Bajo el Dosel

Beneath the Canopy

PARTE I

Cañaza                                                                        Sábado                                                                                         1630

No tenía por qué ser así.

Danilo Araya volvía de cerrar un negocio de poca monta en el aserradero, pero se detuvo en seco al ver el Montero negro en la entrada de su casa.  Sin otra opción que enfrentarse a los perros, giró el carro y se detuvo en el patio, rodeando el vehículo que lo esperaba. Respiró hondo un par de veces, se arrimó el retrovisor, se alisó el cuello de la camisa y esbozó una sonrisa. Exhaló y salió del carro, poniéndole un brinco en su paso.

 —Caballeros. —

 Los dos hombres se levantaron de la mesa para estrecharle la mano.  No le devolvieron la sonrisa. 

—Cariño —le guiñó un ojo—, ¿por qué no te pasas un tirito a doblarle la oreja a Lucinda? —

Los intrusos se miraron entre sí. El chapito asintió y la fémina se marchó.

—Oy, tengo hasta el próximo viernes —señaló Danilo.  —¿Qué pasa—?

—Cambio de planes. —

—Bueno, ahora solo tengo millón y medio— dijo. —Contaba con un millón en los próximos días por un negocio de madera a finales de esta semana para completar la nota—.

El chapo lo estudió detenidamente. —Esto ha llegado a su límite, Chapín— dijo.

—Nuestro acuerdo era para el viernes; el último carajo y yo lo chocamos con Don Javier en conferencia. Un trato es un trato—.

—Veamos el billete—.

Abrió un archivador de su escritorio, sacó un sobre y lo tiró sobre la mesa. 

El chapo contó los ciento cincuenta billetes, dobló el fajo y se lo guardó en el bolsillo de la camisa.

—Tienes hasta el sábado de la semana que viene para pagar el saldo. Tres millones y medio—.

—Pero el acuerdo era de un mes completo para el pago final. Don Javier estaba de acuerdo—.

—El trato ha cambiado. Una semana a partir del sábado. Eso es tiempo que te vamos a conceder con esto—.

Se levantaron para marcharse. El grandulón se detuvo en la puerta y se volvió. —Este será nuestro último viaje por este asunto, de una forma u otra, Araya. ¿Entendido? —

—Sí—, dijo Danilo. —Lo tengo claro—.

San Miguel de Cañaza                                                     Domingo                                                                            1000

 —Los perros—, dijo Andrés. —¿Adónde se habrán metido? —

—Es la vecina, ahí delante—, dijo su padre. —Nos está tendiendo una trampa—.

—¿Por qué haría eso, papá? —.

—Supongo que para pegarme otra enjachada—.

—¿Por qué no se enfoca en sus propios asuntos, papá? —

—No es su estilo, supongo. Intenta salvar el mundo—.

Andrés se movió bajo su carga. El día les daba de lleno, pero el sotobosque yacía oscuro y fresco, incluso por la mañana, antes de que las nubes se acercaran para levantar la brisa y traer la lluvia.  Llevaba los dos tepezcuintles destripados colgando del rifle, uno del cañón y el otro de la culata, con el calibre 22 equilibrado sobre los hombros.  Su tata, que nunca desperdiciaba balas, había disparado dos veces y ahora cerraba la marcha mientras Andrés marcaba el ritmo, con los perros en algún lugar más adelante, fuera de la vista.  Hablaban con naturalidad, sin preocuparse por pasar desapercibidos de camino a casa, con las voces bajas por costumbre. Sus pies no distinguían entre ir y venir y atravesaban el suelo en silencio.

Sylván Montes nunca había estado seguro de su edad, pero decía tener setenta y dos años. Tenía doce hijos de cuatro esposas. La última —la madre de Andrés— murió hace diez años tras ser picada por una terciopelo en el retrete, y desde entonces él mismo había criado al chico.   Desde un punto estratégico desde el que observaba la hondonada que tenía debajo y la loma más allá en busca de señales, hizo un gesto para que guardaran silencio.  A mitad de camino, a la derecha, vio a uno de los sabuesos tumbado, incelular, y divisó a otro más a la derecha y luego a un tercero, tirado en el suelo, moviendo la cola. Supuso que el cuarto estaba detrás del árbol con la gringa.  Se la imaginó sentada con las piernas cruzadas, de espaldas al tronco, ocultándose de su vista, con Santos, de ojos cerrados, dejándose acariciar la cabeza en el regazo de la extranjera.  El anciano señaló por encima del hombro del muchacho para mostrarle dónde estaba ella tumbada.

—Apuesto a que se está quitando las garrapatas —susurró el anciano.

—¿Por qué no damos la vuelta por el hondo y subimos por aquel arroyo, Papi? Podemos acercarnos a ella por el otro lado, donde no nos espera.

—No, no nos va a hacer daño, mae, y además los perros nos delatarían de todas formas—.

—¿Nuestros propios perros?

—No están entrenados para el espionaje, hijo.  Solo los tengo para cazar y arrear ganado, ya que aquí arriba ya no hay nada que proteger ni vigilar—.

Al pie de la silla de montar, Sylván silbó a los sabuesos y esperó a que bajaran saltando por el sendero para rodearlo moviendo la cola, ansiosos por lo que fuera que viniera a continuación. El anciano les hizo caminar delante, pero a su ritmo.  La mujer salió de detrás de un manglillo y se plantó en el sendero, con los brazos cruzados, el ceño fruncido y un machete atado a la cintura, toda ella empeñada, al parecer, en dejar que su hombre se saliera con la suya. Los perros se apartaron para frotarse contra ella como gatos, moviendo la cola, y la miraron a ella y luego volvieron a mirar a su amo.

—Doña Karmela —sonrió ampliamente mientras el chico se hacía a un lado para que él tomara la delantera—. ¡Qué agradable sorpresa!  —Levantó las palmas de las manos hacia el cielo.  —Un día precioso, ¿no crees—?

—Estás cazando dentro de MI finca, Don Sylván. Ya hemos hablado de esto.   Su acento hacía que le costara entenderla, pero él ya se había acostumbrado.  No importaba mucho; ya sabía lo que ella iba a decir.

—No, no—, negó con la cabeza y sonrió. —Los cazamos al otro lado de la cresta, en la finca de Camilo, casi en el parque—.

—Esta es mi tierra—, señaló a su izquierda, —y estás cazando furtivamente.  Lo que llevas son tepezcuintles muertos. ¿Vas a venderlos? —.

Andrés levantó el lazo del barril y le tendió a la mujer el cadáver destripado, pero todavía con pellejo. —No le llaman a Papá Tepe por nada—, comentó. —Si quiere, puede quedarse con este de aquí por solo diez mil colones.  ¡Es la tercera parte de lo que pagarían en Pérez! —

—Ella no quiere un tepezcuintle— la reprendió don Sylván con brusquedad. —Ella es de las que no comen animales que contengan carne—.   Levantó las cejas en su dirección. —Solo pescado y pollos y cosas así, ¿verdad, doña Karmela? —

Ella puso los ojos en blanco.

Andrés miró a su padre y luego a la gringa, se encogió de hombros, volvió a amartillar el rifle y se lo volvió a colgar al hombro.

—Don Sylván— la mujer suavizó el tono y bajó los brazos cruzados para apoyar las manos en las caderas. —Estos animales están protegidos. Lo que está haciendo es ilegal.  Va a vaciar el bosque de vida.  ¿Es eso lo que quiere? —

La mirada del anciano se endureció al posarse en ella.

—Escucha bien, hija.  Esto —dijo señalando a su izquierda— es mi finca, mi terreno.  Ya te lo he dicho antes y te lo vuelvo a decir.  No necesito que venga una gringa sabelotodo a decirme lo que no puedo hacer en mi tierra, en mi país.  Vienes aquí con aires de superioridad para salvar el bosque que me vio nacer, y no lo entiendes, y no me entiendes a mí, y no entiendes a mi gente.  Vienes a decirnos que no podemos talar árboles para construir nuestras casas o para vender en el pueblo y comprar arroz y frijoles.  Nos dices que no podemos extraer oro de los ríos porque enturbiará el agua y dañará a los renacuajos, a los camarones y pececillos y a otras cosas sin importancia.  Me dices que no puedo alimentarme a mí mismo ni a mi hijo con este rifle. ¿Cómo quieres que me gane la jama?  ¿Llevar a los turistas de paseo, depender de su generosidad como esos jóvenes curtsi del pueblo? —

—Así que descargas tus penurias sobre…estas criaturas? —

 —¿Te gustaría que me quedara sentado en mi rancho muriéndome de hambre? —.

—Por supuesto que no; y tu bien lo sabes—. 

—¿Quizá debería ir a mendigar a las calles de Puerto Jiménez? ¿Ir a llorar ante mis hijos adultos, que tienen sus propias dificultades, para que me acojan o me envíen dinero? ¿Buscar una residencia de ancianos en Villa Neilly o San Vito para que me acojan? ¿Qué quieres de mí? —

—¿Y si todo el mundo saliera a matar a los tepezcuintles, los saínos, pizotes y dantas, cuánto tiempo crees que pasaría antes de que no quedara ninguno vivo? —

—Pero no todo el mundo los mata—, respondió Tepe con sensatez. —Y hay muchos, muchos animales en el bosque. De hecho, ya no quedan suficientes tigres para controlar a los chanchos de monte, así que últimamente nos invaden—. Hizo una pausa para concluir.

—Deberías pensar en mí como un tipo diferente de jaguar, eso es todo—.

—Tonterías, este bosque no está invadido por nada más que cazadores furtivos, mineros y taladores ilegales, y tú no eres ningún tigre, viejo; eres un cazador furtivo—.

—No paras de hablar de ese grupo conservacionista que va a venir a comprarnos la finca a mí y a los vecinos— le recordó él.  —Somos cinco propietarios, 650 hectáreas, listos para ustedes y sus supuestos compradores.  He hecho lo que me pediste, pero nadie viene con dinero, todo son palabras, y mientras tanto yo todos los días tengo que comer—.

—Ya conoces las condiciones. Mira, el viernes me enteré de que la solicitud de ACOSA fue aprobada; solo es cuestión de que el papeleo se ponga al día con la decisión, un par de semanas. Y mi título de propiedad saldrá en cualquier momento. No son palabras; es un trato seguro una vez que esas dos cosas estén listas. Nunca te mentiría, y menos a ti—.

—Si es un trato seguro, entonces un depósito de, digamos, diez millones, sería una señal justa de buena fe—, señaló Montes. —Le has dado hasta ahora cincuenta millones a ese Danilo Araya por la antigua casa de Manuel Sánchez. ¿Qué son unos pocos diez millones para mí? —

—Si los tuviera, lo haría—.

