La Carreta Sin Bueyes

The Oxen-Less Cart

EL CRISOL

15 de septiembre de 1839                                                                                                      San Ramón, Costa Rica

Cuando el sol se asomó por un instante entre las nubes oscuras que se acumulaban y prometían lluvia, brilló sobre el cuenco de cobre pulido en cuyo interior un vendedor ambulante pedaleaba agitadamente para hacer girar el tazón mientras el azúcar se derritía.  A dos cuadras de distancia, el desfile del Día de la Independencia se acercaba en una lenta procesión de carretas, cada uno con su boyero atentamente instando a los animales a caminar, escolares marchando, una banda de cuatro instrumentos de metal, incluída una tuba, los patriarcas del pueblo sentados rígidamente en sillas de montar relucientes, cabellos de las colas y melenas trenzados y saltando al ritmo de los cascos de sus mejores caballos de doma, y todo ello adornado de azul, blanco y rojo.  El olor de los chicharrones y las chorreadas se mezclaba, y el alegre chisporroteo de los pinchos de res se elevaba de una parrilla en el puesto de al lado mientras el vendedor untaba chimichurri y avivaba las llamas de las brasas con soplones de cachetes rojos salpicados con sudor.  Antonio Montes Carvajal y su hijo de cuatro años a su lado, sus labios pegajosos, observaban con atención el milagroso giro del azúcar derretido en la fosa de cobre giratorio, que se convertía en pequeñas nubes de caramelo mientras el artesano impulsaba con las piernas unas paletas de madera que lo hacían girar y la milagrosa delicia tomar forma.  Desde los hombros de su papá, Cristina, de tres años, se fijó en cambio en la columna de gente de colores vivos que desfilaba por el centro de la calle y en el sonido de una música como nunca había oído antes. Podía ver a su mamá hablando con otros adultos al final de la calle cuando un hombre feo, con un bigote espeso y cara de malo, le llamó la atención y la miró con malicia. El hombre comenzó a acercarse y sacó un machete del estuche atado a su cintura. 

–Papi, papi,–  le advirtió ella, dándole un golpecito en la cabeza con sus manitas.

–Deje a tus mocosos a un lado, Tonio Montes,– rugió el hombre con la lengua trabada por el alcohol. –Es hora de saludar a la Pelona.–

Tonio dio un paso atrás y, agarrando a Cristina por el brazo, la bajó de su hombro y la entregó a un transeúnte que observaba con los ojos muy abiertos; con el otro brazo, empujó a Toñito hacia atrás para alejarse de la multitud y salir a la calle a enfrentarse al agresor con las manos vacías.  Lo reconoció como el esposo de una lechera recién contratada con quien Tonio había tenido una serie de aventuras, ahora lamentables. Esa mujer se abrió paso entre la multitud y corrió detrás de su esposo para lanzarse sobre él.

 –¡No, no, no!  ¡Oscar, no!  No lo hagas, –  gritó ella.

Tonio se lanzó para esquivar un golpe desorientado por la interferencia de la mujer, y el hierro se le hundió en la parte superior del brazo.  Agarró la hoja, pero no pudo retenerla, y cuando el hombre se echó hacia atrás para asestar un segundo golpe, resonaron dos disparos. Levantó la vista y vio a Evaristo Campos acercándose con expresión sombría, con sus dos pistolas de chispa—reliquias para el año en curso–echando humo. En el suelo y retorciéndose yacían tanto el agresor como su esposa.

–No tenías por quématarla a ella, – jadeó Tonio, apretándose el hombro. Su propia esposa tropezó con el dobladillo de su vestido en su carrera desesperada para lanzarse sobre su marido y gimió cuando los espasmos de las víctimas de los disparos se fueron calmando. El desfile se desbandó para rodear a la pareja moribunda mientras un trueno resonaba al noroeste y rodaba hacia ellos a lo largo de las laderas de las montañas occidentales.

—Fue un accidente, señor.

–Casi no llegas a tiempo. Tranquila, tranquila, cariño.– 

–No volverá a pasar, señor.–

—Magda —empujó a su esposa—. ¡Retrocede de inmediato: te mancharás de sangre tu vestido nuevo!

–Debemos atender esta herida de inmediato,– dijo ella entrecerrando los ojos para regañarlo.

Él evaluó el corte por primera vez y dejó que un breve fruncimiento de ceño se dibujara en su rostro de acero.

—Tienen un hijo, Vari —dijo, mientras observaba los cuerpos, ahora completamente inmóviles, amontonados uno contra el otro, con las extremidades en todas direcciones sobre el camino lleno de baches, y el agua de un charco resbalando por el vestido de la mujer muerta.  –Un niño, si no me equivoco…

–Así es, señor.–

–Habrá que hacer algo,– se volvió hacia su esposa y arqueó sus cejas pobladas.

INQUIETUD EN EL FRENTE NORTE

6 de marzo de 1856                                                                                                            Finca Montes, San Ramón

–¿No puedes ir más rápido, Marco? ¡No podemos llegar tarde!– Eladio Silpancha estaba impecable, con las botas lustradas y una camisa blanca limpia, una faja roja alrededor de la cintura; incluso el cuero del estuche de su machete estaba pulida y reluciente.  La silla brillaba sobre Tornado, la segunda mejor montura de los Silpancha. Era una yegua pintada de raza árabe que medía catorce palmos a la cruz y pastaba atada a un poste del corral junto a la puerta.

Marco Montes Albízar rodeó la yunta para desatar lentamente los enganches.

–No se puede apurar a los bueyes, – dijo.

El yugo había sido tallado en madera de mango antes de que Marco naciera por Héctor Villalobos Palacios, con quien Marco había sido aprendiz en la construcción de carretas durante tres años antes de ser ascendido a su formación de boyero.  A los diecisiete años se le asignó reportarse directamente ante Don Evaristo Campos Largaespada, para ser entrenado en el adiestramiento de los propios bueyes, la sinecura comercial por la que la Finca Montes gozaba de renombre desde las tierras altas de Guayaquil hasta las afueras de la propia capital. Job y Hito tenían tres años, habían sido castrados cuando eran jóvenes y fuertes novillos en su segundo año y se estaban desarrollando bien.  La finca tenía 26 yuntas en entrenamiento, siete además de Job y Hito que debían entregarse en junio al consorcio cafetero de Alajuela, su mejor cliente.  Con San José creciendo día a día, había un negocio muy activo en la entrega de alimentos desde las granjas regionales al hambriento mercado urbano.  Y aunque el negocio de llevar arroz, frijoles, tubérculos, frutas, carne de res, cerdo y guaro a la hambrienta ciudad era ciertamente rentable, las plantaciones de café y caña de azúcar y la exportación de los mismos en bruto a Sarapiquí para su envío por el río San Juan hacia Inglaterra, y a Puntarenas para el mercado de San Francisco, seguían siendo el eje de la industria, lo que hacía que el buey fuera esencial para la ambición del popular presidente de la nación, Juan Rafael Mora Porras, de poner a Costa Rica en el mapa mundial.  La yunta permanecía tranquila, con el sol de media tarde bailando sobre sus anillos nasales. A seis semanas aún de las primeras lluvias de la temporada, la brisa de verano hacía revolotear las hojas de la manzana de agua bajo la cual pastaba Tornado y levantaba el borde de la tarde con los dedos amarillos del atardecer. 

Reúnete conmigo treinta minutos antes del anochecer en el viejo Chilamate. La nota perfumada, escrita con una letra impecable, había sido sustraída por una joven sirvienta de las garras de su amada.

—Ve tú —le dijo a Eladio—. Aún queda trabajo por hacer. De todos modos, no empezarán hasta tarde.

—Marquitos —chirrió su amigo—. Tonteras. El aguardiente correrá como la savia del coyol en menguante, mae. ¡Lleva estas bestias al pastizal, lávate y vámonos! ¡Tenemos que emborracharnos temprano, antes del discurso del coronel!

Marco frunció el ceño, se puso las manos en las caderas y suspiró. –¿No ves que estoy trabajando? ¡No podemos montarnos todos en el mejor caballo de nuestros padres para ir a emborracharnos por capricho!–

Silpancha se quedó boquiabierto mirando a su amigo. –Pero lo habíamos planeado, huevón,–  Se protegió los ojos con la mano para mirar a su alrededor de manera teatral.  –Parece que eres el único que está trabajando por aquí: todos los demás ya están en el pueblo relajándose para la asamblea. ¿En qué nube estás, mae?–

–Bueno, Don Tonio no está aquí para dar permiso. No puedo irme hasta que termine mi turno.–

–Don Tonio está en la capital. Ya hablamos de todo esto. ¿Por qué cambias el plan? ¡El Don insistiría en que estuvieras en primera fila esta noche! Vamos, Marco.  ¿Qué te pasa?–

–Ven,– dijo Marco. Llevó a Ladi fuera del corral y rodeó a Tornado, que se sacudía los costados con su larga cola y rumiaba. Desató la rienda, la enrolló alrededor del cuello de la bestia y la ató con un nudo flojo que descansaba sobre su cruz. –Váyase usteed,– dijo, frunciendo el ceño con tristeza, con un nudo en la garganta. –¡Yo me quedo!–

Los ojos de Eladio se llenaron de lágrimas.  Sus hombros se hundieron y miró a su amigo, un –pero ¿por qué?– tácito mimado en mudo estupor.

–Vete, Eladio. Te encontraré más tarde. Lo digo en serio.–

Su mejor amigo no miró atrás mientras galopaba noblemente por el potrero, con el sol de la tarde brillando sobre la espalda blanqueada de su camisa de domingo, y la espuela de su bota derecha reluciendo bajo el sol.  Marco se coló entre Job y Hito, respiró profundamente y levantó el yugo por encima de sus cruzes y por encima de su cabeza para llevarlo hacia adelante por encima de sus cuernos, apoyar un extremo en el suelo y encontrar un punto de apoyo en su hombro para cargarlo hasta el galerón y guardarlo.  Salió a zancadas con su vara ahora en la mano.

–Andaaa,– llamó a los animales para que se pusieran en marcha con tres suaves golpes en la cruz de Job. –Derecho,– les ordenó en dirección a la puerta. Avanzaron lentamente, como si aún llevaran el yugo. Diez metros más allá de la puerta dijo –altooooo,– y se adelantó a ellos para darse la vuelta, clavar el extremo del bastón en el suelo y evaluar cara a cara al par detenido.  –Libre,– les ordenó, y los animales rompieron filas y comenzaron a pastar mientras se alejaban tranquilamente hacia la cerca sur, donde preferían hacerse compañía a la sombra del ceibo. La raza de ganado brahmán había demostrado ser superior a todas las demás, aunque don Evaristo hablaba del búfalo del Cabo como una especie sin probar con potencial para logros aún mayores.  La Finca Montes se había deshecho de otras razas de ganado para centrarse, a través de la cría, en optimizar los rasgos de la raza Brahman para el clima de este extremo del mundo, tan alejado de su lugar de origen.

Marco Montes había crecido hasta los catorce años en la finca, igual que cualquiera de los otros seis hijos del Don, aunque no era ningún secreto que era adoptado, el único hermano que no tenía vínculo biológico.  Al terminar la escuela primaria a los trece años, Marco fue trasladado al barracón donde se organizó su aprendizaje en los oficios.  A los 18 años, Marco ya dominaba la mayoría de los aspectos prácticos, aunque aún no el negocio en sí, y era a la vez curioso y trabajador. Aunque él no lo sospechaba, Marco era un tema habitual de conversación entre el capataz y el adusto Don, su padre adoptivo, a quien Marco había aprendido a no llamar ya papá. 

