro Nacional, que quedó inscrito dentro de una semana, una secreta cuenta cifrada conteniendo detalles de los fundamentos, un montón de ellos penales—protegidos por el Poder Judicial a menos o hasta que la sociedad sea impugnada legalmente y el documento se revele públicamente para vergüenza y difamación mutuas y posibles penas de prisión para los principales. Era una forma éticamente incómoda pero efectiva de garantizar la estabilidad corporativa en una época en la que las alianzas comerciales eran rápidas, frenéticas y pobladas descaradamente por ambiciones despiadadas. Las naciones de la Ley británica aún no habían aceptado el Protocolo TPR, pero era casi universal en las naciones que se adherían al precedente de la Ley francesa. Los tres nos dividimos el pago inicial de doscientos cincuenta zetas de manera equitativa, y las ganancias de ahí en adelante se dividirían trimestralmente a partir de entonces, y le pasé cincuenta mil a mi fondo médico, y la llamé a Lyrica para citar esa cena pendiente donde Mario’s.
*
—¿Quieres que te la de piso, mi herma? — Gato me miró desde el asiento de conductor de su nuevo Tespodo mientras yo me sentaba en el asiento del pasajero, asimilando.
—Oh, no, Gato,— objeté. —Ya ha habido demasiada matanza. Déjalo ir.—
—Rubí y Zafiro, — prosiguió con la canción, —sitting in a tree…—
Cállate, Gato. No tenés por qué frotarlo. —
—¡Pero ella te traicionó, mi herma, ¡en todas las formas esenciales! —
—¿así y que?—
—¿Así y que qué? Te estaba enviando a tu desencarnación en uno de esos pulsos de disociación del teletransportador. Sé que sí. Tú también bien lo sabes. Una de esas casualidades trágicas de uno en un millón. El buen viejo Pengona, una vieja llama de amor apagada. Uno en un millón… probablemente habría derramado lágrimas, tal vez incluso en privado.—
—Mejor solo que mal acompañado,— respondí. —Nada más que eso.—
—Amigo, lo haré por ti. Gratis. ¿Para qué son los amigos si no para esto precisamente?—
—¡Lo superaré! Te prohíbo que la mates. ¡Ahora déjalo para siempre!—
—¡Ok, Papi, ¡tú eres el jefe!—
*
Nos entretuvimos a la luz de las velas y comimos una amarga ensalada verde de algas marinas con fresas y macadamia rociada con vinagreta de mangostán y nos tomamos lentamente copitas de Cabernacchia roja. Mario’s estaba completamente lleno, pero nos tomamos nuestro tiempo, ajenos a la fila de reservas y nos dejamos mimar por los camareros. Mi intervención estaba programada para tres días a partir de ahora, y había estado durmiendo de nuevo en mi apartamento, abriendo la oficina todos los días como si nada hubiera pasado. Lyrica untó mantequilla en un panecillo caliente y le dio un mordisco y luego un sorbo de su vino, dejó su tenedor de ensalada en el plato que compartíamos y miró hacia arriba llena de picardía.
—Es solo que los hombres de hoy,— miró brevemente hacia abajo. . . —Parece que todo lo que les interesa son los trucos de cama, acrobacias y alguien que obedientemente se vaya después. —
—Sí,— la consolé. —El amor está muerto; está ahí en el registro fósil, como un órgano vestigial, pero sin ninguna función anatómica.—
—Tonto,— se rio. —Eres peor que yo.—
—¿Te gusta el atún?— Pregunté esperanzado. —Es fresco desde hoy, y escuché que el tartar aquí es como para uno morirse e ir al cielo—.
—Dejé el atún hace veinte años,— frunció el ceño.
—Sobre los delfines…¿eso no es una historia antigua, Lyr? ¿No es que de hoy en día ya todo se cultiva? —
—Sí,— se iluminó. —Pero los viejos hábitos mueren difícilmente, Richard. ¿Por qué no probamos los pepinos de mar al curry con chutney de arándano?
—Nyom,— dije. —¡Buena idea!—aseveré, reprimiendo mi repugnancia.
Levanté la vista para encontrar a Rubí fuera del vidrio parada sobre la acera mirándome, su cabello enmarañado por la lluvia.
—Tengo una acosadora,— me excusé. Me sentí repentinamente vulnerable sin arma, pero retrocedí ante la idea. Amaba a esa chica mirando hacia adentro. Salí, torpemente bajo la lluvia y levanté mi cuello contra el viento…
Sus ojos se hincharon mientras me miraba, la lluvia golpeaba la concrepista con fuerza más allá del toldo, y las lágrimas se desbordaban. Se precipitó a mis brazos y me agarró colapsando en un abrazo y lloró.
—Cuidado con el brazo,— logré decir.
—¿qué te pasó?—
—Me tropecé,— miré hacia abajo. —Me torcí bastante tratando de agarrarme.—
Ella se colgó un rato sobre mi lado izquierdo y la dejé hasta que pasó lo peor y suavemente eché su hombro hacia atrás con mi mano izquierda para mirarla.
—¡La amaba!— ella gritó.
—Lo siento, cariño,— balbuceé.
—¿Por qué tuviste que cortarle la cabeza?—
—No pude detenerlo,— dije sin convicción. —No fue mi idea. No estaba en el plan.—
Me miró con esa mirada toda nublada por las lágrimas.
—Rubí. Era la única manera. Había tenido una intervención de mortalidad
—Y yo estaba programada para el mío para el mes entrante,— gimió Rubí. —¡Íbamos a vivir felices para siempre! Y ahora me lo has cagado todo. Tengo que empezar todo de nuevo, desde cero, Ricardo. Esta será mi tercera vez,— dijo suavemente. —Soy demasiado vieja para esto. . .—
—Oh cariño, lo siento. Nunca fue mi intención.—
Se compuso, se limpió la nariz, se apartó de mí y me miró en los ojos. Bueno, adiós, Ricardo.
La miré y traté de descifrarlo todo.
—Solo tenía que verte primero.—
—Espera,— objeté. —¿De qué estás hablando?—
Ella me miró y finalmente sonrió. —Oh, no voy a caer así,— se rio entre dientes. —Por Fa Vor. Pataleando y gritando todo el camino—.
—Me estás asustando, cariño.—

—Si no hubiera perdido el mío,— ella echó la cabeza hacia la ventana y la espalda de Lyrica en la esquina al fondo, —habrías perdido el tuyo. Supongo que es cierto que todo se vale en el amor y la guerra. Ve a buscarla, Tigre.—
Rubí giró con la columna rígida más allá del alero y bajo la lluvia que caía, cruzó la calle y se montó a un aero-taxi.
—¿Puedes revisar mi espalda, Amor?— Lyr intervino cuando volví a tomar asiento para examinar los pepinos de mar y las algas marinas. —Se siente lleno de puñales.—
—Oh eso…— Yo dije. –No pienses en ello.–
—¿Es la pequeña vagabunda la competencia? — ella me desató su sorpresa como arma blanca.
—Ya no más,— era mi deseo momentaneo. —Oye, ¿estás harta? Disfrutarás mucho de Poly. Vamos —dije. —–Yo me quiero ir. Vamos ir a conocerla.—