—Don Manuel vivió aquí con la señora a la par mía durante sesenta años, igual que yo sigo aca ahora.  Eso es medio siglo, señorita.  Cazábamos juntos años antes de que usted fuera un deseo en las entrañas de su padre, el Viejo Manuel y yo.   Y también nos asociamos en unas cuantas concesiones de oro a lo largo de los años, y construimos nuestros ranchos con la madera de nuestras propias tierras.  Deme solo diez millones, y yo también le dejaré que me deba el resto—. Dejó que el silencio se prolongara un momento.  —Pero hasta que lo haga, por favor, no me dé lecciones sobre la caza—.

—Vender la carne sustenta un mercado, Tepe, y la glotonería de Pérez por sí sola acabará con este bosque.  Tú no quieres eso; sé que no lo quieres.  Pero eso es lo que estás provocando.  ¡Cómete tú mismo a estos animales; no los vendas!  El mundo ha cambiado, don Sylván, y tú debes cambiar con él—.

—Vamos, chico.  No tiene sentido hablar cuando nadie escucha—.  Siguió adelante y, como la mujer no se apartaba para dejarlo pasar por el sendero, la rodeó.

—Iré al MINAET—, le gritó ella desde la colina mientras se alejaba. —Presentaré una denuncia contra ti—.

—Ya has estado en el MINAET—, respondió sin volverse. —Que vuelvan y me den un sermón. Presenta tus denuncias. No me importa.  Que me arresten si quieren.   No me voy a ir a ninguna parte.  Si quieres detenerme, vuelve a casa, saca esa pistola con la que has amenazado a otros y ven a dispararme.   Los saínos te alabarán, doña Karmela.  Te adorarán, su salvadora—.

Lo vio alejarse por el sendero de la cresta y se quedó de pie mientras el silencio la envolvía, con un pie en su propia finca y el otro en la de él, para observar con ira su retirada.  Cuando él se volvió hacia ella tras unos cincuenta pasos, ella estaba segura de que lo había provocado.  Su armadura podía abollarse.  Solo tenía que seguir insistiendo. Eso y cerrar el trato de Green Leaf y enviarlo a Pérez para que hiciera rebotar a sus bisnietos en sus rodillas, como a él le gustaba decir, y comiera pastel dominical en una casa de concreto con un servicio interno y todo.

 —Que tenga un buen día, doña Carmelita. Venga a la casa algún día a tomar un café. Tengo una milpa a punto de cosechar y le prepararé una buena chorreada dulce. O.…si le gusta algo más fuerte, tengo un poco de aguardiente escondido bajo las tablas del piso. Por usted, lo sacaré y brindaremos juntos por la salud del bosque—.

Cañaza                                                                              Domingo                                                                                 1800

Las cebollas y el chile dulce y ajo chisporrotearon furiosamente al ser arrojados en el aceite de palma, y Maribel Sánchez de Araya se estremeció al mirar por encima del hombro hacia su marido, sintiendo una punzada de dolor; con una mano removió la sartén y con la otra sacó una bolsa de arroz de la albacea.  Al igual que con todas sus otras iniciativas, ella veía con recelo este negocio de la madera.  Se había casado con un hombre guapo, bien vestido y de labia fácil, y ahora tenía cuatro hijos con él —y sumando— pero había renunciado a su sueño de que él se convirtiera en un líder comunitario respetable con un trabajo decente como gerente de Palma Tica o dirigiendo una pequeña pulpería, unas cabinas, un par de taxis o cualquier otro tipo de trabajo honorable con un sueldo fijo y un horario regular.  En cambio, eran esas historias por el celular con hombres desconocidos, los acreedores siempre acechándolos, las miradas sospechosas de los vecinos.  De vez en cuando había un poco de dinero para saldar la cuenta de la pulpería y ponerse al día con los servicios públicos, lo que les daba un día o dos de paz; rara vez un domingo en la playa con los niños, o un baile el sábado por la noche con los niños en casa de su madre, hasta que él desaparecía en la gallera para volver a casa sucio, sudoroso, con cara de perro y malhumorado.  El dolor en el abdomen se reavivó mientras echaba agua al arroz y las verduras salteadas. Ninguno de los antiácidos y demás que le habían dado en la clínica parecía surtir efecto. 

—Don Fernando —le dijo su marido con voz melosa por el celular— se preocupa demasiado. Ya le dije que está todo ahí…sí, señor, doce mil pulgadas, apilado en la ladera de la montaña en San Miguel. Son estas lluvias, Don Fernando.  Con el río crecido no podemos llevarlo al aserradero.  Justo ayer se nos atascó una retroexcavadora, don Fernando, una retroexcavadora…bueno, claro que tenemos un tractor… bueno, no sé por qué diría que no le han pagado, pues justo ayer… tranquilo, tranquilo… cálmate.  En fin, ese es mi negocio… sí, incluso con un tractor o una retroexcavadora o una yunta de bueyes o una maldita Caterpillar D-8 serviría de poco con el Rincón desbordado…esto es un caso de fuerza mayor, don Fernando—.

Danilo Araya suspiró y miró a su mujer con una sonrisa sin gracia. Las cosas que tenía que aguantar para ganarse unos pocos rojos. —No, no, señor, Dios no lo quiera, desde luego que no podemos trasladarlo a la orilla del río y esperar. Esta madera, lo sabe usted muy bien, señor, no tiene toda la documentación “al día.”  Solo hay que tener paciencia.  No podemos moverla ni un centímetro hasta que podamos llevarla de un solo hasta el aserradero—.

Alejó el teléfono de la oreja y utilizó a su mujer como audiencia para mover la cabeza de un lado a otro, burlándose de la voz entrecortada que escupía enfadadas interferencias desde el celular al aire de la cocina.  Maribel volvió a la cocina para hacer una mueca en privado ante una nueva punzada de dolor. El agua que le hinchaba los ojos provenía de un dolor, sin embargo, muy diferente del dolor físico que exacerbaba.

—Ah, lo entiendo, don Fernando, y le aseguro que se trata de cortesa de la mejor calidad; y por mil seiscientos por pulgada, es prácticamente un regalo. Ya sabe que en Pérez se vende a dos mil quinientos, claro que lo sabe…sí, señor, por supuesto, usted hizo un depósito de tres millones y medio, no se preocupe. Pero, don Fernando, no olvide que se trata de madera ‘especial;’ así que no me hable de demandas o no podré responder ni por la madera ni por el dinero…Don Fernando, no hay por qué preocuparse demasiado por esto; solo es por las lluvias.  En un par de días bajará el río y trasladaremos su madera hasta el aserradero, y una vez allí, tenemos un permiso para legalizarla, y la tendrá aserrada y cepillada al milímetro y entregada en su obra en dos días, tres como mucho. —   Puso los ojos en blanco y le guiñó un ojo mientras su mujer se volvía para suplicarle con la mirada y le acercaba el teléfono a la oreja.  —Oye, no te oigo, Don Fernando, estoy aquí arriba en el bosque, sobre Cañaza, y la cobertura parece que…se corta la línea.  Te llamaré a primera hora de la mañana.  —Pulsó un botón del teléfono y luego lo apagó por completo y se frotó las manos enérgicamente.

—Dani —dijo ella con dulzura mientras el arroz empezaba a hervir a sus espaldas y la sartén se calentaba sobre el fuego—. Cariño, no puedo seguir así; esto no es vida, amor. Tenemos bebés, niños pequeños en preescolar y primaria, y hay uniformes y libros, y tu madre no podrá valerse por sí misma mucho más tiempo, y míranos. —

—¿Qué te pasa, mami? —

No me importaría mucho cómo me mirara la gente por la calle si al menos tuviera un vestido decente y los niños zapatos nuevos, o si tuviéramos una lavadora y no tuviera los dedos en carne viva de tanto frotar en la pila de atrás.  Quiero comer camarón o lomito de vez en cuando y no esto—.  Separó las finas tajadas de bistec unas de otras, y estas se separaron a regañadientes, con hilos de mucosidad pegajosa que volvían a adherirse a las cortinas de carne separadas antes de que ella las colocara sobre la tabla de picar y se apartara de él para empezar a machacarlas con una piedra del río que su propia madre había usado antes de que ella naciera para ablandar la carne y moler el maíz.

—Ay, Mamita Mimi, mi amor— dijo él mientras se levantaba para abrazarla por detrás. Le rodeó la cintura con los brazos, le besó el cuello y se frotó contra su trasero.  —La forma en que manejas esa piedra y cortas esas cebollas me transporta, mi reina, quizá deberíamos meternos en la habitación mientras los niños están fuera jugando y sacarte todas esas locuras de la cabeza. Apaga la cocina, mi amor, solo nos llevará un minuto—.

Ella se zafó de él y se giró furiosa hacia él, con la piedra en una mano y el cuchillo en la otra. —Sácate eso— le ordenó. —¡Ahora mismo! — 

Él sonrió, se retiró a su asiento y le guiñó un ojo.  —Juegas muy duro— dijo.  —Sírveme una taza de café, ¿por qué no, cariño? —

Dejó la taza sobre la mesa con un chapoteo. —¡Endúlzalo con esa paja que se te sale por la boca, ¿por qué no, cariño? —

Se miraron fijamente, incelulares en sus posturas, con el aceite brincando inocentemente desde la sartén, y Danilo apretó un poco los párpados para llenarse los ojos de lágrimas.

 —Cariño —dijo en voz baja. —¿Qué pasa, amor? —preguntó con dulzura.

Ella lo miró con ira.

—¿Te está dando otra vez la gastritis, cariño? —

Ella ladeó la cabeza. 

—No soporto que tengas que aguantar eso. ¡Tengo que llevarte ya mismo a un especialista en San José! —

Echó las cebollas sobre la carne chisporroteante y se dio la vuelta, soltando la puñal sobre la tabla.

—¿Con qué dinero, Dani, cariño? Míranos, tú no trabajas y yo tengo a los niños que me dejan exhausto todo el día, viviendo aquí. En esta choza…—

—Cariño, esto es una casa de concreto. No es una choza de madera en la montaña. No es un rancho. Esto no es un chante—. 

—Dani, es una casita diminuta y sofocante, cariño—.

—Tiene agua de pila y luz del ICE—.

—Somos seis. ¿Un solo baño? Por favor, papi—.

—¿Y qué quieres decir con que no trabajo? Ahora mismo estoy trabajando, Mimi, ¿qué quieres de mí?  ¿Que trabaje por un salario por días, o por hora?  Soy un hombre de negocios, no un peón.  Tengo cerebro, y tengo la ropa que necesita un hombre de negocios, un carro, lo básico para hacer negocios.  Se necesita dinero para hacer dinero.  Es flujo de caja, Mimi.  ¿Qué, quieres que vaya a trabajar de peón en el supermercado que van construyendo?   Podría hacerlo, ya sabes.  ¿O que le pida a Álvaro que me contrate como reponedor en el almacén o de vendedor en La Costa?  Podría hacerlo.  Y ganar quince mil míseros rojos al día, como mucho, no más de medio millón al mes. Este trato con Don Fernando nos reportará dos millones netos por dos semanas en las que no tendré más que hacer que unas llamadas y servir de intermediario—.