–Es demasiado joven,– replicaba Tonio con su famosa imitación de indignación. –¡Los hombres aún no lo respetarán!–

Eva le dio tres golpecitos en el pecho. –No debería tener que recordártelo, Tonio…–

–Tontera, huevón, tú me sobrevivirás una década.–

–Es hora de formar a mi sucesor, Tonio.  El chico es clave para nuestro futuro.–

–¡Es un maldito niño, Eva!–

Evaristo se rió entre dientes.  –Como usted diga, señor.–

–No me llames señor, huevón. Solo me estás lavando los huevos.–

Evaristo chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco ante la presunción, aparentemente un desliz intencional. El Don sonrió.  –Ok, mi huevo,– se rió.  –Está bien.–

–Sí, señor. Tenemos que mantenerla bien limpia para las lecheras, ¿no es así, señor?–

El barracón estaba desierto, y el agua fría sobre la cabeza de Marco era vigorizante. Su falo se erigió ante una asociación involuntaria: la mirada furtiva, el apartarse de los muslos, su almizcle llenando sus sentidos… Se frotó el cuerpo hasta dejarlo limpio e ignoró la madera. Guardaría su leche para Cristina.

Con los esclavistas invasores llegando a someter a la nación, ¿qué tico de sangre caliente no defendería a su joven República contra el filibustero yanqui y sus mercenarios extranjeros?  Aún no era el momento de revelar su secreto y, al igual que le había mentido a Ladi, tendría que encontrar razones plausibles para eludir el servicio militar y permanecer cerca de su amada y de su hijo por nacer.

Cristina Montes Albízar se acercó montada en Hechicera, elegante con su traje de montar a medida, los ojos verdes ocultos por el ala de su sombrero; una excursión a caballo por la finca a media tarde era la excusa aparente para su ausencia en la mansión.  Él se levantó de la raíz del árbol mientras ella balanceaba con gracia la pierna sobre la yegua plateada para quitarse el sombrero y correr a sus brazos. Se abrazaron con fuerza para besarse y luego se apartaron en el último destello de la luz del atardecer para beber de los ojos del otro. Hombro con hombro, Marco pudo discernir un bulto en ella mientras empujaba el que tenía dentro contra ella.  Su cerebro flotaba en un caldo de sustancias químicas producidas por las glándulas de su cuerpo que, en su proximidad, nublaban la realidad de una manera mucho más placentera que el guaro, la mecha, los honguitos o cualquier otra cosa, para el caso.

Ella se apartó de él y rompió a llorar.

—Marco, tienes que huir —dijo ella, levantando la vista—. ¡Viene a matarte!

–¿Quién viene a matarme?–

Ella lo miró fijamente. –¡Pues papá, por supuesto!–

–¿Don Tonio viene a matarme?–

–¡Él lo sabe, cariño, lo sabe!.,–

–¿Se lo dijiste?–

–¡Por supuesto que no se lo dije!–

–Entonces, ¿cómo lo sabe?–

–No lo sé, pero lo sabe.–

–¿Don Tonio no me mataría, verdad?–

—Marquitos, mi amor, San Ramón está a punto de convertirse en un cantón. Ya está prácticamente decidido en la Asamblea Nacional, y papá tiene el puesto de alcalde asegurado. Tú lo sabes.

–¿Y qué tiene eso que ver?–

–No es algo predeterminado. Él tiene poder, pero aún así se decidirá por voto popular. ¡Papá no puede verse manchado por escándalos y golpes a su honor! Podría perder frente a Figueres o incluso a Silpancha.–

–Pero tenemos un bebé en camino, Cris. Debemos casarnos y criar a este niño. Tu padre verá que esto es necesario y justo.–

Cristina se rió con amargura. –¡Eres mi hermano, Marco!  Papá no se quedará de brazos cruzados y permitirnos casar.–

–No es incesto,– frunció el ceño. –Tenemos biología diferente.–

–Cariño, eso no importa.  Nos criamos juntos bajo el techo de nuestro padre.  Tenemos los mismos apellidos.  Ahora estoy embarazada de tu hijo.  Él viene desde San José para matarte.  Si cabalga toda la noche, debería estar aquí antes del mediodía.  Si pernoctan en Grecia o Alajuela, volverá al anochecer.–

La luz menguante ya no permitía a Marco verla con claridad, así que acercó su rostro al de ella para mirar sus ojos evasivos.

–Marco, cariño,– dijo ella. –No puedes salirte con la tuya. ¡Tienes que huir! Yo arreglaré esto a su debido tiempo, y podremos casarnos cuando regreses de la guerra con tus medallas.–

–Pero nuestro bebé, Cristina: debo quedarme por nuestro hijo y por ti.–

–No nos servirás de nada a ninguno de los dos si acabas enterrado en el potrero al fondo, Marco.–

***

Nací en Vara de Roble, una aldea en el cerro a un día de caminata de Cartago. Me alisté como voluntario a los quince años de edad y luché del lado imperialista en la Guerra Civil. Resulté levemente herido en Ochomogo y fui hecho prisionero por los republicanos.  Quizás estoy usando el término “herido” con generosidad.  Al recibir la orden de lanzar la carga, tropecé con una piedra y sentí que mi pie se atascaba; luego, un choque recorrió mi cuerpo y oí un crujido en mi interior, y un hueso de mi tobillo —el maléolo lateral, según supe más tarde— se rompió.  No fue una lesión grave, ciertamente no una fractura abierta, pero no podía apoyar el pie, y mucho menos luchar, gracias a Dios, y me recosté contra las rocas en estado de shock hasta que los vencedores me encontraron y me llevaron, y fui atendido primero por un curandero y luego por un médico republicano en un corral improvisado en Tres Ríos.  Ese día murieron treinta de los nuestros en el bando imperialista, menos en el republicano, y hubo unos cincuenta heridos, muchos más capturados. Resultaría que el Imperio Mexicano de Agustín de Itúrbide, con quien supuestamente estábamos aliados los imperialistas, había caído diecisiete días antes de nuestro fatídico encuentro en Ochomogo y la noticia del colapso del imperio aún no había llegado a Costa Rica.  Así que luchamos por una causa que estaba perdida incluso antes de que tomáramos las armas. 

Pero nadie fue ejecutado ni exiliado, y después de que las fuerzas republicanas salieran al día siguiente a liberar Alajuela y luego a someter a los imperialistas que aún resistían en Heredia, se me permitió pasar al bando republicano.  Cuando mi herida sanó, me formé como artillero en la guarnición de Cartago y alcancé el rango de sargento antes de ser dado de baja en 1838 para regresar a mi gélido hogar en las montañas, donde me dediqué al aserrado de madera y a la tala de los enormes robles del bosque infinito de mi tierra.  Debí de haber causado buena impresión hace tantos años, pues me quedé atónito cuando un jinete uniformado me preguntó por mi nombre en el aserradero un día y me entregó una carta cuyo sello llevaba la impresión del general José María Cañas, cuñado del presidente de la República. La misiva era una orden de que regresara inmediatamente a la capital para presentarme al servicio militar y recibir una nueva comisión.  Eso fue hace tres meses, y en el Valle Central la gente estaba alborotada con la lejana noticia de que oleadas de corsarios filibusteros azotaban las naciones centroamericanas al norte de nosotros y se habían convertido en un peligro creciente para la nuestra. El coronel Lázaro Salazar, general de brigada a cargo de la artillería, me recibió con amabilidad y más respeto del que consideraba merecer de un personaje tan augusto.  La proclamación norteamericana del Destino Manifiesto tres décadas antes, explicó, se había convertido en una ola de aventurerismo por parte de los estados del sur de esa nación y de mercenarios seguidores de las campañas europeas en Crimea y otras travesuras conjuradas por los prusianos y los viejos y cansados mercenarios apologistas napoleónicos, todos los cuales buscaban reinstaurar la esclavitud por la fuerza de las armas en todo el istmo.  Aunque la República de Costa Rica no era el objetivo principal, se encontraba sin embargo en la mira de este movimiento yanqui, precisamente debido a los lazos telúricos de los ticos con la libertad, la soberanía y la identidad. Guatemala, Honduras y Nicaragua no tenían ninguna de estas cualidades, señaló Salazar, y por nuestra buena fe nacional se nos designó correctamente como una amenaza nativista a la ambición innoble de los de ojos azules. 

Me llamo Mateo Marín Córdoba y, a mis 48 años, soy un recluta inverosímil.  Sin embargo, aquí estoy, honrado de volver a vestir el uniforme y complacido con mi ascenso a capitán.  Adoro los dos cañones que me han asignado y amo aún más al pelotón de cuarenta hombres y seis mulas bajo mi mando.  Para cuando nuestra columna partió antes del amanecer el 4 de marzo de la guarnición de Cartago,  estaba seguro, gracias a nuestros ejercicios, de que podía lanzar una bala de veintitrés kilos dentro de un círculo de veinte metros de diámetro a una distancia de quinientos metros.  Sin embargo, esta extraña historia tiene muy poco que ver con la guerra en sí, y menos aún con mi compañía de artillería y nuestras pequeñas y modestas contribuciones.  En cambio, surge de las curiosas circunstancias que—al menos en mi mente—rodearon al soldado Marco Montes Albízar, a quien conocí el 6 de marzo, cuando la Tercera levantó el campamento en las afueras de San Ramón para adentrarse en la Cordillera de Tilarán y seguir hacia Liberia, y sobre quien los acontecimientos posteriores harían que el relato de esta historia fuera una obligación moral para mí, dado que arroja luz sobre mucho más que los simples hechos narrados.

***

Marco Montes había tenido la intención de vengar las ambiciones asesinas de Don Tonio robando un caballo de la finca para ir a la guerra, pero cuando Tornado le fue quitado a Eladio en su primera mañana como reclutas y reasignado a un oficial superior, cuya montura de menor calidad fue entonces entregada a un oficial subalterno sin caballo, Marco se sintió aliviado de no haber dado un paso tan extremo.  Los muchachos fueron divididos: Eladio fue asignado al comedor y Montes a la brigada de transporte. Allí descubrió a seis de sus propios equipos deambulando y mugiendo suavemente, confundidos en medio de una gran cantidad de hombres, tanto uniformados como irregulares, en frenético movimiento.  Allí estaban Juan y Obo, Tan e Ingo, Gil y Boyo, Mas y Menos, Meng y Macho, y, efectivamente, Job y Hito completaban el ganado donado por la Finca Montes a la Campaña Nacional.

—Marquitos,—se oyó la voz familiar de un vaquero de la finca. –Me alegra ver que te dieron el visto bueno para nuestra gloriosa aventura.– 

—Zurdo —respondió Montes, sorprendido.  ¿–Cuántos somos aquí–?

–Veinte o más en total, pero solo cinco con la Tercera:  Pansa, Rigo, Mechas, Juancho y yo. Bueno, seis contándote a ti. ¡Menos mal que estás aquí; estos boyeros parecen un poco novatos —todos unos maricas de ciudad, si me preguntas a mi, pero contigo aquí, ¡las cosas ahora están como deben estar!–

Un oficial con un abrigo rígido y botones de estañi se acercó, un irregular que pasaba dijo –Tención,– y los dos muchachos se enderezaron de golpe y le hicieron un saludo poco practicado al oficial superior que ahora los dio vueltas caminando y observando.

–Descansen, soldados,– ordenó el capitán Marín. –¿Quién está al mando aquí?–

Los muchachos se miraron entre sí. –Pues Marco,– dijo Zurdo, señalando con el pulgar.

–Yo no estoy a cargo de nada,– protestó Montes.

–Mis mulas han sido reasignadas para la entrega rápida de municiones,– le dijo el capitán a Marco. –Necesito yuntas de bueyes para transportar los dos cañones de diez quintales a remolque, además de las balas y la pólvora.–

–¿Diez quintales?,– preguntó Marco frunciendo el ceño. –Una sola yunta bastará; preparémosla.– Ató las riendas a los anillos de la nariz de Job y Hito, dejando las cargas más pesadas para las yuntas más fuertes del grupo, y siguió al capitán al otro lado del campamento para asegurar la carga y ponerse en marcha.