—Haciendo llamadas para contar mentiras— refunfuñó ella. —¡E intermediándose para meter en el bolsillo dinero ajeno! —

—Todo se gasta igual, nena, ¿qué te pasa? —

—¡Cincuenta millones de colones! — chilló ella. —Mi herencia. La finca de mis padres.  Cincuenta millones de colones. Y lo has malgastado todo en dos añitos—.

Danilo bajó la mirada y esbozó una expresión de sobrio arrepentimiento. —Las inversiones no siempre salen bien— dijo.  

—¿Cual inversión? — empezó a llorar ella. —¿Llamas inversión a las drogas? —

—Mira— la interrumpió él —si ese trato hubiera salido bien, tendríamos un par de cientos de millones y estaríamos en camino de tener la vida solucionada; valió la pena el riesgo—.

—Pero eran maras, Dani—, sollozó ella. —Es un milagro que no te mataran.  Y luego ese asunto de locos con el oro y todos esos delincuentes en Cerro de Oro…lo echaste todo por la borda y para nada—.

—No es mi culpa que el viejo cabrón tuviera un infarto y muriera mientras dormía.  Además, cariño, esa concesión ahora genera diez millones al mes—.

—¡Para sus hijos! —chilló—. ¡Y pagado con mi herencia! —Dio una patada al suelo y se retorció de dolor al sentir un pinchazo en el abdomen.

—No podía saber que iba a caer muerto, cariño. Fue mala suerte, eso es todo—.

—Podrías haber redactado un contrato, todo legal, y protegido la inversión.  Te dije que fueras a ver a Pecas y le pidieras que redactara un documento. Te lo dije—.

—Ya no hay nada que hacer. Fue mala suerte, eso es todo—.

—Y ahora esta charla de pedir dinero prestado para comprar lanchas de pesca deportiva… ¿qué sabes tú de pesca deportiva, Danilo? —

—Mira, nadie sabe nada hasta que hace algo. Hay mucho dinero en el pez vela y el marlín. Estos gringos pagan mucha plata—.

—¡Y todo el dinero que has tirado a la basura apostando, Dani, malgastando el bienestar de nuestros hijos en esos asquerosos animales! ¿Y quiénes eran esos dos hombres de ayer? ¿Qué querían? Parecían gánsteres—.

—¡Basta! — gritó él.

Ella dio un respingo ante el arrebato y colocó la carne en una bandeja, y se detuvo cuando las lágrimas brotaron de sus ojos y se cubrieron de llanto silencioso. Cuando él la rodeó por detrás esta vez, fue tierno y acorraló palomas para atarlas con cintas a su lengua.

—Eres mi reina, cariño, y lo arreglaré todo para ti.  Te compraré la Torre Eiffel, mi amorcito— le susurró al oído. —Y te llevaré a visitar la Estatua de la Libertad en Washington. Te haré engordar con camarón yumbo, ceviche de caracol y cochinillo al pibil, mi pequeña cotinga.  Todo el mundo se girará cuando camines por la calle y deseará estar en tu lugar—.

—Ay, Danilo… No necesito todo eso; solo quiero tener una vida decente y ser respetable ante nuestros vecinos—.

—Mira— la hizo girarse y abrió mucho los ojos antes de besarle la frente y ambas mejillas, y luego cada párpado sucesivamente. La miró de nuevo y le rozó los labios suavemente con los suyos. —Doña Karmela todavía tiene un saldo de veinticinco millones que vencerá en solo seis meses. Te juro que no lo tocaré para nada que suponga un riesgo. Serán tus ahorros—.

Ella lo miró, contuvo los sollozos y sintió que el dolor de su abdomen se disipaba en un pozo reticente de esperanza, dependencia y un remolino en su vientre, un hambre vacilante que se atrevía a exhalar.

—Te lo juro, ¿vale, Mimi? —

—Vale, Dani— esbozó una tímida sonrisa y lo besó con los labios pasivos, con las extremidades flácidas. —Te creo—.

—Y además de eso—…ladeó la cabeza y la miró a los ojos; —creo que sé cómo sacarle otros veinticinco millones de encima…algo en lo que he estado trabajando—.

—Esos gringos, todos son tan ricos— le recordó ella. —Y el terreno vale mucho más que el precio que negociaron en ese entonces. Eso fue hace dos años—.

—Y los tiempos han cambiado— asintió él.

—Y los intereses.  Pagar a plazos durante tres años es lo mismo que un préstamo, y en un préstamo hay que pagar intereses—.

—Miguel Arce cobra un cinco por ciento al mes— dijo él.

—¿No le has pedido dinero prestado a don Miguel? — dijo ella, levantando la vista, horrorizada.

—Oh, no— mintió él, riéndose entre dientes. —Ni mucho menos; nunca pediría dinero prestado en esas condiciones. Solo decía que tienes razón, que se gana mucho dinero con los préstamos, sobre todo cuando se trata de un extranjero, precisamente—.

—Me tuviste asustada por el momento, papi—, sonrió ella, bajando la vista, pensando en su madre, que en paz descanse, y en lo sorprendida que se habría quedado al ver con qué libertad Mimi le hablaba a su marido, cuestionando a veces sus decisiones, metiéndose en la planificación de las finanzas, entrometiéndose en asuntos de hombres en los que no tenía nada que hacer.

—Cariño, ve a llamar a los niños— dijo la doña, sonriendo débilmente. —La cena está lista—.

San Miguel de Cañaza                                                 Lunes                                                         Madrugada y Alba

El amanecer llegaba al bosque en etapas que Karmel Greene vivía cada noche para marcar su despertar.  Antes de que comenzara, en la oscuridad de la noche más allá del suave repiqueteo de la lluvia, con la fragancia de las orquídeas llenando el aire, los animales se movían para buscar alimento, en su mayoría depredadores.  Hacia las tres y media de la madrugada, todo quedó en silencio, e incluso cesaron los solitarios chirridos de las ranas.  Los animales regresaron a sus madrigueras.  Las orquídeas plegaron sus pétalos cubiertos de rocío para formar bolitas a prueba del venidero sol.  Los anfibios se acurrucaron contra algo húmedo y frío, los cielos se aquietaron y el silencio fue la primera flor de la mañana en florecer.  Era en esta etapa de la mañana cuando Karmel soñaba con mayor intensidad, sueños que más tarde intentaba recordar mientras tomaba café en el corredor y esperaba a que el sol se asomara por encima de los picos escarpados de las montañas lejanas. 

La parte más profunda, más oscura y más silenciosa de la noche, la primera etapa de su mañana, se veía interrumpida a diario por un único gorjeo de aquel pájaro que ella imaginaba que se llevaba el gusano, un gorjeo que al principio se elevaba en un trino vacilante desde el pequeño claro que rodeaba su cabaña y progresaba hacia una serie de chirridos más seguros que, en el imaginario aleteo de sus alas, estallaban en lo que finalmente no podía llamarse otra cosa que canto.  Se despertaba con el clarín de la primera voz solitaria que resonaba en una oscuridad aún no traspasada por el día que se avecinaba y volvía a caer inmediatamente en un sueño fecundo. 

La tercera fase de la mañana la inauguraban los monos aulladores, que se despertaban tipo cuatro y media. Si estaban lejos, solo los rugidos graves llegaban a sus sueños superficiales para impulsarla a atravesar los últimos retazos de la noche.  Pero si por casualidad anidaban en uno de los árboles cerca del borde del claro, entonces se despertaba con el suave chasquido de sus cuerdas vocales que precedía a sus monstruosos aullidos, sonidos extraños que había que estar muy cerca de ellos para oír realmente.  Para ella eran los sonidos de esqueletos bailando de rodillas mientras golpeaban sus costillas como marimbas con sus propias tibias.  Pero aquella mañana en particular la manada más cercana andaba lejos, y ella dejó que sus aullidos se fundieran bruscamente con sus sueños sin llegar a sacarla del estanque en el que su respiración superficial subía y bajaba.  Le gustaba recordar a sus amigas que el rol de los monos congo en la vida era anunciar al mundo que era hora de despertarse y hacer el amor.  Pero desde que Samuel se había marchado —o desde que ella había conseguido ahuyentarlo— intentó, sin mucho éxito, desmentir esa asociación.  Tras unos diez minutos de coro de congos, un leve rubor empujó la tinta del horizonte para acariciar el cinturón de la noche, y Karmel se despertó para tumbarse de la cama y planificar su día.  Se levantó para preparar café y se puso una bata de seda que le quedaba de los días de vino y rosas para observar cómo se disipaba la oscuridad y descendía el día.

Contemplaba el paisaje desde la mecedora colgante del corredor que Samuel había construido bajo la copa de un bosque primigenio que se extendía por la montaña. Más allá de los tonos azules y verdes en penumbra de un bosque que despertaba, la llanura aluvial se extendía suavemente en un verde amarillento penumbroso hacia la costa. Había ganaderías, arrozales, plantaciones de aceite de palma, bosquecillos de bosque secundario y pequeñas casas de las que se elevaban finos hilos de humo de leña procedentes de los hogares, dispersas por toda la tierra.  La llanura se veía interrumpida por el sinuoso entramado de ríos que se abrían paso hacia el golfo. Desde su corredor podía ver el Barrigones al norte y el Sábalo al sur. Sus trazos serpenteantes quedaban grabados en el lienzo peninsular por los bosquetes de bosque primario que aún quedaban, ahora autopistas por las que los monos descendían por la mañana para alimentarse de los árboles frutales de las llanuras.  Pero más al norte y al sur se encontraban los ríos Tigre, Agujas, Conte, Terrones y Rincón, ricos en oro, ríos indómitos sin puentes hasta 1991. El golfo estaba en calma y negro, el continente al otro lado del agua envuelto en nubes. La orilla cercana estaba bordeada de manglares que se densificaban hasta formar pantanos en los estuarios que se graduaban del agua a la tierra.  Más allá del golfo, las montañas costeras se alzaban verticalmente desde el mar como acantilados de un verde intenso. Más allá de sus cimas, una segunda hilera de montañas más altas en la distancia presentaba un tono de verde más claro, y más allá de estas se extendía una cordillera de color lavanda, visible solo en días claros como el de hoy: eran las montañas de Talamanca, la primera línea de defensa contra el sol naciente.  Esta espina dorsal de Centroamérica, estaba segura, debía de ser tan salvaje y virgen como el interior de Osa a sus espaldas —incluso más— y le gustaba imaginarse a sí misma encaramada en el pico más alto que pudiera ver por allí.  Estaba segura de que en un día tan despejado como hoy podría ver desde ese promontorio tanto el Caribe al este como el Pacífico al oeste.  Un día, le gustaba imaginar, un día encontraría ese pico y acamparía allí noche tras noche hasta un amanecer como el de hoy que le permitiera contemplar ambos océanos.  Al hacer su aparición, por fin, como una lanza llameante lanzada desde su horizonte favorito, el sol borró de la tierra que se alzaba los grises brumosos, los azules crepusculares y los verdes turbios para dejar cada color trascendente y elevar los contornos de la tierra en una rejilla tridimensional. Con la aparición del sol, una brisa se levantó de las tierras bajas y barrió la ladera de la montaña, levantándole el flequillo y el ánimo, y dejándole una sonrisa en el rostro.