Era pleno verano, el camino estaba reseco, y avanzamos a buen ritmo desde San Ramón hasta el paso de Guayaquil. Yo iba a caballo, y el resto de mi compañía marchaba en sandalias, cargando por los hombros sus mochilas, armas, y fajas de balas.  La columna se extendía a lo largo de 5 km entre el más rápido y el más lento a medida que avanzaba el día, y las carretas cerraban la marcha bajo el pesado paso de los bueyes, así que yo me quedé rezagado allí, cerca de mis armas y mis hombres.  Un grupo de exploradores de vanguardia buscó un campamento para pasar la noche y consiguió comida de las granjas a lo largo del camino.  Una hora después de comenzar la marcha, me acerqué al soldado Montes mientras él gruñía órdenes suaves y caminaba junto a su yunta.

–¿Qué podemos hacer para silenciar estos carros?– pregunté con el ceño fruncido. –¡Es un ruido terrible!–

–Así es como están hechos, capitán,– respondió Marco. –Se supone que deben cantar, cada uno con su propia canción.–

–En tiempos de paz, tal vez,– fruncí el ceño, cauteloso ante un tema que escapaba a mi experiencia. –Esto es la guerra. ¿Cómo podemos callarlos?–

–Con una carga mayor, capitán.–

–¿Una carga mayor?–

–Cuanto más pesa la carga de la carreta, más silenciosa es su canción,– dijo encogiéndose de hombros. –Todo mundo lo sabe.–

–Esta es la carga que tenemos.  Seguramente hay otra manera.,–

–Supongo que podríamos quitar el herraje de hierro que los hace cantar,– señaló la pieza de la carreta que brotaba canción. 

–Bueno, entonces ocúpate de eso esta noche en el campamento.–

–Pero sería una herejía, señor, quitarles su músiquita–

–¿Una herejía, soldado?–

–Y que van a pensar los pobres bueyes,” le penetro al Capitán con su mirada de oprobrio.  Como quitarle las baquetas a un baterista o quitarle la cruz al Padre– sonrió. –Como despojar a un oficial de su rango…–

Me acostumbré al canto y, de hecho, descubrí que cada juego de ruedas tenía su propia melodía, y para cuando acampamos en Esparza al día siguiente, yo mismo me había encariñado con la melodía que sonaba durante nuestro trayecto por la ladera occidental de las tierras altas de Tilarán. El pueblo nos esperaba y tenía preparada una fiesta.  Un puño de mujeres profesionales se había aventurado desde Puntarenas, y con cuatro barriles de guaro traídos por el destilador local, fue toda una fiesta. Las rameras ganaron el sueldo de un mes en una sola noche y contrataron una mula y un muchacho para llevar su botín de vuelta al puerto después de descansar el día siguiente.  Cuando levantamos el campamento al amanecer tras el desenfreno, los olores de mierda líquida y vómito se elevaban en vapores miasmáticos alrededor del bucólico pastizal verde donde acampábamos, como fétidas fumarolas de corrupción y inmundicia traídas a la vida por el sol abrasador de la mañana. Reponemos nuestras reservas de agua en un arroyo cercano en el que nuestros hombres se zambullían y se echaban agua, mojandose sus cabezas y salpicandose con las gotas hidricas para sacudirse la goma y espabilarse.  Los sabios aldeanos, anticipándose a nuestro calvario, tenían ollas de menudo burbujeando al amanecer y sorbimos la sopa con tortillas hechas a mano, recién salidas de la plancha. Esto nos calmó el estómago y nos despejó la mente, y a media mañana la columna cantaba, nuestros tamborileros golpeaban con fuerza sus parches mientras nos poníamos en marcha por el largo camino hacia Cañas, con el ánimo en lo más alto frente al desafío que nos esperaba.

Ninguno de nosotros había visto nunca a un filibustero, y tuvimos que evocar su imagen a partir de los recursos de nuestra imaginación. Lo que sí sabíamos era que no eran nicaragüenses, sino mercenarios extranjeros invitados por el bando perdedor de la guerra civil de nuestro país vecino.  Los yacimientos de oro de California eran legendarios para cualquiera que supiera algo del mundo más allá de nuestras costas, y nos dijeron que muchos de los filibusteros eran buscadores de oro que se detenían en tránsito desde los barcos de vapor que surcaban el río San Juan, la Vía de Tránsito, para embarcarse en una aventura bien remunerada en el interior de Nicaragua, todos bien equipados con armas de fuego modernas y mucha munición.  Entre los oficiales había comandantes franceses de las guerras napoleónicas y militaristas prusianos a los que el general Mora se refería como –Jesianos.–  Estaban liderados por el traficante de esclavos estadounidense William Walker, quien había recordado las hazañas de Hernán Cortés el año anterior con una fuerza de vanguardia de sesenta hombres que zarpó de San Francisco para tomar las armas del bastión rebelde demócrata de León y, en menos de un año, ascender a la cúspide del poder nicaragüense gracias a sueldos de corsario que pocos de nosotros ganaríamos en toda una vida.  Ahora comandante del Ejército, se decía que Walker tenía a su mando a diez mil hombres, la mitad de ellos mercenarios.  Sin embargo, por temible que pareciera Walker, el Reino Unido, Francia y el industrial neoyorquino Cornelius Vanderbilt se confabularon para oponerse al plan de Walker.  Además, contábamos con un puño de ingenieros militares prusianos ya establecidos en la recientemente anexionada Moracia; todos nosotros nos unimos contra la invasión filibustero, lo que le dio apoyo internacional a nuestra causa justa y moral. 

Nuestro regimiento contaba con casi mil mosquetes estriados Minié, todos con bayonetas relucientes recién afiladas, forjadas en acero francés.  Teníamos cien mil cartuchos de munición que habían sido acumulados en los meses anteriores por el hermano de nuestro presidente, el general José Joaquín Mora Porras, quien comandaba el ejército nacional.  Un puño de milicianos trajo sus propios mosquetes de ánima lisa y munición casera, e incluso había un puño de trabucos de cien o más años de antigüedad.  Quien no llevaba un arma de fuego, al menos llevaba un machete colgado de la cintura.  Nuestra nación contaba con 22 cañones y 300 o más barriles de pólvora, y yo comandaba el diez por ciento de esa fuerza y disponía de 45 balas de 50 libras de fábrica para disparar antes de tener que forjar balas a mano si fuera necesario. Con la estructura de mando completada por el cuñado de los Porras, el general José María Cañas, nuestra fuerza permanente de 9000 hombres en servicio nacional estaba bien entrenada y disciplinada, tal vez la mejor fuerza de combate entre México y Colombia, y los reclutas, aunque novatos y en su mayoría de mente simple, sumaban otros 4000 hombres y no deseaban nada más que acuchillar a la horda sucia y enviarla de vuelta a sus tierras de nieve y hielo, donde pudieran lamerse sus heridas supurantes.  Fue, en efecto, una gloriosa Campaña Nacional, y todo el terreno nacional estaba con nosotros, tanto ticos como nicas, con las quejas por la secesión del Partido de Nicoya de Nicaragua para conformar nuestra nueva provincia de Moracia guardadas en este momento de peligro colectivo.  Aunque en privado me mostraba cauteloso ante nuestras perspectivas frente a la fuerza militar de tamaño desconocido y probable superioridad militar que marchaba contra nosotros, sabía que contábamos con la fuerza de las armas y la voluntad colectiva para dar al menos tanto como recibiéramos.

CORTESÍA BÉLICA

10 de marzo de 1856                                                                                                                                     Finca Montes

–Así que deseas casarte con mi hija,– dijo Don Tonio. Se recostó en el sillón de cuero detrás de su escritorio y evaluó al fancy joven que se encontraba frente a él.

Al licenciado Fulgencio Villarreal Uribe lo habían hecho esperar en el vestíbulo durante tres horas y le habían servido fresco de maracuyá, y para cuando finalmente lo hicieron pasar al despacho del don ya había anochecido, y la habitación no estaba iluminada con velas, sino con lámparas.   Villarreal había oído hablar del aceite de ballena, aunque en su propia casa se usaba sebo, y supuso que el extraño aroma de la habitación era el vestigio de la esencia de un leviatán derrotado del Océano Austral.

—Amo a Cristina con todo mi corazón y la protegeré y honraré hasta el día de mi muerte, Su Excelencia.

Tonio resopló.  —Como ya habrá oído—, refunfuñó. —hay una guerra en curso. –

–Se ha estado gestando durante varios años, señor.–

–De hecho, me sorprende, dado su linaje y su flamante licencia de abogado, que no haya puesto su talento al servicio de nuestra nación en su momento de mayor necesidad. Como seguramente sabrá, he enviado a la mitad de mi personal al frente.–

–Uno debe centrar sus esfuerzos donde residen sus talentos, don Tonio. Nuestra nación sufre muchos desafíos y mis esfuerzos por asegurar una ruta ferroviaria hacia el Pacífico son casi tan importantes para el progreso de nuestra nación como la victoria en la guerra que se avecina.–

–Vaya, mi propio hijo se escapó para unirse a la lucha sin siquiera decírmelo.–

–Seguramente le preocupaba que usted no se lo permitiera, señor.  Marco no es, según tengo entendido por Cristina, un hombre de armas, y quienes carecen de habilidades y entrenamiento militar son claramente más vulnerables frente a un adversario formidable; seguramente pensó que usted se habría opuesto rotundamente.–

–Habría tenido razón, joven. Lo necesitaba aquí para liberar aún más manos para la milicia. Ay,– sonrió. Volviendo la cara hacia la de su consejero, que estaba sentada en un sillón a la izquierda de donde el joven seguía de pie, incómodamente, en posición de firmes ante el pulido escritorio. –¿En qué diablos estaba pensando, Eva?–

—Probablemente,  la opinión del Licenciado no esté muy lejos de la realidad— respondió Don Evaristo.  —¿Un joven embargado po`r el ardor patriótico…? ¿Ansioso por enorgullecer a su familia al partir a luchar contra una amenaza existencial…? No es una hipótesis improbable.–

–Qué poético,– sonrió el Don, escéptico. 

–Naturalmente, desearía posponer la boda hasta después del regreso de nuestras fuerzas victoriosas,– prosiguió el joven con lentitud. –Ciertamente no mientras la lucha esté en curso; eso sería indecoroso. De hecho, pensé que sería apropiado, si me perdona mi osadía, señor, programar el evento en los días posteriores al anuncio del Cantón de San Ramón y su aclamación como alcalde.–

–Puede que vista mal,– intervino Don Evaristo. –Pero habla bien, y con su influencia para asegurarse de que la línea del Pacífico pase por San Ramón, vaya, hay posibles ventajas en este matrimonio, Tonio.–

—Hm —gruñó el don—. No está mal que su padre sea el magistrado de Alajuela— admitió.  —Siéntate, hijo,— dijo, por fin.

–La inminente victoria llenará las arcas de Porras de capital político– continuó Evaristo. –Podrá cerrar acuerdos rápidamente; los conservadores se alinearán. ¿Qué opción tenemos ante la aclamación y los elogios que se avecinan?–

–Con el debido respeto, don Tonio,– intervino el joven envalentonado. –Su fortuna se ha forjado a base de bueyes, y nadie está en mejor posición en este momento para dar el salto a la próxima tecnología en el transporte de mercancías al mercado. Los bueyes han sido clave para nuestro ascenso como nación. Pero la máquina de vapor ya está aquí y hay que tender el ferrocarril.  En las próximas décadas, habrá un canal entre los océanos que dejará de lado incluso a la industria ferroviaria.  Por eso están aquí los obstruccionistas, en primer lugar.  Cuando se abra ese canal, sus herederos tendrán que tomar una decisión estratégica no muy diferente a la que usted mismo enfrenta ahora, señor.  Imagine el legado de cincuenta años, desde las carretas tiradas por bueyes hasta los vagones de tren y los barcos de vapor que cruzan los océanos…–

–Quizás,– reconoció Don Tonio antes de volverse hacia Evaristo. –Siempre esperé que Cristina se casara con un doctor de medicina. Dios sabe que nos vendrían bien más médicos en este país…–

El suplicante se rió entre dientes. 