—Buenos días, Doña Karmel—. Su equipo, formado por cuatro campesinas, llegó a pie por el camino de tierra, con manchas de barro en las laderas de sus botas de hule.  Las saludó por su nombre mientras se dirigían al taller de la parte trasera para empezar la jornada.  Se sirvió otra taza de café antes de dar una vuelta por la parte de atrás para echar un vistazo al inicio de otro día de producción de chocolate.  Hoy estaban pelando los cuarenta y cinco kilos de semillas de cacao que habían tostado ayer, tras la cosecha del primer día y el despulpado del segundo.  Una vez que las chicas se pusieron manos a la obra con la rutina, ella volvió para cortar cebollas y pimientos para el gallo pinto y preparar el desayuno que compartían a las ocho todos los días.

No era culpa suya que estuvieran entrenados para cazar, y los perros del viejo Montes solían visitarla a esa hora de la mañana cuando él no los tenía en el bosque. A diferencia de lo que ocurría en su verdadero hogar, ella los animaba a subir a la baranda y sentarse en el sofá, y los cuatro estaban tumbados, moviendo las colitas cuando se oyó el sonido de un motor y levantaron sus cabezas en esa dirección.  Estaba trabajando en el diseño de un folleto de mercadeo para su línea de chocolates boutique y esperaba a Bárbara, pero el son no era de un cuadriciclo, así que se quitó los lentes de aumento y frunció el ceño mientras repasaba mentalmente su inventario para identificar a qué motor correspondía.  Decidió al caerle la peseta no retirar su pistola.  Él no era una amenaza y no estaría bien sacarla solo para dejar las cosas claras.  Los sabuesos comenzaron a gruñir.

Cuando el Samurai de Araya dobló la curva y entró en el claro, los perros salieron en tropel del patio, con las orejas echadas hacia atrás, para rodear el carrito y gruñir.  Se permitió esbozar una sonrisa cuando se subió la ventanilla del lado del conductor y Danilo apagó el motor y se quedó mirándola desde el interior del vehículo, acorralado por los perros.  Levantó las palmas de las manos hacia ella.

Ella lo miró durante un buen rato y llamó a los perros para que se retiraran.  Se calmaron y se retiraron al corredor para reunirse a su alrededor, sentarse y observar al visitante.

—¿Qué pasa, Chapín? —le gritó mientras el conductor ponía un pie con cautela en el suelo.  Salió vacilante del carro y se acercó con cuidado, dejando la puerta abierta. —Seguro no le tienes miedo a unos cuantos perritos, Chapín, ¿o sí? —

—Son los perros de Montes, ¿verdad? —preguntó él, imponiéndole un tono amistoso a su voz.

—Se quedan con él la mayor parte del tiempo —admitió ella—. Me gusta pensar que se pertenecen a sí mismos, como todos los seres vivos.

—¿Y el ganado? — preguntó él. —¿El ganado se pertenece a sí mismo? —

—¿Qué quieres, Chapín? ¿A qué debo este dudoso honor?  ¿Qué haces en mi finca? —

—Vine a saludar— sonrió. —Quizá comprar un poco de chocolate para llevárselo a Mimi a casa y darle una sorpresa—.

—Eso lo puedes conseguir en cualquier tienda del pueblo; aquí solo vendo al por mayor. Ya lo sabes—.

—He oído que estás cerrando un gran negocio inmobiliario—

Ella no hizo ningún ademán de levantarse de la silla, y los perros observaban al visitante con atención, mientras él permanecía donde estaba, apoyado en el trompo de su carro, midiendo las distancias.

 —No se puede confiar siempre en lo que se oye— respondió ella. —Ya sabes cómo son los rumores—.

—Sí, señora, doña Karmela— respondió él, sonriendo. —Sé cómo son. Aun así, los rumores, por muy exagerados que sean, suelen tener siempre algo de verdad. Quizá podamos unir nuestras mentes en esto; dos son mejor que uno, se suele decir—.

—No, gracias; un trato inmobiliario contigo en una vida me basta. ¿Qué quieres, Chapín? ¿Para que soy yo buena? — 

Danilo soltó una risita. Se quitó su sombrerito y esbozó una sonrisa aún más amplia. —Bueno, ya que hablamos de eso; en realidad, por eso estoy aquí, tenemos que hablar de nuestro acuerdo—. Ladeó la cabeza, preparándose para afrontar esta difícil tarea. 

—¿Qué pasa con él? —

—Tenemos que renegociar un poco los términos. Ha habido algunos cambios en las circunstancias—.

—¿De qué estás hablando? —

—Ese saldo que vence. Necesito al menos una cuarta parte ahora mismo —o tan pronto como puedas conseguirlo, a más tardar la semana que viene; Mimi y yo tenemos algunas cuentas que saldar—.

—Salado vos. El pagaré vence en diciembre, y ahí es cuando recibirás tu dinero—.

—Bueno, creo que a todos nos conviene discutir esto de forma amistosa…—

—No hay nada que discutir—.

—Bueno, si no puedes reunir al menos cinco millones ahora, podemos acordar duplicar el pago final. Puedo darte otros seis meses para liquidarlo—.

—¿Qué? —

—Así, mi mujer y yo podremos pedir un préstamo para cubrir nuestras necesidades inmediatas sin tener que molestarte más—.

—¿Estás fumando piedra, Chapín? ¿Por qué haría yo eso? —

—Bueno, si no colaboras conmigo en esto, tendremos que poner la finca como garantía del préstamo. Y si hacemos eso, el banco tendrá un derecho de retención, así que, cuando llegue diciembre, no podremos cedértela, al menos no sin cargas.—

—Aguántese un toque—.

—No me gustaría que algo así se interpusiera en tu compra de la finca. Claro que, si te retienes el pago final en diciembre porque el título está comprometido, eso sería un incumplimiento…—   Chapín se encogió de hombros para que ella hiciera los cálculos.

Karmel lo miró fijamente.

—Y tú tienes cincuenta millones invertidos en ello y seguramente no querrás arriesgar tu capital, todo por no estar dispuesta a resolver este pequeño problema ahora—.

—Quiero que te largues de mi propiedad ahora mismo—.

El tono de su voz hizo que la jauría de perros gruñera, con las orejas echadas hacia atrás, y Araya dio un paso atrás.

—Doña Karme, no hay necesidad de ponerse hostil por esto. No es gran cosa, unos pocos millones de colones para sacarnos del apuro, un gesto de buena fe. Y esta no es su tierra. Todavía no lo es. Aún no has terminado de pagarla—.

—Fuera— le gruñó ella, haciendo que Chapín diera un respingo y los perros salieran disparados hacia el patio.

Él se refugió en su carrito, ella llamó a los perros para que se alejaran de él y él bajó la ventanilla hasta la mitad. 

—Quizá puse el primer pie mal— concedió él, esbozando una sonrisa forzada; —no era mi intención parecer insistente. No supone una gran diferencia para ti pagarnos una parte ahora. Seria menos que tendrá que pagar más adelante—.

—Un trato es un trato—.

—Involucrar al banco va a complicar las cosas. Y, por supuesto, sabes que mi sobrino tiene un buen puesto allí, como agente de préstamos y todo eso; ya me ha asegurado que pueden arreglarlo. Es probable que complique el cierre si no me dejas otra opción. Realmente preferiría que todo fuera limpio y sencillo. Solo necesito cinco milloncillos—.

—Dile a tu mujer que, si te vuelvo a pillar en mi propiedad, te dispararé—.

Chapín negó con la cabeza lentamente antes de arrancar el motor.

Cuando el ruido del motor se desvaneció, ella reunió a los perros a su alrededor y les dio cariño.  Como si le hubieran dado una señal, ellos miraron hacia el bosque, en dirección a la casa de Sylván, y luego la miraron a ella.  —Vayan, entonces—, les dijo.  —Vuélvanse a casa; papá se está preguntando dónde se habrán metido—.

Saltaron de la baranda y se pusieron en marcha aullando a través del claro y adentrándose en el bosque.

Banco Civil, Puerto Jimenez                                                           Lunes                                                                 0930

Pocas cosas, y menos aún personas, podían empañar el buen humor con el que Diego Bonamérito acudía cada día al trabajo, junto con su traje de negocios.  Su tío Danilo era una de esas cosas y una de esas personas.  Cuando levantó la vista del paquete de solicitud de préstamo y vio a su tío entre las dos puertas corredizas de seguridad de la entrada del banco, supo que Tío no venía para consultar su saldo.  Sus miradas se cruzaron, y Diego tragó saliva, esbozó una sonrisa y fue a recibirlo.

Diego había empezado tras terminar su licenciatura en contabilidad en Paso Canoas. Pasó seis meses formándose en San José y Puerto Jiménez y trabajó dos años como cajero. Superó al compañero con el que se había formado y llegó al puesto de supervisor de cajeros cuando su predecesor fue despedido por algo, y trabajó un año en ese puesto ingrato. Solicitó un traslado a Plataforma y la oportunidad de volver a trabajar directamente con los clientes.  Los jefes coincidieron en que sus habilidades interpersonales superaban con creces su apreciada atención al detalle, por lo que le concedieron el traslado. Le gustaba atender a clientes comerciales, sobre todo por la variedad, y al cabo de un año no estaba preparado para su siguiente paso, pero se dejó llevar de nuevo a Chepe para formarse, esta vez en tarjetas de crédito. Trabajó como responsable de enlace de tarjetas de crédito comerciales durante otros dos años y le habría encantado seguir en ese puesto.  Pero su carácter alegre, su atención al detalle y su popularidad entre sus subordinados, superiores y compañeros por igual no habían pasado desapercibidos para nadie, y menos aún para el director regional de la Zona Sur, quien lo volvió a llamar a San José para recibir más formación, esta vez en préstamos, y lo citó en esa ocasión en su oficina del decimoquinto piso para explicarle las grandes expectativas que todos tenían puestas en el joven Diego.  La confianza en sí mismo no le era ajena, y se desempeñó admirablemente y con una modestia que reafirmó la perspicacia que el director regional se atribuía a sí mismo en materia de recursos humanos.  Diego sabía ahora que debía asumir cada nuevo trabajo con una sonrisa y cortesía, que todos eran temporales y que lo estaban preparando para llegar a lo más alto. Le estaban puliendo los detalles, y a pocos meses de cumplir los treinta, esperaba que lo nombraran director de sucursal en algún lugar antes de cumplir los treinta y cinco, con una ventaja de entre cinco y diez años sobre la media.  Ni siquiera tendría que esforzarse demasiado para llegar hasta allí; lo único que tenía que hacer era mantenerse firme y presentarse a tiempo bien arreglado, lucir la sonrisa que le salía de forma natural y seguir haciendo su trabajo, fuera cual fuera. 