–Y menos abogados…–

–Ya sabe cómo son las cosas,– se lamentó Evaristo. –Hay cierta química involucrada en toda esta dinámica. Creo que hay que valorar que su hija haya encontrado esa química con un joven tan distinguido , de buena familia y sin vicios aparentes… aunque solo sea un abogado y no un médico.–

Villarreal bajó la vista y negó con la cabeza, volviéndose para mirar a cada uno de los hombres por turno, quienes lo ignoraron, y no pudo contener una sonrisa burlona.

–El corazón es libre,– opinó Don Evaristo. –Imagínese si la señorita Cristina, perdone mi presunción, se hubiera enamorado en cambio de un mozo de almacén, un capataz de rancho, un boyero o alguien por el estilo.–

–Reconozco que tiene razón.,–

–No me intimida este sofismo,– interrumpió Villarreal. –Pido la mano de su hija porque la amo y quiero pasar el resto de mis días con ella, y el camino adecuado para hacerlo es a través de esta esclarecedora reunión con ustedes dos, estimados caballeros. ¡Así que aquí estoy! No van a ahuyentarme.–

El don se entusiasmó ante el ardor del joven e inhaló para dilatar las fosas nasales ante el descaro de sus palabras.

–En unión matrimonial con su hija, sus intereses serán mis intereses, don Antonio. Tengo mi propia fortuna y no necesitaré su apoyo financiero para mantener a Cristina de la manera a la que usted la ha acostumbrado. Traeré a su descendencia a este mundo, defenderé su honor, cuidaré de nuestros bienes y sacaré a esta nación del aislamiento para llevarla a la corriente principal del mundo y al umbral del siglo veinte.  Su hija me ama y yo a ella, y nos casaremos. Si contamos con su bendición, nuestro comienzo será aún más dulce y seguro.–

–Te haré saber mi decisión en el transcurso de la semana.–

LOS DESNUDOS Y LOS CONDENADOS

20 de marzo de 1856                                                                                                         A las afueras de Santa Rosa

Sacrificamos el último de nuestros novillos el sexto día y, cuando dos días después atravesamos las puertas de la guarnición de Liberia, estábamos encantados —tras haber comido demasiados cuadrados, mangos verdes, jobos y arroz frío durante el camino— con el bistec a la parrilla, el arroz humeante con frijoles y el picadillo que nos esperaban, además de las raciones de aguardiente que nos repartieron.  El mando y los oficiales se reunieron para enterarse por el general Cañas de que el enemigo había penetrado en territorio nacional y ejecutado a nueve civiles desarmados en la Hacienda Sapoá unos días antes. Su oficial de mayor rango era un húngaro llamado Schlessinger, y comandaba hasta 500 soldados que incluían cuatro compañías: una de prusianos, otra de franceses y dos de norteamericanos.  Mientras el humo de los cigarros comenzaba a llenar la tienda, el enemigo se había atrincherado en algún lugar de la llanura de Santa Rosa, a menos de 30 km de distancia, con Liberia aparentemente en su punto de mira. Nos dividimos en cuatro escuadrones que sumaban un total de mil hombres bajo el mando del general Mora.  El resto de la fuerza expedicionaria, de unos dos mil hombres, se mantenía cerca del general Cañas para reforzar las fortificaciones y defender Liberia en caso de que la vanguardia no prevaleciera. Dos mil soldados estaban estacionados en Puntarenas para defender nuestro puerto más vital, y un regimiento marchó desde Alajuela para repeler cualquier intento enemigo río arriba por el Sarapiquí.

No se oía ningún sonido en el aire mientras Eladio Silpancha corría hacia el muro de piedra del corral, en la primera línea del coronel Salazar. El tiempo se salió de su curso normal, y la embestida pareció durar una eternidad, aunque la loca carrera a través de los doscientos metros, desde la cobertura de los árboles raquíticos hasta el muro exterior del corral, solo tomó un par de minutos a toda velocidad.  Eladio solo podía oír sus órganos, los latidos de su corazón y el movimiento de sus pulmones; todos los sonidos externos se habían silenciado en ese momento de verdad vertiginosa, lleno de adrenalina. Corría más rápido que la mayoría y, cuando las balas dejaron de volar, se dio cuenta de que estaba más allá de sus compañeros de primera línea, en la vanguardia de la carga, con su arma ligera en las manos y sus sandalias volando sobre la maleza polvorienta, salpicada de estiércol seco de ganado y arbustos espinosos.  Los sonidos del mundo regresaron a treinta metros de las almenas con la primera descarga de la infantería filibustero. Oyó los gritos de dolor y furia mientras caían sus compatriotas —incluidos veteranos curtidos— y sus sentidos, que volvían a él, se despertaron con los aullidos de la segunda línea de confederados rabiosos en una carga condenada al infierno.  Saltó el muro de roca a la altura de los hombros de un solo brinco y, al caer al suelo, empaló a un rubio de ojos muy abiertos que se afanaba en recargar, para palanquear mediante la planta de su pie derecho contra el pecho de aquel hombre, su bayoneta y extraerlo de la cavidad abdominal que habia propicionado al machillo, girar el cañón y disparar de lleno en las entrañas desnudas de un segundo extranjero detenido en un asalto a pecho descubierto, quien dejó caer su arma y se hundió de rodillas para agarrarse el abdomen sangrante.  Mientras el enemigo se abalanzaba con las espadas desenvainadas, falló con una segunda estocada de bayoneta y, en su lugar, hundió la punta en un poste del corral cuando su oponente esquivó su embestida.  Eladio abandonó el rifle para enfrentar su machete desenvainado y en desventaja contra el acero de Pensilvania del sable del enemigo. Pero los confederados ahora se agolpaban sobre el muro del corral, y el enemigo vaciló, con los ojos azules muy abiertos, sus rostros blancos aún más pálidos ante el ataque.  Una bala de cañón cayó sobre su flanco izquierdo, llenando el aire de tierra, y rompieron filas para huir hacia el fuerte mismo, mientras la bala del segundo cañón del capitán Marín lanzaba por los aires a tres hombres como muñecos de trapo, que cayeron arrugados y desfigurados en la tierra del patio, mojándola con su sangre acumulada y liberando el olor de las entrañas para que se mezclara con la cordita, mientras los ticos presionaban con balas y bayonetas.  Otros entre los adversarios optaron por unirse a sus oficiales en la huida en lugar de enfrentarse al astuto enemigo. 

La caballería irrumpió en el recinto desde el oeste, blandiendo sus sables, y la compañía del capitán Gutiérrez apareció de repente por el este; nuestra superioridad numérica era tal que no podía arriesgarme a disparar otra bala de cañón.  Mientras observaba desde la loma, con mis hombres reunidos a mi lado para admirar la fascinante escena, el casco emplumado de Schlessinger irrumpió por la puerta norte, ondeando tímidamente en retirada, perseguido por docenas de sus compañeros en plena desbandada, y muchos más hombres semidesnudos y desarmados corriendo tras ellos.  Al alcanzar su retaguardia, observé a través de mis prismáticos a un hombre ridículo y magnificado, vestido solo con sandalias, que se metía a toda prisa entre la maleza, con las delgadas y blancas nalgas de su trasero aleteando en una retirada ignominiosa. Desde el interior de la fortaleza, las detonaciones y las descargas continuaron durante no más de cinco minutos antes de que todo quedara en silencio, dejándome saborear mi aturdida euforia.  En apenas un cuarto de hora habíamos restregado la nariz de la horda sucia en su propio excremento y la habíamos mandado de vuelta, como un coyote escurridizo, a través de la tierra inhóspita de donde había venido.

Eladio se encontraba dentro de la casona, en penumbra.  Sostenía su rifle recuperado —que aún no se había acordado de recargar— y se unió a una falange de compañeros que, a punta de bayoneta, acorralaron a los prisioneros en un rincón donde los obligaron a arrodillarse.  El general Mora interrogó a los hombres, de ojos muy abiertos y sucios, algunos vestidos solo con ropa interior.  Respondieron rápida y verazmente a todas sus preguntas.  Su fuerza había contado con 300 hombres.  Una reserva de 2000 permanecía acuartelada en Rivas. Su misión había sido saquear Sapoá y luego, sitiar Liberia para esperar refuerzos con los que, finalmente, avanzarían sobre Puntarenas y, desde allí, cerrar el cerco sobre el Valle Central. Un prisionero vomitó, seguramente por el miedo, y el olor a mierda se extendió por el espacio abarrotado.  Los prisioneros se alejaron del hombre tanto como les permitieron las bayonetas, y Eladio sonrió ante la desnudez de su miedo, que olía en el aire, un hedor acre y fétido que competía con el olor de los excrementos líquidos por la nota aromática predominante.  Mora ordenó a Salazar que sacara a los prisioneros y los fusilara, todos menos uno, a quien perdonó y envió corriendo a reunirse con sus compañeros para contar la historia. Se envió a un mensajero para informar de la noticia al general Cañas y convocar al ejército principal para la marcha conjunta hacia Rivas.

Los buitres no tardaron en darse cuenta del festín. Unos irregulares, con aire festivo, ahuyentaron a las aves de los cuerpos de nuestros caídos mientras Marco pedía a Eladio que le echara una mano. Entre los dos, transportaron en dos carretas con bueyes los cadáveres hasta un cementerio situado a cincuenta metros del perímetro.  Cada uno de nuestros caídos fue enterrado en su propia tumba de un metro y medio de profundidad; el padre Francisco Calvo rezó brevemente por cada uno de ellos mientras los tamborileros tocaban el toque fúnebre de rigor y nuestras tropas se quitaban las gorras para contemplar con solemnidad la ceremonia.  Abandonados a su suerte con el enemigo, los buitres se burlaron de los caídos, y a primera hora de la tarde, cuando los dos amigos encargaron a los equipos de Job y Hito y Meng y Macho la tarea de retirar los cadáveres enemigos esparcidos dentro del corral y los ejecutados contra el muro, los ojos de los muertos hinchados ya habían sido arrancados hacía tiempo, y muchas cavidades corporales habían sido devastadas por los animales asquerosos, a los que algunos de nuestro contingente se referían ahora como nuestra –retaguardia aviar.–  Los muertos del enemigo fueron apilados en una fosa común, arrojados sin ningún orden ni respeto —salvo por una breve visita y unas palabras del padre Calvo— y, cuando la tarea se completó al caer la tarde, con la tierra ya casi toda echada por encima, el general Mora, decepcionado por los escasos sacos de arroz y frijoles de la despensa ante su batallón hambriento, destinó dos de los bueyes a la olla y al ahumadero.  También había charqui y provisiones que los asaltantes habían traído, pero el general reservó este tesoro para la marcha del día siguiente.  Bajo la mirada fulminante de Montes, defendí ante el coronel Salazar a sus queridos Job y Hito como esenciales para nuestro asalto a Rivas, ya que transportaban mis armas, y esa noche, Montes se retiró al pastizal para susurrar palabras de aliento y luego dormir al aire libre junto a los animales condenados, mientras el resto de nosotros comíamos a Meng y Macho con gran celebracion y deleite.