Las cosas siempre le habían salido bien a Diego. Era deferente con quienes no les iba tan bien como a él y sociable con los que estaban en mejor situación. Acababa de pagar en efectivo un bonito terreno de media hectárea a las afueras de la ciudad y tenía un Daihatsu Terios de reciente modelo al que solo le quedaban ocho cuotas por pagar.  En menos de un año tendría el dinero para construir una casita. Tenía juventud, salud, inteligencia y buen aspecto. Había quedado segundo en la maratón de Lapa Ríos del año pasado y estaba vinculado románticamente con una extranjera surfa que vivía en Matapalo.  Su apodo era Galán.

—Hola, tío Danilo—, sonrió. —¡Ven, ven, déjame enseñarte mi nueva oficina! —.

Su visita entró con cautela, trayendo consigo un desagradable hedor a humo de cigarro. Se quitó el sombrero para contemplar con admiración las mamparas de cristal con sus bordes esmerilados y los documentos enmarcados que colgaban de la pared del fondo. Títulos. Certificados de logros.  Una fotografía de Diego estrechando la mano del expresidente de la República.  El escritorio era de aglomerado con laminado imitación madera.  Una estantería contra una pared tenía una fila de carpetas ordenadas en el estante inferior, con los títulos impresos en los lomos.  Sobre ellas descansaban un pisapapeles de vidrio soplado y un espécimen mineral.  Un monitor de pantalla plana le daba la espalda a un lado de su escritorio, y dos carpetas de manila estaban apiladas ordenadamente en el otro.  Diego cerró la carpeta abierta y la colocó sobre la pila.  Junto al monitor había un marco con bisagras.  Danilo le dio la vuelta:  su santa madre a la izquierda y una mujer rubia de generosas formas, con feroces ojos azules y cejas pobladas, que miraba desde el lado izquierdo de la baratija plegable.  

—¿Es tu novia? ¿La gringa?

—Sí, señor. Se llama Bárbara Salazar. Pero no se deje engañar por el apellido. Lo único latino que tiene es su impuntualidad.

Se rieron y Danilo volvió a colocar el marco en su sitio. La placa con el nombre, situada en el borde exterior del escritorio, tenía un texto en blanco en negrita grabado en plástico con vetas de madera simuladas a juego con las del escritorio, sujeta en un soporte de latón brillante. Decía: 

DIEGO BONAMERITO ARAYA
Préstamos Comerciales

—Debes de estar haciendo algo bien por aquí, Galán. Esta es la oficina más bonita del edificio—.

—Oh, no, tío— sonrió. —Detrás hay otras más bonitas.  Créeme. ¿Cómo está la tía Mimi, tío? ¿Y mis primitos? He oído que Danilo Junior se está convirtiendo en todo un pequeño delantero—.

—Mimi sigue luchando contra su gastritis, pero se mantiene fuerte, y los niños están genial, y sí, Lillo marca al menos un gol en cada partido.  Voy al grano, sobrino; eres un hombre ocupado—.

—Por supuesto. ¿En qué puedo ayudarte, tío? —

—Quizá no lo sepas—, comenzó Danilo, —pero ¿los gringos de ese gran complejo amurallado en Sándalo?  ¿Sabes a quiénes me refiero?  Pues bien, están vendiendo su negocio de pesca deportiva: dos barcos de pesca, el equipo, los amarres, el alquiler de la oficina, la sociedad, los permisos y las licencias, todo.  Con todo lo que hay dentro—.

—Me enteré de eso. También están vendiendo ese complejo. Y algunas propiedades que tienen en La Balsa. Se están desprendiendo de todo—.

—Bueno, no sé nada de sus propiedades inmobiliarias— sonrió su tío, —pero he analizado detenidamente su negocio de pesca deportiva, y solo los botes valen el doble de lo que piden por todo—.

—Setenta y cinco millones, ¿verdad? —

—Es el precio de venta.  Fuentes fiables dicen que aceptarán sesenta—.

Diego levantó la pierna y apoyó la pantorrilla en la esquina de su escritorio, mientras observaba el brillo de la piel de sus zapatos. Levantó la vista y apoyó la barbilla entre el pulgar y el índice, con el codo apoyado en el reposabrazos. El aire frío salía del conducto del aire acondicionado y jugaba con un mechón suelto de su cabello, que se levantaba y bajaba dentro de la estéril oficina.

—Tengo un socio que aporta treinta. Ahora solo me queda reunir mis treinta. Tenemos un capitán listo para fichar y un segundo que habla inglés. Ya he hablado con las agencias de la ciudad y con algunos hoteles y alojamientos. El plan de negocio es sólido—.

—¿Pesca deportiva, tío? —. Diego miró la carpeta que acababa de cerrar. Era una solicitud de préstamo de Reel Big Fish para una ampliación operativa.  Eran la mayor empresa de pesca deportiva de Centroamérica —justo aquí, en la pequeña Jiménez— y no habían obtenido beneficios desde que abrieron sus puertas hacía doce años. El hielo también era sólido, al menos hasta que se derritiera.

—Sabes que la tarifa diaria en alta mar es de mil dólares hoy en día. Con dos pangas y contando de forma conservadora solo la mitad del año como días de pesca, eso son ciento veinticinco millones, brutos, más del doble de lo que piden por todo el negocio—.

—Pero ¿y los gastos, tío? Combustible.  Permisos.  Mano de obra.  Seguros.  Es una cantidad considerable.  Mantenimiento.  Los botes requieren mucho mantenimiento, ya lo sabes—.

Danilo entrecerró los ojos, odiando la formalidad de lugares como este, donde incluso sus propios parientes se creían más sabios que él.  Forzó su húmedo labio superior en una especie de sonrisa. Bajo su tez cetrina, detrás de sus pómulos salientes, entre los pliegues de su corteza cerebral acechaba un perro encadenado y maltratado incapaz de huir, al que solo le quedaban las opciones de mover la cola o mostrar los dientes. 

—Sé lo suficiente de embarcaciones marítimas como para saber que necesitan mantenimiento, Galán; ya lo tenemos todo solucionado—.

—Bueno, si necesitas voluntarios cuando estés listo para empezar, yo pagaré la gasolina cuando estés listo para llevarme a pescar—.

—Así se habla. Lo recordaré. Pero primero tengo que conseguir esos treinta millones—.

Las carencias de su tío en materia de prudencia financiera eran un juego de manos dentro del entramado de chismes de los Bonamérito, y Diego supuso que el dinero de la venta de la parte de Mimi de la finca de sus difuntos abuelos, sobre la que circulaban libremente numerosos rumores en el pueblo, seguramente hacía tiempo que se había esfumado. 

—¿Has echado un buen vistazo a sus libros, tío? Una cosa es proyectar ingresos brutos basándose en tu optimista previsión del 50 % de días de trabajo. No creo que ningún proveedor de servicios de caza lo haga tan bien aquí. Pero, aun así, ¿qué hay de sus ingresos netos? ¿Cuánto genera realmente este negocio? —

—Sus libros no lo dicen todo, Galán. Hay gente que no tiene mucho olfato para los negocios. ¿Qué sabrán estas personas de hacer negocios aquí? Son de Florida—.

—Quizá, pero allí dirigían una empresa de pesca deportiva. Conocen el negocio—.

—Al parecer no, o no estarían echando a correr de vuelta a su Fort Lauderdale—.

—¿Y los ahorros, tío?  Me imagino que tienes inversiones que inmovilizan parte o la mayor parte de los cincuenta millones que has recaudado hasta ahora con la finca de tía Mimi, pero apuesto a que aún te queda una buena parte de eso reservada para algo como esto—.

—Lo que me queda de eso ya está comprometido, Galán. Necesito dinero fresco para este trato—.

—Hmm.  ¿Así que has venido a ver si se te pueda conceder un préstamo? —

—Qué suerte la mía que mi sobrino— señaló la placa con el nombre sobre el escritorio —sea el responsable de préstamos comerciales. Eso hace que mi solicitud de préstamo sea prácticamente una formalidad, ¿no? —

Ambos se rieron.

—Ya sabes, tío Danilo, que lo que se va a comprar no puede contabilizarse como garantía, ¿verdad? —

—¿A qué te refieres? —

—Bueno, si quieres comprar ese negocio, por ejemplo, no puedes poner los barcos como garantía—.

—¿No puedo? —

—Técnicamente, en cierto modo sí forman parte de tu garantía, ya que el banco se quedaría con ellos en caso de impago, pero para conceder un préstamo el banco exige una garantía que cubra ampliamente el préstamo en sí, mucho más allá de lo que se está comprando—.

—Mimi y yo estamos dispuestos a poner su finca como garantía para conseguir el dinero; solo necesito treinta millones, y esa finca fue tasada hace dos años por ese Johnny Morano en doscientos millones, así que probablemente hoy valga doscientos cincuenta o trescientos—.

—Pero tío. Se la vendiste a esa gringa, ¿verdad… a Karmel Greene? —

—Ah, pero eso es solo una opción. La escritura sigue a nombre de Mimi. Así que, técnicamente…—

—Pero la opción es un documento legalmente vinculante. Es un trato cerrado, ¿verdad, tío? —

—Bueno, si Doña Karmela no abona el pago final a tiempo, el terreno nos vuelve a pertenecer por completo—.

—Pero si lo hace, entonces la escritura se le transfiere a ella. Por completo. ¿Verdad? —

—Bueno, aun así, tenemos un valor neto en lo que queda por ejercer de su opción, así que todavía puedo usar el tercio restante que me debe como garantía. Y un tercio del valor de tasación sigue siendo unos ciento cincuenta millones—.

—Espera, espera, espera, estoy enredado—.

—Y ciento cincuenta millones es cinco veces lo que estoy pidiendo. Junto con los activos de la propia empresa, eso debería ser una garantía suficiente—.

—Vendiste la finca por setenta y cinco millones, tío, ¿verdad? Y has cobrado cincuenta millones hasta la fecha y solo te queda un único pago pendiente de veinticinco millones, ¿no? —.

—Bueno, en realidad me quedan cincuenta millones. Doña Karmela y yo estamos negociando el importe final del último pago—.

—Creía que el último pago no vencía hasta dentro de unos ocho meses—.

—Seis meses, en realidad, vence en diciembre—.

—¿Y ella ya ha pedido una prórroga? —

—No exactamente, no puedo entrar en detalles hasta que se cierre el trato—.

—Bueno… Supongo que no es descabellado utilizar tu capital restante como garantía parcial de un préstamo comercial. Pero si hacemos eso, aún tendrás que aportar más garantías, ya que veinticinco millones no cubren un préstamo de treinta millones, y para ello, naturalmente, tendremos que hacer que el pagaré venza antes de que venza su saldo—.

—Me resultaría difícil devolver treinta millones en seis meses—.

—Más los intereses—.

—¿Perdón? —

—Treinta millones más los intereses—.