Por la tarde se nos unió la fuerza expedicionaria que había permanecido en Liberia, y al acercarnos a la frontera tras dos días de marcha nos dividimos en tres contingentes, con el estómago pegado a la espalda por la angustia del hambre. Una columna partió hacia La Virgen para protegerse de un asalto filibustero desde Granada por agua en el gran lago de los volcanes, una segunda para defender la costa en San Juan del Sur de un hipotético asalto marítimo desde León.  El resto de nosotros marchamos bajo el mando de Mora y ocupamos Rivas, que la fuerza filibustera había abandonado de manera sorprendente, y donde fuimos recibidos por los habitantes del pueblo como libertadores. Sin embargo, muchos lugareños lucían ceños fruncidos que sospechábamos que albergaban una conspiración, tal vez traición alojada en sus corazones. No obstante, pronto se hizo evidente que el manto de miedo que se cernía sobre el pueblo no se debía a las hostilidades, sino a una enfermedad que se estaba propagando.  Se había cobrado unas pocas vidas a lo largo del año anterior, pero ahora se había extendido para instalarse como una verdadera plaga entre los habitantes de Rivas, atacando a su población con total indiferencia hacia el género, la clase social, la nacionalidad y la afiliación política. 

EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES

–No es nada,– dijo Cristina Montes, bajando la mirada y abanicándose.

–Nunca es nada,– replicó Jorge Montealegre Espinoza, cruzando las piernas al otro lado, libre para admirar el escote de su vestido cuando ella bajó la vista para concederle permiso para hacerlo. –Hablando,– repitió el gran modismo tico, –nos entendemos.–

–El cerebro femenino no puede comprender todas las complejidades,– objetó ella.

–Por favor, señorita Montes, no sea tímida.–

–Es solo que, con el presidente y su hermano general en suelo extranjero y seguramente a punto de ser asesinados, parecería un momento oportuno para que su augusto padre avive las lealtades en la capital. Ya sabe,– dijo ella. –Para plantar las semillas de una cosecha venidera. –

Coque odiaba su apodo, que le había puesto una hermanita pequeña que todavia no lobraba pronunciar –Jorge. – Era sobrino político del presidente de la República y comandante del Ejército, e hijo del cirujano más destacado de Costa Rica; su padre era un político de vanguardia, más a la izquierda incluso que los tíos de Coque, famosos por su liberalismo.   Al acercarse su 29cumpleaños, ya era un lugar común en casa que había llegado el momento de que se casara como es debido. Los arreglos para iniciar el cortejo eran una intromisión semanal en su vida, y él soportaba con buen humor el desfile de vírgenes de las mejores familias, rechazándolas con delicadeza, pero con firmeza cuando era necesario con las más agresivas, y con las casamenteras, que en la mayoría de los casos eran las ambiciosas madres de las muchachas.  El grupo de bellezas se dividía principalmente entre las provincianas, tranquilas y tímidas, por un lado, y las doncellas urbanas, más seguras de sí mismas y matriarcales, por el otro, que parecían comprender más agudamente el poder del útero. Pocas, pero siempre divertidas, eran las realmente insistentes que se acercaban sigilosamente para poner a prueba los límites de lo decente.  Una de ellas era Cristina Montes Albízar, una candidata improbable procedente de los confines del universo conocido. Su padre, un caudillo moreno del oeste, era un pionero pistolero de la vieja escuela. Era ultraconservador, y su hija estaba allí para coquetear con el presunto vástago del ala ultraliberal, mostrando escote por pura forma y fingiendo inocencia.

 —Trato de mantenerme al margen de los asuntos del viejo —sonrió  Coque a su visitante. 

—Probablemente escribes poemas —dijo ella.

–Efectivamente, lo hago. –

–Yo prefiero vivirlos– dijo ella.

–Dejando de lado las intrigas palaciegas, ¿sabe tu padre que estás aquí?–

–Ay, Dios mío,– se rió ella. –Espero que no se lo comentes.–

–Estoy seguro de que tienes tu tapadera.–

–Clases de canto,– dijo ella con una amplia sonrisa.

–¿En qué puedo ayudarte?.–

–A veces, solo una chica puede hacer que otra chica se sienta como una verdadera chica,– respondió ella, borrando la sonrisa tonta de su rostro.

–Sigue.–

–Pero incluso las lecheras necesitan maridos.–

–¿De verdad?

–Sí. No tanto como las hadas necesitan esposas. Pero casi.–

–Cuéntame.–

–Las grandes familias Montes y Montealegre se equilibran sobre un punto de apoyo del que nuestras familias ni siquiera son conscientes. Tú y yo somos probablemente los arquitectos de un equilibrio cósmico que le espera a esta nación.  Si tú puedes reunir a los aduladores de tu padre en la capital mientras yo reúno a los del mio de Alajuela, Grecia y San Marcos, solo necesitamos un aliado de Cartago o Heredia para reunir al rebaño y llevarlo a pastar. – Ella sonrió con recato.

–A mí me huele a traición– contestó él.

–Quizás hayas perdido tu imaginación por culpa de tu poesía.–

–¿Cuál es tu cronograma?.–

–Unos cuantos años… Habrá un fervor patriótico y aclamaciones para nuestra fuerza victoriosa.–

–Es poco probable que los filibusteros prevalezcan,– convino él.

–Los moristas tendrán su momento de gloria; se lo merecen.–

–Nunca ha pasado nada parecido aquí,– le recordó él. –Muchos cantarán alabanzas durante mucho tiempo sobre cómo se está manejando la guerra.–

–Somos una nación joven,– suspiró ella. –Nos cansamos rápido de las cosas viejas, y después de la luna de miel vendrán las nubes. Siempre es así. Necesitaremos a un hombre como tu papá para que nos ayude a superar los baches que vienen.–

Coque se rió. –Papá es cirujano, no presidente.–

–Mi padre siempre prefirió que eligiera a un médico antes que a un abogado común.–

–Quizás sea a mi padre a quien deberías cortejar.–

–Bueno, habia escuchado que ya está casado.–

–También lo estaba Marco Antonio. Eso no disuadió a Cleopatra.–

Esto provocó una sonrisa en los labios carnosos de su deslumbrante suplicante.

–Te daré mi respuesta dentro de una semana,– el decidió, agarrandose de las manos para señalar el fin de la reunion.

EL PODER Y LA GLORIA

11 de abril de 1856                                                                                                                                 Rivas, Nicaragua

Teníamos tres días para prepararnos para el inminente asalto, y la tensión nos distraía de las escasas raciones de arroz y frijoles que se repartían con cautela dos veces al día. Coloqué los cañones para defender nuestra guarnición, pero accedí a la orden de última hora del general Mora de trasladar una de las piezas antes del amanecer a la calle para cubrir el acceso norte de la carretera principal.  Los filibusteros habían ocupado Rivas durante más de un año y conocían bien el terreno, mientras que nosotros éramos los forasteros.  Por lo tanto, no es de extrañar que su ataque viniera de una dirección inesperada. La desorganizada fuerza que habíamos enviado a Santa Rosa fue ahora reemplazada por un temible batallón bien armado que sembró el caos entre nuestras tropas al amanecer, al son de los disparos de rifle en las calles.  Teníamos el cañón bien posicionado para un asalto desde el norte, pero no tan ideal para el asalto que se produjo, desde el este.  Pero solo teníamos ese único cañón en posición, ya que Marco aún estaba colocando la pólvora y las balas en la carreta de la guarnición cuando estallaron las hostilidades.

El enemigo irrumpió en la catedral y tomó posiciones de francotirador en los campanarios, y superó las ligeras defensas de los edificios de la ciudad para colocar rifles con una superioridad posicional dominante. Nuestras tropas quedaron atrapadas en un fuego cruzado devastador que dejó a nuestros muertos esparcidos por las calles.  Entre los primeros en caer se encontraban cuatro de mis hombres que esperaban balas y pólvora, y a mí me dispararon en el hombro y tropecé hasta ponerme a cubierto y luego me ayudaron a atravesar las callejuelas para llegar tambaleándome a la guarnición y me acostaron en un jergón.  El hospital de campaña estaba supervisado por el doctor Karl Hoffman, de origen alemán.  Con el delantal cubierto de sangre, se afanaba con torniquetes y compresas, sierras y morfina, y ladraba órdenes en un español chapucero mientras cauterizaba y cosía, siseando palabras de aliento con su acento torturado en medio de los gemidos y lamentos de los heridos.

La batalla se prolongó toda la mañana: un ataque de los ticos repelido por el enemigo, seguido de un ataque del enemigo repelido por los ticos, mientras el número de cadáveres aumentaba en las calles y en la plaza.  Nuestra infantería no lograba acabar con los francotiradores del campanario, quienes se lo pasaban en grande eliminándonos uno a uno; nuestra única salvación era el tiempo que les llevaba a sus ayudantes recargar y preparar los rifles.  A pesar de que la munición y la energía para el cañón seguían bajo nuestro control —y sin ellas el arma abandonada era inútil—, el general Mora lanzó tres oleadas para recuperar el cañón que se encontraba en medio de la calle.  Al general le preocupaba claramente que pudieran tener munición propia y que nuestras fuerzas se vieran sometidas a una dura prueba si nuestro propio cañón se volvía contra nosotros, y esta apuesta estratégica costó muchísimas vidas.  Pero resultó que no tenían munición, y el cañón quedó a la vista de todos en la calle soleada, como queso en una trampa para ratones, y las escuadras enviadas a recuperarlo fueron diezmadas por el impenetrable fuego cruzado.  Al mediodía se había llegado a un punto empatado, con un centenar de nuestros hombres yaciendo muertos alrededor del cañón, y cientos más en las trincheras y dentro de los edificios.  Pero ahora que Mora conocía las ubicaciones y el número aproximado de las fuerzas de Walker, estaba claro que al final prevaleceríamos y que, por lo tanto, debíamos presionar aún más para ponerle fin.  Después de que el tercer asalto para recuperar el cañón fuera repelido, se convocó a un voluntario para una misión suicida y corrió al patio del Mesón bajo nuestro fuego de cobertura con una antorcha encendida, solo para ser abatido a tiros.  Un segundo soldado se apresuró sin que se le pidiera a ocupar su lugar, pero la antorcha que recogió del suelo para lanzarla al o rozó el borde del techo y cayó antes de prender fuego a la paja, y él también fue abatido por el fuego de un francotirador. Un tamborilero con apenas vello en la cara corrió hacia adelante para tomar dos haces más y se precipitó hacia el parque.  Le dispararon cuando lanzó la primera antorcha, y esta cayó corta, pero encontró fuerzas para lanzar la segunda, y esta se clavó en lo alto de la paja del Mesón y se mantuvo allí, y las llamas se elevaron, y le dispararon de nuevo mientras tropezaba hacia atrás en busca de refugio y murió en la calle.  El fuego enemigo desde las almenas circundantes comenzó a disminuir y las llamas rugieron en el cielo de la tarde.  Partes del techo comenzaron a derrumbarse hacia adentro, e intercambiamos disparos hasta el anochecer. Esa noche, los enemigos sobrevivientes rompieron filas por la parte trasera de la fortaleza para huir, y al amanecer irrumpimos en el Mesón para acuchillar a unos cuarenta o mas enemigos heridos que habían sido abandonados por sus compañeros, y finalmente pudimos caminar por las calles sin que se nos disparara ni una sola bala. 