—Sí, claro. Más los intereses. Difícil— se corrigió. —Pero no imposible—.

El noventa y ocho por ciento de las personas que cruzaban su puerta no tenían por qué solicitar ningún tipo de préstamo, y el otro dos por ciento —como la gente de Reel Big Fish— no necesitaba los préstamos, sino que simplemente les resultaban más cómodos que usar su propio dinero. El tío de Diego era el ejemplo perfecto del primer grupo demográfico, y aspiraba a sentarse a la mesa del segundo.

—Podemos intentarlo— dijo Diego frunciendo el ceño, entrelazando los dedos sobre el escritorio, —pero creo que nos costará que nos lo aprueben. Es un poco inestable—.

—¿Y si retraso el cierre un año más y consigo veinticinco millones más para el saldo? —.

—¿No sería mejor adquirir una opción sobre el negocio de la pesca deportiva y utilizar tu pago en efectivo de diciembre para cerrar el trato?  Así solo tendrías que aportar cinco millones por tu cuenta—.

—Pero es una ganga, Diego. No me darán una opción de seis meses cuando en cualquier momento puede aparecer alguien dispuesto a llevárselo por dinero en efectivo—.

—El banco podría aceptar si tuvieras veinticuatro meses para devolver el préstamo, cincuenta millones garantizados por contrato y si pusieras también tus dos hectáreas como garantía, algo así—.

—¿Te refieres a nuestra casa? —.

—Bueno, no tanto la casa en sí como el terreno, que es donde está el valor. Solo eso vale treinta millones—.

—Oh, más que eso— frunció el ceño su tío.

—Seguro que sí, perdón. No estoy tratando de venderlo por menos de lo que vale, no me malinterpretes—.

—Pero es nuestro hogar, Galán. Si algo saliera mal, nos quedaríamos en la calle—.

—También podrías garantizar solo una parte del préstamo si encuentras a alguien con un crédito sólido que garantice el resto… ¿tu nuevo socio, tal vez? —.

—Si estuviera pidiendo favores, para empezar, no estaría aquí, sobrino…—

Se quedaron sentados, inmóviles, a ambos lados del escritorio mientras el aire fresco les acariciaba el rostro, y se miraron durante varios segundos.

—A veces —dijo Diego con calma— tiene más sentido rechazar un trato si no se dispone del dinero necesario para llevarlo a cabo.

La constatación de que su sobrino no iba a ceder ante él se apoderó de Danilo Araya como la niebla en una pista de aterrizaje, y un telón se cerró a su alrededor. Su sobrino se había atrevido a darle lecciones sobre asuntos de negocios.  Diego Bonamérito, el orgullo de la familia, el señor servicial y considerado, en efecto acababa de mandarlo a freír espárragos.  Danilo debería haber resistido la tentación de venir aquí en primer lugar, aunque era una solución demasiado obvia como para dejarla pasar sin probar.  Se imaginó a Diego marchándose y riéndose a su costa, y odiaba esos ojos amables, esa sonrisa falsa, la naturalidad con la que colgaban los brazos y se entrelazaban los dedos.  Su propia familia —la familia política, al fin y al cabo, no de sangre— estaba sentada allí, toda mojigata, riéndose de él, vengativa, disfrutando del poder, saboreando la reprimenda.  Pequeño pendenciero.

—Bueno, supongo que llevaré mi propuesta a otra parte. Quería darte la oportunidad de ser el primero. Sé que te quedaría bien que el banco estuviera detrás de esto. Pero supongo que tendré que ir a reunirme con Don Miguel.

Diego esbozó una sonrisa forzada y frunció el ceño instintivamente. 

—Tú sabes más, tío — dijo lentamente. —Pero yo que tú tendría cuidado con Miguel Arce. —

—Ah, una cosa más—.

—¿Sí, tío? —

—Si te enteras de alguien que busque madera, tengo cristóbal, nazareno y cortesa a mil ochocientos la pulgada, y manglillo y níspero chicle a mil quinientos.  Toda la que quiera, al contado y para llevar—.

—Lo tendré en cuenta, tío—.

Era lunes, y Danilo Araya tenía once días completos para reunir tres millones y medio.

Bar y Restaurante La Carolina                                                           Lunes                                                            1245

Habían pasado años desde la última vez que Johnny Morano había oído que le lanzaran la frase “granuja de tres al cuarto.”   Desde entonces, su complexión se había vuelto más robusta al llegar a los treinta y cuatro, y su pelo negro y áspero ya tenía algunas canas.  Más o menos había triunfado en el paraíso y, en gran medida, había dejado atrás aquella etapa de años turbulentos.  Se sentó en el Bar y Restaurante Carolina, con la conciencia tranquila, mientras admiraba el sudoroso ir y venir de las mochileras y las axilas descuidadas que las delataban como europeas o incluso canadienses, ante un casado con filet de pescado y una Pilsen fría.  Había llegado en autobús desde San José hacía cinco años con una mochila y veinticinco mil dólares en efectivo que le quedaban de un negocio por el que había tenido que largarse de Chicago.  Puerto Jiménez, a mediados de la década de los 2000, tenía todo lo que buscaba en un lugar donde pasar desapercibido.  Y unos años después, la parte agraviada probablemente ya lo había superado en su mayor parte y el plazo de prescripción se acercaba en su país.  Había sido aceptado en la comunidad de aquí, tenía un pequeño negocio, una amante fija, hacía de papá para el hijo de su mujer, cuyo padre biológico estaba en la cárcel, y descubrió que el clima hacía maravillas para el asma que le había atormentado de niño. 

Mientras exprimía limón sobre su filet, Danilo Araya se apoyó contra el medio muro para nivelar sus ojos pálidos y esquivos y su naricita llorona e interrumpir la comida de Morano con su molesta voz. —Oye, Sombrillas— dijo. —Tengo que hablar contigo, ¿puedes recibirme en tu oficina después de tu almuerzo? —

Morano dio un trago a su cerveza. —Sí, claro, Chapín, dame media hora—.

Johnny se metió unos bocados más en la boca, pero la aparición de Chapín le había quitado el apetito. No es que Morano fuera precisamente un maldito santo ni nada por el estilo, pero Chapín se había metido en líos con la gente equivocada, gente con la que Morano tenía sus propios negocios por bajo.  Todo apuntaba a que se iba a saldar una cuenta, y él no estaba muy por la labor de acercarse demasiado, aunque Morano hubiera negociado el trato de Greene con él, con Chapín haciéndose el importante con la herencia de su mujer.  Ahora estaba hasta el cuello de deudas con una pandilla de malas aguas. No quedaría muy bien si se corría la voz de que habían visto a Morano hablando con él, pero, al fin y al cabo, era un pueblo pequeño, infierno grande. No era como para poder actuar como si la gente no estuviera allí o algo así.

Apartó el plato a medio comer, dejó caer un tucán sobre la mesa, se echó otro trago y se arrastró de vuelta a su oficina, preguntándose qué podría querer de él ese pequeño loquillo.

—¿Hay alguien que necesite madera, Sombrillas?

—Quizá. ¿Qué tienes? —

—Lo que quieras en madera dura. De mil quinientos a mil ochocientos por pulgada, menos por cualquier cantidad superior a diez mil pulgadas.

—Puedo comprarte cristóbal en mil quinientos—.

—El cristóbal está a mil ochocientos—.

—¿Y cuánto me gano yo? —

—Lo que puedas añadir y te salgas con la tuya—.

Sombrillas puso los ojos en blanco. —Creo que me irá mejor por mi cuenta, gracias—.

—Te lo dejaré en mil setecientos netos—.

—Mil quinientos cincuenta te pago—.

—El diez por ciento es lo mejor que puedo ofrecerte:  mil seiscientos veinte por pulgada—.

—¿En seco? —

—Por supuesto que no es en seco. No por C1.620 por pulgada. ¿Estás loco? —

—¿Con todos los permisos? —

—Más o menos—.

—Claro. Más o menos—. Morano sonrió. —Déjame investigarlo. Te lo haré saber—.

—No es por eso por lo que estoy aquí—.

—¿Por qué no me sorprende? —

—El acuerdo con Doña Karmela no nos está funcionando, Sombrillas—.

—¿Te refieres a Karmel Greene? ¿Lo que tu mujer le vendió? —

—No se la vendimos. Se la cedimos en opción—.

—Ah.  Claro—.

—Tenemos que hacer algunos cambios; el trato tal y como está ahora ya no nos sirve—.

—¿Cómo es eso? Ella ha hecho sus pagos—.                                              

—Necesitamos más dinero, Sombrillas—.

—Un trato es un trato, Chapín. Tú aceptaste, ella aceptó. Yo preparé la opción. Tú te quedaste con tu plata.  Pecas lo legalizó. No puedes cambiar de opinión ahora. No puedes exigir más dinero—.

—Tiene que haber una manera, Sombrillas—.

—La única forma de conseguir más dinero es que Karmel acceda a darte más. Y ella no va a hacerlo—.

—¿Por qué no hablas con ella sobre eso? —

—No, gracias.  ¿Algo más? —.

—Supongo que tampoco es por eso por lo que estoy aquí—. Danilo levantó la vista del sombrero que tenía en las manos.

—Vale, Chapín, pues dime por qué estás aquí—.

—Necesito que le des un mensaje a nuestros amigos—.

—¿A nuestros amigos? —

—No te hagas el mae conmigo, Sombrillas; conozco tu negocio—.

—Eso suena un poco a amenaza, señor Araya—.

—No es una amenaza. Es solo un hecho.  Me han adelantado el plazo a una semana a partir del sábado. Tengo un acuerdo de cerrar cuentas hasta la otra semana.  Necesito unos días más para reunir la plata y poner las cosas en orden con ellos—.

Morano negó con la cabeza lentamente.  —No puedo, Chapín, viejo amigo—.

—Venga, Sombrillas, esos tipos van en serio—.

—No te voy a hacer el trabajo sucio en esto, amigo—.

—Te has hecho rico a mi costa, Sombrillas.  Ahora necesito que me eches una mano—.

Morano lo estudió detenidamente, sopesó todas las posibilidades y dejó que un largo silencio se extendiera entre ellos.

—Quizá pueda prestarte un par de millones— dijo. —Pero tendrías que responder con tu propiedad como garantía, bueno, la propiedad de tu mujer—.

—Si quiero un préstamo, puedo pedírselo a Don Miguel; ¿por qué iba a pedírtelo a ti? —

—Arce cobra hasta un ocho por ciento al mes… Yo podría hacerlo por un cuatro, por los viejos tiempos y todo eso.

—Arce me da un cinco por ciento—.

—Bueno, no soy tan estricto con los puntos.  Quizá podamos hacer un intercambio, digamos que me traes la finca de al lado de la antigua casa de tus suegros en exclusiva.  Quizá reservarme unos cientos de pulgadas de ron ron o yema de huevo o algo bonito por el estilo—.