TODO SE DESMORONA

Aquel día, el primero de nuestros soldados en enfermar comenzó a vomitar y fue trasladado al hospital, donde el doctor Hoffman lo examinó con aire sombrío y ordenó que se habilitara una sala de cuarentena antes de sedarme con cloroformo y prepararse para extraer la bala incrustada en mi hombro.  El hombre afectado murió al día siguiente y otros tres fueron enviados a la sala de cuarentena; y cuando los dos siguientes fallecieron, llegaron cuatro hombres más para llevarse las camillas de los evacuados.  Marco y Eladio retomaron su turno como fúnebres y recogieron a los muertos para llevarlos al cementerio. Sin embargo, tan pronto como se retiraban de las calles y casas donde habían caído los soldados muertos, los cuerpos de los civiles fallecidos por la peste aparecían por la noche en las calles, arrastrados y abandonados allí por los habitantes del pueblo.  A medida que la gravedad de la situación se hacía evidente, se modificaron las órdenes de entierro.  Hoffman identificó la enfermedad como cólera y explicó al alto mando que la misma enfermedad había matado a miles de combatientes en el conflicto de Crimea en los últimos dos años. Informó que el contagio se propagaba a partir de los cadáveres de los propios afectados y que el contacto con esos cuerpos conllevaba una certeza casi absoluta de infección.  Sin embargo, no deshacerse de los cuerpos de inmediato era igual de malo; el miasma de la putrefacción transportaba la enfermedad al aire dondequiera que yaciera sin enterrar  una víctima  de la peste.  Esta información explosiva no podía mantenerse en secreto, y los soldados se resistieron a cumplir las órdenes de recoger y deshacerse de los cadáveres.  Amenazados con la ejecución sumaria, se abandonó el cementerio y se cavaron fosas en las afueras de la ciudad para acelerar el proceso, y los cadáveres fueron llevados apresuradamente allí sin distinción entre enemigos y amigos, ni si la muerte se debía a heridas de guerra o a la peste.  El plan de marchar sobre Granada se frustró.  Llegaron informes de los exploradores principales que habían sido llamados de vuelta, según los cuales los cuerpos de los filibusteros fallecidos habían sido arrojados a pozos a lo largo de la carretera hacia el norte, una táctica de Walker —quien era médico— que recordaba batallas registradas en los anales de la antigüedad, cuando se supo por primera vez que las enfermedades oportunistas y la pestilencia se empleaban como arma de guerra.

En la sala de cuarentena se les daba a los enfermos un lugar para vomitar, defecar y esperar la muerte dignamente. Dos médicos nicaragüenses y un auxiliar asistían a Hoffman, con dos y luego tres fusileros retirados de las líneas para servir como internos hasta que enfermaban y tomaban su lugar junto a los moribundos.  Rápidamente aprendimos que, por temible que fuera, no era una sentencia de muerte segura, y algunos de los hombres sobrevivieron, muy pocos al principio, pero más tarde otros, y las conversaciones de la guarnición no se centraban en el enemigo filibustero y en lo que podría suceder a continuación, sino en las cosas que los sobrevivientes hacían de manera diferente y que les permitían sobrevivir, dando mucha importancia al consejo local de beber agua en abundancia, mientras que otros confiaban en la insistencia de Hoffman de que esta se elevaba en vapores de los cuerpos de los muertos.  Todos temíamos y aborrecíamos los cadáveres que quedaban en las calles, quizás menos que los nuevos que se acumulaban, y el miedo engendró más miedo, todos nosotros unidos en la singular convicción de que nosotros seríamos los siguientes en morir.

Sin embargo, para ser justos, a pesar de los horrores que supone para quienes aún no estamos infectados, para los moribundos y los fallecidos no es una muerte especialmente dolorosa; podría decirse que ni siquiera es una mala forma de morir, en lo que a causas de muerte se refiere. Se inicia con la repentina y angustiante sensación de que el cuerpo se rebela. A continuación, se experimenta una náusea que, en oleadas, se convierte en vómito.  A diferencia de lo que ocurre en los hombres sanos, cuando los vómitos profusos de una resaca vacían el estómago hasta el revestimiento de la bilis, el estómago de un hombre afectado nunca se vacía por completo, y uno continúa expulsando un líquido blanco y viscoso, similar en apariencia a un atol acuoso. A diferencia de la disentería común, con la que todos estábamos vagamente familiarizados, no hay dolor abdominal que presagie la diarrea que sigue poco después.  El líquido expulsado por el trasero no es muy diferente del que sale de la boca, viscoso y con un regusto agrio, solo que con un color y un olor distintos que delatan mejor su origen.  Después de un rato de vomitar por ambos extremos, estarás bien por un tiempo, demasiado exhausto para asearte, sin sentir demasiado dolor, salvo los calambres musculares que presagian la llegada de la muerte, y luego los vómitos se reanudan y, en tan solo cinco horas, un poco mas un poco menos, estás muerto. Pero hay poco dolor real y no se escuchan muchos gemidos, excepto entre los más teatrales y los menos resignados a su destino.  A veces se tarda un día entero en morir, a veces dos. Pero si sobrevives hasta el tercer día, las posibilidades de que te recuperes son casi iguales, aunque estés demasiado debilitado como para siquiera llevarte una taza a los labios, y mucho menos un mosquete al hombro.

Seguí delirando tras la extracción de la bala de mi hombro, pero al cabo de unos días la fiebre bajó y pude ponerme de pie y moverme, con el brazo derecho inmovilizado en un cabestrillo contra el pecho, y fue en ese momento cuando pude apreciar de primera mano la gravedad de nuestra situación.  La sala de cuarentena albergaba a cincuenta hombres y cada día llegaban otros veinte que o bien entraban enfermos o eran sacados muertos, y unos pocos salían curados por su propio pie, y fue una semana o más tarde, en un momento de descuido mientras Montes aprovechaba un par de horas de sueño, cuando uno de los bueyes fue descaradamente abatido a tiros por un soldado que se rebelaba contra el hambre constante.  Lo asignaron al escuadrón de fúnebres como castigo, pero esa noche todos nos dimos un festín con un poco de carne guisada.

–Mataron a Hito,– informó Eladio cuando me acerqué a los dos muchachos mientras seguían transportando cadáveres en una carreta jalada por el único buey que quedaba.

–El trabajo nunca volverá a ser el mismo,– señaló Marco. –¿Ves lo triste que está?–

Observé al animal, pero no pude distinguir nada diferente en él, mientras sentía que me invadía una oleada de náuseas y tuve que sentarme. Me dije a mí mismo que era un efecto residual del disparo, pero en menos de una hora comencé a vomitar y Silpancha me ayudó a tambalearme hasta la tienda de los enfermos para ocupar mi lugar junto a los moribundos.

***

Iba a ser su última carga del día, y Marco y Eladio caminaban junto al pesado Job y una carro con diez cadáveres a solo sesenta metros de la fosa más reciente, Marco ansioso por llevar a Job al pastizal y acampar a su lado para protegerlo, cuando el animal se detuvo en seco, bramó con fuerza y se derrumbó de rodillas para caer muerto.

—Ve a avisarles al comedor —le dijo Marco a Ladi en voz baja—. No se le puede negar la cena al regimiento.  Eladio se quedó paralizado por la conmoción mientras Marco desabrochaba los enganches del yugo del animal caído y desataba el carro.  En la quietud que siguió a la interrupción del movimiento, el olor del carro los envolvió, y Eladio retrocedió para dar media vuelta y trotar de regreso.  Marco y Eladio se sentaron y observaron cómo los hombres despiezaban rápidamente al animal caído, lanzando miradas nerviosas al carro para enviar a los porteadores de regreso al comedor con la carne a hombros.  En menos de dos horas, la oscuridad se disipó con la salida de la luna, y Eladio se quedó con su estoico compañero para brindarle consuelo ante esta última calamidad.

–No hay nada más que podamos hacer,– le dijo a Marco. –Nuestra misión ha terminado; regresemos al campamento.–

Tras media hora más, Marco se levantó por fin. –Ven,– dijo, y caminó de regreso hacia el carro y la mancha de sangre que había sido Job, un montón de vísceras zumbando de moscas azules, y contempló la escena a la luz de la luna, con su bastón clavado en el suelo.

–¿Qué estás haciendo, Marquitos?–

Marco Montes extendió el extremo de su bastón y golpeó suavemente el yugo tres veces para levantarlo del suelo, y Eladio retrocedió y se quedó mirando atónito mientras su amigo lo golpeaba una cuarta vez para poner gradualmente en movimiento las ruedas de radios, y el canto del carro se agitaba en la noche  iluminada por la luna. 

—Aún queda trabajo por hacer— dijo.  Marco caminó junto al macabro carro y su carga, que avanzaba lentamente por la noche, impulsada, aparentemente, por nada más que su voluntad.

—Es antinatural —exclamó Eladio, alejándose de la invocación diabólica. ¿En qué te has convertido, Marqui?–

—Ven —instó Marco—.  Estos cadáveres no se van a enterrar solos.

Pero Eladio rompió a llorar y huyó del lugar de regreso a la guarnición para desplomarse contra un muro de piedra y sollozar, rechazando las súplicas de sus compañeros para que explicara su angustia.

Aaaltooo,– dijo Marco, mientras la carreta retrocedía hasta el borde y los sepultureros se acercaban desde donde cavaban la tierra a la luz de las linternas de vela.

–Qué pena lo de Job,– dijo uno de los hombres. –Oye, ¿cómo trajiste el carro el resto del camino? ¿Lo arrastrasteis tú y Silpancha a cuestas?–

–¿Dónde está Ladi?– preguntó otro, agarrando los pies descalzos de un cadáver para arrastrarlo hasta el suelo mientras su compañero se acercaba para tomar los brazos y, entre los dos, lo balanceaban dos veces para impulsarlo más allá de las paredes que se derrumbaban hacia la boca del foso.

***

Eladio Silpancha fue traído en mi segundo día y colocado a mi lado. Al principio no lo reconocí, pues su cabello se había vuelto completamente blanco. Hacia el final, sin embargo, el delirio es traicionero, las percepciones poco confiables, así que no le di mucha importancia a sus cambios. De todos modos, adonde íbamos, nada importaba mucho.  Los más devotos entre nosotros seguían confiando en los últimos sacramentos que el sufrido padre Calvo impartía en sus rondas, alternando entre las fosas comunes y un rincón de la guarnición donde, a la luz de las velas, registraba meticulosamente los nombres y los datos de los muertos.  Yo, por mi parte, sentí una sensación de paz bajo las palabras lúgubres cuando me las administró, aunque yo seguía vivo. 

Bebí toda el agua que me trajeron y pude ingerir, aunque en parte parecía avivar mis náuseas. Pero para cuando trajeron a Silpancha, las oleadas se habían espaciado y esa noche, en medio de los sonidos y olores de la oscuridad, presentí que tal vez, después de todo, saldría adelante.  En los momentos más cercanos a su propia muerte al día siguiente, le hice beber agua a Silpancha y le murmuré palabras de aliento.  Para el cuarto día, por fin pude retener el caldo y unos trozos de pan, y detecté un destello de esperanza en los ojos de Eladio; caminé por el campamento asombrado ante cada nueva revelación de vida, con la muerte aún cerniéndose como una tempestad sobre todo, menos sobre mí.

Ante el colapso de la moral y la disciplina, nos dividieron en tres grupos: uno que nos incluía a mí, a Eladio Silpancha y a los enfermos y heridos incapaces de caminar para regresar por mar desde San Juan del Sur a Puntarenas; al resto de la fuerza en pie se le ordenó regresar en marcha.  Y el tercer grupo fue abandonado a su destino en Rivas.  El acuerdo de paz obtenido por Mora incluía la garantía de que los enfermos que quedaran atrás serían atendidos humanamente por la fuerza filibustera, y este acuerdo fue respetado por Walker, quien, después de todo, era médico.  Un número nada desdeñable de los abandonados a su suerte regresó por tierra en las semanas y meses siguientes, aunque muchos otros sucumbieron a sus heridas o a la peste y fueron enterrados a toda prisa lejos de casa.