—¿La finca de los Montes? —

—¿Por qué no? He oído que es de ahí de donde sacas tu madera—.

—No tiene título de propiedad—.

—Eso no nos detuvo con la parcela de tus suegros—.

Chapín sonrió.  —Entonces, ¿eso significa que no estás negociando ese trato del que no paro de oír hablar? —

—Estamos trabajando en ello— mintió Morano.

—Avísame sobre esa madera. Hablaré con Don Sylván sobre su finca. Quizá podamos llegar a un acuerdo—.

Johnny se recostó en su asiento después de que Araya se marchara y reflexionó sobre su situación. Se preparó un par de rayas, se las jaló y se recostó para gozarlo.  Danilo Araya había dado un giro. Desde aquella venta de terrenos, se había ido sumiendo en decisiones cada vez peores. Se decía que se había gastado el depósito de Karmel en un mal negocio de drogas con una banda salvadoreña que había tenido que largarse de la ciudad a toda prisa para no enfrentar el ajuste de cuentas.  Y luego se había gastado el pago final en algún asunto relacionado con el oro en Cerro de Oro.  Se rumoreaba que desde entonces había negociado un par de pequeños tratos de polvo con la pandilla de Johnny, los chicos de Canoas y sus patrocinadores de Medellín, probablemente la forma que tenía Chapín de recuperar la confianza tras su encontronazo con la mara.  Pero ahora estaba de nuevo en la cuerda floja por esos cinco millones en mercancía —perdida— y mientras el cártel de Colón y sus matones de Cali no ganaran la guerra territorial de la frontera antes del sábado que viene, y mientras Chapín no pagara esa deuda, sus días estaban contados.  Se caminaba de lengua a oreja que había utilizado las ganancias de los colombianos para saldar una deuda de juego, tanto que le gustaba las peleas de gallo.  Si a eso le sumaba su actual negocio maderero, una operación ilegal en una reserva forestal, era solo cuestión de tiempo que el Minae le cayera. La mafia controlaba la cárcel, y cualquier prisión preventiva para Chapín por tala ilegal sería una sentencia de muerte en la cárcel, a menos que y hasta que pagara esos cinco millones.  Más los intereses.

A Morano no le importaba un comino el mae, salvo por su deseo de ahora ir a bañarse. En el fondo sentía lástima por Danilo, pero no tanta como para no embargar la casa de su mujer a cambio de un pequeño préstamo de dos millones.  Quizá Chapín se saliera con la suya con los colombianos esta vez, pero era solo cuestión de tiempo que el destino le alcanzara.  Como inversión, Morano no podía perder con esto.  La verdad era que Chapín tenía muchas posibilidades de gastarse el préstamo en las peleas de gallo y que lo mataran al día siguiente.  ¿No sería eso el colmo de la ironía?  Recordó con un calor visceral el fruto que le acababa de despertar el día y decidió que era hora de salir de la oficina e ir a visitar a Karmel.

Bufete Legal Parimaldo, PJ                                                            Lunes                                                                   1330

El abogado Lubricio Parimaldo Natas estaba redactando los estatutos de una empresa cuando se abrió la puerta principal y Danilo Araya entró en la zona de recepción y se acercó al escritorio de Silvia. 

Giorgio nunca se interpretaba a sí mismo en los sueños de Pecas. Giorgio siempre aparecía disfrazado, siempre interpretando el papel de una figura de autoridad ante la que Pecas se veía obligado a presentarse para conocer algún pequeño destino o ajuste de cuentas.  En el sueño recurrente de la noche anterior, Giorgio apareció en la ventanilla del conductor, con una colilla encendida colgando de la comisura de la boca, incarnado en esta instancia como un baboso empleado de la gasolinera, mirandolascivamente el indiscutible pedigrí de Pecas.  —¿Regular, súper o diésel? — preguntó el ser con una sonrisa torcida, la colilla balanceándose con cada sílaba entre los labios fruncidos y agrietados.  Pecas no recordaba en qué carro andaba y, por lo tanto, si debía repostar diésel o gasolina. —Debe apagar el motor, Licenciado Parimaldo, o se arriesga a una explosión— sonrió Giorgio, diente de oro, disfrazado, agitando la manguera de combustible a través de la ventanilla abierta, mientras gotas de combustible caían sobre la camisa almidonada de Pecas.  Pecas olió la gasolina en el suelo extendiéndose hasta abarcar las cuatro ruedas y buscó la manilla de la puerta. Se despertó empapado en sudor frío cuando la colilla se deslizó de los labios azules de Giorgio hacia la ventanilla a su par.

El recuerdo repentino lo inundó con una ola de ansiedad y dejó gotas de sudor en su frente. 

—Obliguelo a esperar cinco minutos.  Luego haz que entre—.

El cristal unidireccional le permitía examinar a Chapín libremente desde unos metros de distancia sin ser visto a su vez, y observó la media luna de sudor bajo las mangas de su costosa camisa, la humedad de su labio superior y la nitidez de sus pómulos. 

—Necesito que aplastes esa opción, Pecas —declaró Danilo tras los saludos, negación a la oferta de café, tomar el asiento señalado y ponerse la máscara de rutina.

Lubricio era bajito y fornido. Tenía los hombros anchos, brazos musculosos y lucía un aire rudo que resultaba aún más intimidante por su cabeza rapada. Padecía de vitíligo, y las manchas que le dejaban en la cara originó su peculiar apodo.  Era un abogado de pueblo que se pasaba el día con permisos municipales, mediaciones inmobiliarias, personerías, constitución de sociedades, revisiones del Registro Nacional, asuntos con Hacienda y la Caja de Seguridad Social y demás papeleo burocrático.  No había vuelto a aceptar un caso de defensa penal después de salir mal parado en el primero.  De vez en cuando le encargaban alguna demanda civil, pero como las indemnizaciones eran prácticamente imposibles de cobrar, aceptaba el trabajo a regañadientes a cambio de dinero en efectivo y, cuando era posible, derivaba a los clientes que podían pagar a socios de dudosa reputación para la mediación de disputas.  Principalmente utilizaba su licencia de abogado para promover sus propios intereses comerciales, que incluían un par de bares de mala muerte en La Palma y Cañaza, un edificio de apartamentos en ruinas en el pueblo, una participación en un negocio de arroz y los arrendamientos comerciales del edificio del centro donde se encontraban, del que era propietario.  De vez en cuando se dedicaba a la usura cuando se le solicitaba, pero dejaba que Miguel Arce llevara la batuta en el negocio de los prestamistas del pueblo.  De vez en cuando se veía envuelto en asuntos turbios, pero era selectivo a la hora de elegir con quién trabajaba en casos éticamente dudosos y, por convención personal, solo con gente de fuera de la península, al menos por lo general.  Era notoriamente reservado, incluso hermético, y aunque circulaban rumores, gozaba de una sólida reputación y era admirado, ya fuera abiertamente o a regañadientes, siendo nominalmente uno de los ancianos líderes de facto de la comunidad. Se rumoreaba que era de Liberia, dato que él mismo había difundido activamente tras su exilio autoimpuesto a Puerto Jiménez poco después de aprobar el examen de abogacía y pasar esa cagada con Giorgio y el OIJ.

—¿Está doña Karmela metida en algo ilegal? ¿Cultivando marihuana, tal vez?

—Lo dudo. —

—¿Seguís viviendo en la finca? —

—No, nos hemos pasado para Cañaza.  Ella vive en la antigua casa de mis suegros—.

—¿Se ha retrasado en los pagos? —

—No. —

—Si estuviera infringiendo la ley, quizá podríamos hacer algo. Y si tú siguieras en la finca, podrías negarte a pagar la última cuota y no marcharte, y tal vez conseguir un acuerdo con un poco de presión. Y, por supuesto, si se retrasara en un pago, podrías reclamar la finca por incumplimiento. — El abogado levantó las manos y se encogió de hombros.

—Tiene que haber otra forma—.

—Cualquier otra forma requeriría una solución “creativa,” Chapín—.

—Es decir, que costará mucho dinero—.

—Que costará mucho dinero sin ser algo seguro—.

—Si va a costar mucho dinero, necesito que sea seguro—.

—Pues, sí existe una cierta proporcionalidad entre el grado de certeza y la cantidad de dinero invertido—.

—¿De cuánto estamos hablando? —

—Probablemente diez millones, algo así, quizá quince—.

—No tengo esa cantidad de dinero a la mano—.

—Conozco a alguien que podría aceptarlo a cambio de una participación del 50 %. Tendría que consultárselo—.

—Maldito codicioso—.

Pecas se encogió de hombros. —¿No lo somos todos? —

—Estúdialo un poco y yo veré qué puedo corretear—.

Se pusieron de pie y se dieron la mano.

—¿Cuánto te debo, Licenciado? —.

—Oh, no seas tonto, Chapín. Tu dinero no vale nada aquí—. El notario esbozó una sonrisa.

—Ah, y Pecas…— Danilo se giró, con la mano en el pomo de la puerta.

—¿Sí? —

—Si tengas cliente ocupando madera, tengo todo lo que puedas querer por tan solo mil quinientos la pulgada calidad normal, y no más de mil ochocientos por la alta gama—.

Finca Xocola, San Miguel de Cañaza                                            Lunes                                                             1530

—No necesito tu ayuda, Sombrillas—.

Karmel no había reconocido el sonido del motor que subía pesadamente por la colina y se había recostado, preguntándose si tal vez Barbi, que llegaba tarde, había tenido problemas con su cuadra y había tomado un taxi en su lugar. El Four Runner apareció a la vista a través del claro, y ella se tensó y se recostó en el columpio del corredor. El olor a carne muerta flotaba sobre su finca, y todos los perros, al parecer, estaban enganchados por ese olor.

—Karmelita, mire; es un asunto complicado, y esta empresa de California también me han tocado la puerta a mi por un paquete de fincas que tengo en Carate; no es que tengas las cartas ganadas en esto—.

No dejó que se le notara ninguna reacción en el rostro, resignada a escucharle hasta el final.

—Yo te conseguí esto— le recordó a ella, volteando la cabeza para ver bien la finca.

—Negocié la opción sin contratiempo y te conseguí un trato estupendo. Sin mí, esto nunca habría sido posible y ahora mire—. Hizo un amplio gesto con el brazo, abarcando el bosque en pendiente, las tierras bajas y el golfo que se extendía más allá. —Todo tuyo—.

—Ya cobraste tu comisión.  Ya se te la pagó—.

—Karmel, el sector inmobiliario es mi negocio. Correduría es mi vocación.  No conoces los entresijos como conoces los de la confección de chocolate.  No sos una experta como yo, sobre todo con terrenos sin titularizar y esta gente de la montaña—.

—¿Qué hay que saber, Sombrillas? —  Se arrepintió en el mismo aliento de haberle dado pelota.

El sonido del cuadra irrumpió en la tarde mientras las nubes se asentaban, con el agua aún sin romper el cielo.  A Karmel le animó el sonido, y su visitante miró hacia abajo buscando el ruido, cuya intrusión le inquietaba por algún motivo, y el tono de su voz se volvió más estridente.