Si se hubiera sabido más en aquel momento, la República podría haber evitado muchas de las diez mil muertes de civiles que siguieron a nuestro aclamado regreso a casa como héroes nacionales.  Aunque por entonces no lo sabíamos, nuestro grupo de heridos y enfermos que zarpó de San Juan del Sur el 29 de abril resultaría ser el vector más decisivo en la propagación del contagio por todo el Valle Central y, desde allí, a todos los rincones de Costa Rica.  En pocos días, todos habíamos sido trasladados a San José para recibir atención médica adicional y, por supuesto, el contagio se extendió como la pólvora en la capital y en todas partes.  Sin embargo, para los 500 soldados a los que se ordenó regresar por tierra bajo el mando de Salazar, la carga mental era prácticamente insuperable. Marcharon por tierras en las que dejaron la peste arraigada por dondequiera que pasaban, pero también llegaron para descubrir que la enfermedad tenía su propia fuerza de vanguardia para ablandar el terreno.  En resumen, el cólera rodeó a la columna por todos lados y se propagó entre sus filas.  Y, por supuesto, también cayeron en el camino, de modo que estos hombres, por muy rápido que marcharan alejándose de la plaga, simplemente la propagaban y vivían bajo su garra tentacular a lo largo de su calvario. Muy rápidamente, nuestras miserias se abatieron sobre toda nuestra nación y se cobraron sus víctimas en todos los estratos de nuestra sociedad, ricos y pobres, viejos y jóvenes, hombres y mujeres por igual.  Para agosto, una décima parte de nuestra población habría muerto a causa de la enfermedad que trajimos a casa en abril y mayo. Los únicos que se salvaron en cantidades notables fueron los bebés y los borrachos —que normalmente morían en mayor número que la población en su conjunto— y, debido a esta ironía, no fueron pocos en nuestra nación los que llegaron a cuestionar la sabiduría y la benevolencia de Dios.

Marco Montes no podía culpar a los hombres que en Liberia se separaron de la columna sin permiso para probar suerte en pequeños grupos o en solitario, y a lo largo de todo el camino de Rivas a Esparza los cuerpos de los caídos fueron devorados por los buitres que parecían converger desde todos los rincones de la nación para saciar su glotonería.  Marco hacía tiempo que se había dado cuenta de que, por la razón que fuera, era inmune a la enfermedad. En medio de las miradas vacías de los habitantes de Liberia y la confusión nerviosa de los líderes militares, inseguros ante las circunstancias de cómo responder adecuadamente a las deserciones masivas, Marco encontró su misión en el cuidado de los muertos.  Aconsejó sobre la profundidad de las fosas y las capas de tierra y cal con las que cubrirlas, pidió un carro y un tiro, se aseguró de que los animales requisados no estuvieran sobrecargados ni sometidos a un esfuerzo superior a su resistencia, y tranquilizó a los nerviosos ayudantes a quienes se les había asignado esa tarea.

–No se puede enfermar dos veces,– les dijo a los ancianos del pueblo. –Deben ser los sobrevivientes quienes se deshagan de los cuerpos.– 

En una semana, Liberia estaba manejando su calamidad tan bien como cabía esperar, y él caminó solo hasta Bagaces, donde prestó socorro a la ciudad afectada con su ejemplo, y de allí se trasladó a Cañas y luego al cruce de Juntas. Se desvió a Puntarenas y encontró el puerto en buen estado, gracias a las instrucciones de los veteranos de Rivas que habían pasado por allí semanas antes por mar.  Se detuvo en Esparza para ejercer su sombrío oficio. En todas partes lo acogieron, le dieron de comer y le concedieron un respeto y una admiración desproporcionados para su rango, ya que su reputación lo precedía a lo largo de su sombrío camino de regreso a casa. Pasó dos días en Guayaquil y continuó bajando desde el paso hacia su tierra natal.

LA CARRETA SIN BUEYES

15 de junio de 1856                                                                                                                                        Finca Montes

Marco Montes fue conducido desde el rellano hasta el vestíbulo y se le informó en voz baja del destino del Don.  Le dijeron que doña Magda se dirigía en ese momento a Alajuela para echar una mano mientras Toñito luchaba contra la enfermedad, y que su joven esposa, desconsolada por la muerte de su hija —la sobrina de Marco, Alejandra— e incapaz de manejar el hogar en ruinas.  Marco se arrodilló al escuchar la noticia y lo hicieron esperar mientras Cristina se preparaba para recibirlo. 

Ella no mostró sorpresa alguna al tomarle las manos en señal de saludo y abrazarlo. Lo besó en ambas mejillas y lo llevó al salón para que se sentara con ella, y pidió fresco de tamarindo para los dos.

—Ay, Marqui —dijo ella, con una lágrima resbalándole por la mejilla.

—¿Cuándo murió?

—El viernes pasado.

 —Lo siento, Cristina.

–Llegue muy tarde hacer las paces con él.–

—Te amaba profundamente, Marco.

–¿Estabas con él?–

–Hasta el final, cuando gritó tu nombre.–

–El período de incubación ya pasó,– calculó él. –Así que seguramente estás a salvo.–

 –Me voy a casar, Marco.–

–Es lo mejor,– le aseguró él. –Hablaré con Don Evaristo para asignarme una cama en el dormitorio.,–

Ella levantó la vista y miró a otro lado, delatando su nerviosismo. –Sufrió un derrame cerebral hace tres semanas y está postrado en cama.–  Al mirarlo sus ojos se banaban en lagrimas.  –Está incapacitado, seguro que morirá pronto.–

–Le profeso mi lealtad inquebrantable, matriarca.–

–Por lo que nos dijo Eladio, pensábamos que sin duda habías perecido.–

–¿Ladi logró regresar? –

–Muy cambiado, con el cabello tan blanco como la harina. Y con una esposa a cuestas.–

Finalmente se permitió sonreír. –Se niega a hablar de la guerra. Pero se anima cuando habla del restaurante que planea abrir en Alajuela para administrarlo junto a su ruborizada novia.–

–Tengo algo para ti,– recordó su hermanastro, y abrió su bolso de hombro, sacó un trozo de tela y lo desenrolló para mostrarle su contenido.

–Tu medalla,– dijo ella.

–Mi medalla, sí.–

–Solo me retrasé, Marco. Me vino la regla una semana después de que habláramos por última vez.–

–Es lo mejor– sonrió él. –Fui muy ingenuo.–  Lo dijo como si el tiempo transcurrido hubieran sido años en lugar de Semanas.  –Yo todavía era un niño.–

–Yo también,– dijo ella.

–¿Y ahora vas a encargarte de la granja?.–

Ella se encogió de hombros. –¿Y que importa si me encargue o no me encargue de la finca?–

***

Zurdo también había regresado a casa tras su destino en Puntarenas, donde se había vuelto sexualmente precoz gracias a sus visitas habituales al burdel durante su servicio militar, por lo demás sin nada destacable. Le preparó a Marco una codiciada habitación privada y, junto con el resto de vaqueros, intentó sin éxito aquella tarde, mientras tomaban café, sonsacarle a Marco historias sobre las batallas, la guerra y la peste.  Esa noche, Zurdo fue despertado por el sonido de una carreta descarriada que avanzaba cantando por el camino frente a la casa en la hora más oscura de la noche. Se dio la vuelta en la almohada para volver a dormir, pero a medida que el canto de la carreta se hacía más fuerte, ya no pudo reprimir su sentido del deber, se puso los pantalones, encendió una vela y salió al camino para ofrecer ayuda y socorro a cualquier alma desafortunada que se encontrara a esa hora intempestiva aún en la carretera y agotada.  Llegó a la caseta de la entrada y observó un carro que pasaba por su propia voluntad, lento y ruidoso, con un enorme zopilote posado en su tablero delantero como si evaluara el avance a través de las profundidades de la noche.  El repugnante animal se dio media Vuelta para mirarle con un ojo celeste y un ojo amarillento a los dos de Zurdo.  Dejó caer su lámpara de vela, sorprendido, y corrió de regreso al dormitorio gritando para despertar a los compañeros, y todos menos Marco salieron corriendo al rellano y luego bajaron a la carretera para ver por sí mismos. Para cuando se reunieron en la carretera, ya no quedaba nada que ver, aunque aún se podía oír el débil sonido de una carreta que se desvanecía en la distancia en dirección a Alajuela.

–¡Te lo digo, había un enorme zopilote posado en lo alto de la carreta, un zopilote con un ojo azul y el otro Amarillo, y el yugo flotaba en el aire, jalado por nada! ¡Por nada en absoluto!–

–¿Has vuelto a comer esas honguitos, Zurdo?,– bromeó uno de ellos frotándose los ojos. Todos se rieron, le dieron un puñetazo en el brazo y regresaron a sus camas.

–Es un presagio de maldad, te lo digo yo,– les gritó Zurdo.  Años más tarde, cuando su cabello se había vuelto más ralo y sus hijos ya tenían hijos propios, lo descartaría como un sueño, que había estado sonámbulo hasta el momento en que despertó a los muchachos y luego se despertó a la vida real, y de esta manera se convenció a sí mismo de la falsedad de lo que había parecido tan real en ese momento. 

***

Rechazada por Jorge Montealegre, Cristina Montes se había resignado, al fin y al cabo, a casarse con su joven dandy delgado y sus perspectivas nada desdeñables, pero Villareal cayó enfermo la mañana siguiente al regreso de Marco, y antes de que ella pudiera llegar esa noche a Alajuela, su cuerpo ya había sido trasladado para ser enterrado.  Se decidió que Marco se encargaría de la finca, y Cristina representó su dolor con tal talento teatral que fue ampliamente admirada por el martirio con el que renunció públicamente al matrimonio para tomar los hábitos. Se mudó a Escazú, donde compró una finca en las afueras de la ciudad a la que se refería como el “Convento.” Se rodeó de una tropa de solteronas que, tras los altos muros del recinto, según los rumores de los habitantes del pueblo, invocaban al diablo con danzas desnudas y conjuros alrededor de hogueras durante alineaciones astronómicas favorables. Con la influencia de Tonio Montes evaporada por la muerte —aunque Evaristo Campos viviría otros diez años antes de fallecer escandalosamente a los 79 años en un burdel de San José—, la misión ferroviaria de Villareal fue saboteada por un rival —un compinche de Montealegre— con intereses financieros en Orotina y Caldera, quien presionó con éxito para que se trazara una ruta por el valle de Tárcoles en lugar de atravesar San Ramón y cruzar el paso de Guayaquil.  Por muy en conflicto que estuviera, el presidente José María Montealegre no tuvo más remedio que ordenar el fusilamiento de sus cuñados; estaba fuera de su control y más allá del alcance de la misericordia.  Les había concedido el exilio tras su primera derrota, pero difícilmente se le podía conceder una indulgencia similar cuando regresaron con una fuerza armada invasora. La justicia —la verdadera justicia— siempre fue poética. Era su naturaleza aristotélica.

La epidemia se prolongó durante dos meses sin dar tregua, pero, una vez que llegaron las lluvias invernales, desapareció de la región de la noche a la mañana. A los pocos días de mi llegada a San José, a principios de mayo, más de 100 personas al día morían a causa de la enfermedad  en todo el Valle Central.  En Cartago dudé si tal vez debería quedarme para ofrecer mis servicios como voluntario en alguna función civil. Pero no tenía conocimientos médicos y no tenía el temperamento necesario para trabajar con la pala. Con mis fuerzas recuperadas, regresé a mi tierra natal y descubrí que Vara de Roble se había librado hasta entonces de la visita de la peste.  Me casé con una mujer que había enviudado por un accidente en el molino unos meses antes de mi incorporación al ejército, adopté a sus hijos como si fueran míos y fui el orgullo de mi pequeño pueblo por mi servicio militar.  Mi padre me cedió una docena de manzanas que ya no podía administrar adecuadamente por su avanzada edad, en donde inicié una pequeña explotación lechera.  Cuando murió unos años más tarde, mis hermanos, que preferían la vida en el Valle Central, llegaron a acuerdos conmigo, y yo me encargué de la finca y les pagué modestas participaciones; en 1870 vendí el negocio a un joven inmigrante alemán, pagué a mis hermanos sus partes y compré una casa en El Guarco, donde los chicos terminaron la secundaria y donde, con comodidad económica, podría vivir mis últimos días en la felicidad de la jubilación y recibir a los futuros nietos en sus visitas de los domingos por la tarde para que saltaran en mis rodillas y los mimara con pasteles y dulces.

Fue unos años después de que los chicos se fueran de casa y se dedicaran a sus estudios universitarios para iniciar sus propias carreras cuando me invadió la nostalgia y, a instancias de mi esposa, partí en tren y en carruaje para volver a visitar los escenarios de mi carrera militar y, de esa manera, asimilar el significado de mi vida y disipar las inquietudes emocionales que habían surgido a lo largo de los años, pero que ahora, en mi jubilación, me acosaban con inquietante frecuencia.  Ochomogo estaba a media hora a caballo de mi casa, y mientras caminaba por el campo donde me había roto el tobillo, los recuerdos no me invadieron con ningún sentimiento nuevo y profundo. Más bien, era simplemente un lugar que reconocía de mi juventud y que había cambiado poco con el paso de los años. En cambio, eran las personas que vivían en sus alrededores, al igual que la mayoría de la ciudadanía de la propia nación, las que habían cambiado, de manera enorme e irreversible.  Tenía 68 años y me sentía como un ser de otra época atrapado en una nueva y confusa en la que las viejas reglas, las reglas reales, ya no se aplicaban y ya no eran reales.

18 de junio de 1876                                                                                                                                                     Alajuela

Aunque mi guerra terminó con la Primera Batalla de Rivas, la Campaña Nacional continuó, por supuesto, y acabó uniendo a todas las naciones centroamericanas para asegurar la derrota definitiva y culminante de William Walker. Fue ejecutado en Honduras en 1860.  Con la figura emblemática del movimiento alimentando el gusano y el movimiento secesionista estadounidense a punto de dar inicio a la Guerra Civil estadounidense, el movimiento filibustero desapareció de la tierra, sus aspiraciones esclavistas rechazadas con una firmeza y un carácter definitivo apropiados.  Los militantes filibusteros sobrevivientes regresaron a su país —en el caso de muchos de los norteamericanos— para luchar del lado de los secesionistas, o, como en el caso de la mayoría de los prusianos, los franceses y los cubanos tomaron esposas para establecerse como provincianos en el campo o en las capitales a lo largo y ancho del istmo para fundar empresas comerciales, dedicarse a la agricultura, entrar en la administración pública y emprender carreras similares que llenaron nuestra región con las semillas de una clase media inteligente y con aspiraciones.  Los más rudos e inquietos de la “horda desaliñada” se dedicaron al bandolerismo y, en su mayoría, emigraron hacia la caótica promesa de un México sin ley para ejercer su oficio y sucumbir en los años siguientes a los riesgos inherentes a esa particular línea de trabajo.  Aunque Vanderbilt y el Imperio Británico ampliaron sus fortunas a lo largo de la Ruta del Tránsito una vez derrotados los filibusteros, la colocación del Clavo de Oro en el Territorio de Utah y la finalización del Canal de Suez, ambas en 1869, marcaron el principio del fin de los años de gloria para Rivas, San Juan del Sur, La Virgen y otros topónimos a lo largo de la ruta comercial transoceánica.  Con los elogios mundiales recibidos por Suez y el vasto capital de los especuladores europeos bajo su ascendente dominio de la ingeniería, Francia mira ahora hacia el territorio colombiano de Panamá para replicar la hazaña con un nuevo canal interoceánico que probablemente relegue a la Ruta de Tránsito nicaragüense a una posición subordinada en los asuntos mundiales, un desarrollo que sin duda avivará el resentimiento y el mal humor de nuestro inquieto vecino.  Por mi parte, dudo que nuestras disputas fronterizas lleguen a resolverse definitivamente. 

En mi inquietud llegué hasta Puntarenas, pero me detuve por el camino en Alajuela, donde supe que Eladio Silpancha regentaba el mejor restaurante de la ciudad y atendía a los magnates del café y a la clase política con vinos importados, carne curada, salchichas ahumadas y manjares extravagantes como cordero con salsa de menta, ternera a la parmesana y filete Wellington.  Obsesionado por su desgarradora historia de cómo se le había vuelto el cabello blanco durante nuestro viaje de San Juan a Puntarenas hacía tantos años, lo busqué para ponernos al día, intrigado por saber cómo le habían tratado los años a mi viejo amigo y compañero héroe de la Campaña Nacional.

Silpancha se había engordado mucho a sus 41 años, sus mechones ondulados de cabello engominado eran tan blancos como un cráneo blanqueado por el sol, y lucía un bigote de manillar del mismo tono.  Sacó a su esposa y a sus hijos adolescentes de la cocina y la recepción para presentármelos bajo mi sincera admiración y mis cumplidos; sus reverencias, sus saludos y la firmeza de sus apretones de manos daban testimonio de la solidez del ejemplo paterno de Silpancha.  Se pidió un cuarto de botella de ginebra Bombay y medio litro de agua tónica para una mesa al aire libre, y él me condujo a una terraza privada que dominaba el bullicioso atardecer del centro de Alajuela desde nuestra posición en voladizo.  Con los codos apoyados en manteles de damasco, nuestra camaradería iluminada cálidamente por una lámpara de aceite en el centro de la mesa, él y yo fumamos, bebimos y revivimos viejos tiempos mientras se orquestaba una cena interminable para celebrar nuestro reencuentro, cuya sinfonía era la letanía de platos unificados únicamente en un acorde mayor de derroche gastronómico.  Bebimos dos botellas de vino europeo, un fresco blanco de Renania con los platos preliminares y un Burdeos francés con el plato principal, todo ello rematado con unas cucharadas de viejo oporto tawny, y luego digestivos y puros.  Me alegró descubrir que el brillo de sus ojos solo se había vuelto más travieso y vivaz con el paso de los años y admiré las profundas arrugas de su rostro que delataban su carácter jovial, una cualidad que siempre agrada a hombres como yo, más taciturnos y menos sociables.

Me miró con curiosidad ausente cuando finalmente saqué a colación el tema de Marco Montes Albízar y analicé sus palabras para centrarme hábilmente, gracias a su perspicacia política, en todo lo que era elogioso y alejarme de los recuerdos controvertidos. 

–El volvió de la Guerra a una mina de oro,– sonrió Eladio mientras saboreábamos un Cointreau, con el regusto del Tournedos Rossini aún persistiendo agradablemente en mi paladar abrumado.  –¡Marco Montes es hoy más rico que Midas!–  Llamó la atención del maître, que llevaba una corbata de moño, para pedir flan de coco y un espresso.  

–Su tata, quizá no lo sabías, poseía mil hectáreas o más y era el hombre más poderoso de la región. Bueno, don Tonio no era el padre biológico de Marco, pero aun así lo crió.  El viejo murió de la peste poco antes del regreso de Marco. Esto habría sido un mes completo, tal vez seis semanas después de que tú y yo desembarcáramos en Puntarenas.  Verás,– frunció el ceño ante el recuerdo ahora lejano y el fuerte impacto que los acontecimientos habían tenido en la región en ese momento, –el hermano mayor de Marco murió poco después, y sus hermanos menores no estaban hechos para el trabajo y preferían futuros profesionales y urbanos.  Había una hermana que habría sido la sucesora más cualificada del Don, una belleza astuta con considerables habilidades sociales y muy inteligente, pero lo dejó todo cuando murió su prometido de la peste para retirarse a una vida de reclusión en Escazú, y aparte de algunos rumores a lo largo de los años, no se ha sabido nada de ella desde entonces.  En resumen, Marco se quedó con todo.  Ya no  es Finca Montes —Eladio giró el dedo en el aire para mover las cejas—, sino Montes Enterprises. Se casó con una Figueres y tiene tres hijos; el mayor ahora estudia medicina en Londres.  Tú no eres de por aquí, así que quizá no conozcas a los Figueres.–

–Una familia catalana,– respondí. –En ascenso político por estos lares.–

–Sí,– se rió Eladio. –Políticamente activos y poderosos. Uno de los hijos y un yerno son incluso diputados en la Asamblea Nacional.–

–No veo a Marco muy a menudo,– aclaró Eladio, frunciendo el ceño.  –Es muy serio y casi nunca sale de la finca.  Sigue criando y entrenando bueyes y se encarga de las operaciones de transporte hacia y desde Sarapiquí y Puntarenas. Pero también empezó a criar caballos poco después de hacerse cargo del negocio, y hoy en día tiene las mejores líneas de doma clásica de toda la zona.  Amplió la pequeña explotación lechera que su padre había puesto en marcha a medias allá por los años cuarenta, y ahora tiene acaparado el mercado local de quesos.  Vaya, la crema para nuestro café, la mantequilla, la natilla:  todo es de Montes Enterprises.  Por si eso no fuera suficiente,– continuó Silpancha con la letanía de elogios saliendo de su boca, –importó dos parejas reproductoras de búfalos del Cabo hace quince años y ahora tiene toda una línea de búfalos castrados que suministra a las operaciones madereras que se extienden hacia el sur a lo largo de la costa desde Orotina. Y, por supuesto, se rumorea que también tiene participación en esos aserraderos y en la cadena de suministro.

—Tengo entendido—dijo Eladio sacudiendo la cabeza con admiración a regañadientes, que recientemente se metió en una operación de fabricación de muebles allí y lleva ese producto al mercado con sus bueyes, y que fue fundamental en el encargo que hizo el país a ese gringo, Keith, para supervisar el ferrocarril del Atlántico que está en marcha.–

–Hay algo que debo preguntarte,– dije cuando una pausa interrumpió nuestra conversación. La mayoría de los comensales se habían marchado y solo quedaban unos pocos grupos de hombres bien vestidos dispersos por el comedor, fumando pipa junto a copas de licor y con el vapor del café elevándose de la porcelana pintada con alegres motivos.

–Nunca lo discutí con él después,– Silpancha bajó la vista y se puso serio, sabiendo lo que yo estaba a punto de abordar. –Y, por supuesto, él tampoco lo mencionó nunca.–

–Es una creencia muy extendida,– señalé, –que la aparición suele presentarse a altas horas de la noche para presagiar la muerte de avaros y libertinos envejecidos. He oído que los sonidos de la carreta sin bueyes animan las horas más oscuras de la noche desde Puriscal hasta Goicoechea.–  Levanté las cejas. —Desde Turrialba hasta Puntarenas.–

—Son solo leyendas populares,– dijo Silpancha sin suficiente desdén. —Ya sabes cómo es la gente del campo.

—Pero las historias se parecen mucho a la que nos contaste en el barco.

–Mire,– se rió entre dientes, pasándose los dedos por su espesa cabellera blanca. –Seguramente estaba delirando por la peste e imaginé todo lo que vi y luego relaté. Fue una alucinación, capitán Marín, una visión. ¡Tenía que serlo!  Y si soy el origen de una pequeña leyenda rural que se ha extendido por toda la tierra,– se rió entre dientes, con el humor bailando en sus ojos, –entonces supongo que es mi modesto turno de inmortalidad.–

Lo miré y levanté las manos en una pregunta tácita.

–No,– se negó rotundamente. –Nunca hablaré con él sobre ese día.–

persistentes sobre tus recuerdos de ese día.–

–Sí,– asintió Eladio. –Pero, por otra parte, podría confirmar mis peores temores.– Me miró con gran seriedad.

–Es un riesgo que no estoy dispuesto enfrentar.–