—Mira todo lo que pasamos con Araya y su mujer para que te aprobaran la opción, y él al menos sabe leer y escribir y tiene carro. Esta gente de aquí un día estará de acuerdo y al día siguiente, por los chismes de un vecino, insistirá en el doble. Una sola finca ya es bastante complicada, pero un paquete de varias para una organización sin ánimo de lucro en el extranjero es un asunto muy delicado—.

—Sombrillas, vea.  Solo quieres meter tus narices dentro de mi negocio a ver si te ganas algo por metiche. No te culpo por ello, pero el trato está cerrado, lo he montado yo y no hay sitio para ti, y no hay nada mas que hablar—.

Bárbara Salazar entró rugiendo en el patio y apagó el motor para bajarse del cuadra.  Cuando se quitó el casco, se encontró con la mirada fijada en Morano.  Atravesó el patio con sus blancas botas de hule y se plantó ante los dos con su falda corta y su top sin mangas, para enredar a este Sombrillas y el pronunciamiento de su veredicto final.

—Bueno—, sonrió, apurando el café y levantándose para contemplar la pradera y las tierras bajas antes de volverse hacia Karmel. —Te agradezco que hayas sacado el rato para recibirme. Piénsalo bien. Tengo mucho que ofrecer. Avísame si cambias de opinión. —

—Bárbara—, se tocó la frente Johnny Moranocon los dedos y esbozó una sonrisa.  —Siempre es un placer verte. Lo siento que no puedo quedarme para charlar un rato; justo me dirigía de vuelta para las llanuras—.

—Ese tipo me da escalofríos— dijo ella mientras el sonido de su vehículo se desvanecía en las bajuras. Se sentó en la mecedora colgante del corredor junto a Karmel.

—Menudo personaje, sí que sí—.

—Dime que es verdad, Karme— la recién llegada miró a su amiga y se echó a reír ante la sonrisa evasiva que recibió a cambio. —Te comerás a ese cara de barro—, se rio. —Redúcelo, viértelo sobre plátanos y helado y chúpalo hasta los huesitos. ¡Y yo lavaré los platos! ¿Aprobación de ACOSA? ¿En serio? ¿Seguro? —

—Solo es verbal—, dijo Karmel. —Mi abogado dice que tardará una semana más o menos en promulgarse el decreto tras la votación del consejo. Pero dice que es pan comido—.

Bárbara Salazar saltó del columpio, dio un salto en el aire, tiró de Karmel y la hizo bailar por el largo de la baranda antes de contener su emoción para sentarlas a las dos de nuevo y enterarse de todos los detalles.

—Sombrillas dice que está en contacto con Green Leaf, que le están tanteando sobre un terreno que dice tener por el lado de Carate—.

—Él miente— dijo Bárbara. —Solo intenta colarse para robarase alguna migaja—.

—Eso creo yo —dijo Karmel.  —Pero por aquí nunca se sabe. —

—Bueno, puedes estar segura de que, si no se han puesto en contacto con él, seguro que él les llamará para venderles lo que sea que tenga entre manos con el fin de llevárselos y hacerte la competencia. Pero no le va a funcionar, Karme. ¡Ahora te toca a ti! Has trabajado demasiado duro para esto como para dejar que ese tipo —guácala— cruce a propósito por tu camino—.

Redondel El Bambú                                                         Lunes                                                                                    1630

Danilo Araya mantuvo la mente centrada en las modestas ganancias del día y en los objetivos para mañana, y no dejó que se desviara hacia ese terreno peligroso que podría meterlo en problemas en Bambú si permitía a su mente divagarse por allí. Era difícil porque, a pesar de que había terminado el día sin nada concreto, estaba seguro de que algo estaba a punto de salir a la luz para él, y tenía ganas de celebrarlo y no estaba listo para irse a casa.  A menudo se sorprendía envidiando a los hombres que bebían; para ellos todo era fácil.  Eran negocios, se decía a sí mismo, y se llamaba flujo de caja.  No se puede ganar dinero sin gastarlo.  De acuerdo, había cogido el billete de los colombianos para saldar su deuda en Bambú.  Ahora tenía las ganancias de la madera y cualquier otra cosa que se le ocurriera para saldar cuentas con los colombianos.  Era solo flujo de caja, nada más. Bueno, y cuestión de tiempo. Tenía que hacer todo esto antes del sábado de la semana entrante o tendría que largarse de la ciudad hasta que lo hiciera. Aun así, tres millones y medio era una cantidad tan pequeña de dinero y él era tan exageradamente buen hablador que probablemente solo le darían una paliza, le meterían un buen susto, intentarían cobrar antes de convertirlo en un ejemplo.

Quizá habría pasado la salida al Bambú si no le hubiera sonado el teléfono. Era su cliente de la madera, y el policía de tráfico estaba más adelante, en la recta, así que se apartó a un lado en lugar de arriesgarse a que le multaran, y el lugar donde se detuvo, por pura coincidencia, estaba a menos de veinte metros de la Calle El Bambú.  Esta vez discutieron sus diferencias con calma, y Araya se sintió bien después. Mañana se dirigiría a San Miguel y les daría una buena lección a algunos.  El río estaba lo suficientemente bajo como para cruzar con los bloques. Estaba crecido cuando lo usó como excusa, pero la madera aún no estaba lista entonces, y ahora seguía sin estarlo, pero el río estaba bajo, así que tenía que hacer que Carmona y su gente se movieramás rápido para sacar esa madera y dejar de poner excusas para que le pagaran antes de que venciera su vale colombiano.  Ese cabrón de Sombrillas no iba a decir ni una palabra a su favor, pero le iba a hipotecar su casa como garantía.  Contaba con que mataran a Danilo. Pensó en ello y se rio. En este mundo, si querías quitarte a los perros de encima, tenías que deshacerte de ellos tú mismo, nadie más lo iba a hacer.

Dobló el volante para dirigirse al Bambú y sintió cómo se le retorcían las tripas y se le desataban. A algunos les gustaban las drogas. A otros, el sexo.  A algunos les gustaba atiborrarse de comida.  Había quienes tenían fetiches con los pies y otros que se lavaban las manos compulsivamente.  Y luego estaban esos fanáticos que adoraban a Dios y creían que la Biblia era cierta y se pasaban el tiempo lamentándose y cantando e intentando convertir a la gente honrada a su causa.  Había quienes disfrutaban haciendo daño a la gente y quienes disfrutaban que les hicieran daño.  Había todo tipo de bichos raros en este mundo. 

Lo suyo eran las peleas de gallos, y al acercarse al desvío que llevaba de vuelta al galerón donde estaba la pista de peleas, podía sentir cómo se le relajaban las extremidades y cómo la química de su cerebro se sincronizaba con el pulso de la suerte que se acercaba y la elegante belleza de los nobles gladiadores alados. 

Estacionó el Samurai y contó el dinero: andaba cincuenta y tres mil colones. Se quedó allí tres horas y salió con cuatrocientos cincuenta mil colones; caminó a paso ligero hacia su carro, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie lo seguía. Ahora tenía casi un millón a mano y solo le faltaban dos millones y medio para saldar su deuda.  De esos dos millones y medio, Sombrillas le había ofrecido dos en préstamo y seguramente podría sacarle los cinco billetes restantes.  Poner la casa como garantía no le preocupaba, ya que dos millones, tres millones y medio, diez millones, lo que fuera, todo era calderilla.  En los negocios, el éxito o el fracaso dependía de la capacidad para mover recursos, y todo se reducía al flujo de caja.  Así de fácil.

Tenía una llamada perdida de Carmona y se detuvo en la carretera para asimilarlo.

—¿Qué quieres decir con que está vacía? —

—Está hueca, podrida por dentro. Tendremos suerte si sacamos mil pulgadas—.

—Pero contamos con cinco—.

—Eso no va a pasar, Chapín. El primero está bien. Pero el segundo es una mierda. No matés al mensajero—.

Iba a necesitar otro árbol. A Tepe eso no le iba gustar para nada. Pero ¿sabes qué? Que le den a Tepe. Le había vendido un árbol malo. Lo resolverían. Solo era una modificación del contrato que había que hacer, un cambio de circunstancias. Mañana era un gran día.

En los negocios, después de “comprar barato, vender caro,” todo se reducía al flujo de caja, ni más ni menos.   Y ese era el principal secreto de cualquier negocio exitoso. 

Lo único que había que hacer era mantener ese flujo de caja fluyendo.

Finca Xocola                                                                   Lunes                                                                                   1700

—Te lo advierto— dijo Bárbara mientras echaba un vistazo a su mochila y la tarde se instalaba a su alrededor, con la lluvia aún a raya. —¡Traje Patrón, limón criollo y con tu sal vamos a celebrarlo! —

Bárbara Salazar era una chica surfa de treinta y dos años con la modestia suficiente como para referirse a sí misma como una machita despistada.  Físicamente guapa y esculpido según los cánones tanto de su propio grupo como del resto, tenía una maestría en antropología cultural de la Universidad Estatal de California, un padre adinerado y acercable, y nunca había ganado un solo día de sueldo en su vida.  No sentía ni culpa ni derecho a nada y había manejado las insinuaciones de los chicos de la playa con la suficiente clase como para evitar que la criticaran a sus espaldas.  Pagaba todo lo que gastaba y era voluntaria en el criadero de tortugas de Piro y en las limpiezas de playa, tanto en el pueblo como en Matapalo, Rio Oro y Carate.  Se permitía salir con un tico del pueblo que le gustaba, del que hablaba con moderación a sus amigas cuando le preguntaban.  Era asidua a los raves de los viernes por la noche donde Martina, pero no consumía drogas y solía acostarse a medianoche y levantarse al amanecer para la primera sesión del día.  Los chicos locales habían dejado de presumir con ella y se deshacía rápidamente de los recién llegados.  No comía carne roja, pero tampoco se pronunciaba en contra.  Asistía a clases de yoga y las disfrutaba, pero se mantenía bien alejada de su facción militante.  Se permitía a regañadientes la etiqueta de ecologista, pero tenía amigos ticos que se comerían huevos de tortuga si se los ofrecieran, y se abstenía de la condena que esperaban sus antiguos correligionarios.  Quince años más joven que Karmel, se habían conocido en la cola hace un año y medio, y su amistad no surgió de causas, sino de raíces.

—Mira —dijo Karmela. Señaló cuesta abajo hacia una balsa que se alzaba en la cicatriz de un deslizamiento ahora recolonizada por vegetación secundaria. —¿Lo ves ahí, arriba, en la cima? —

Su invitada se inclinó hacia delante y se quedó mirando un buen rato.

—¿Lo ves? —

—Es un mono…—

—¿En una balsa?  Eso no es un mono. —

—¡Es un perezoso! —

—No es un perezoso cualquiera. —

Barbi se levantó, se inclinó hacia delante y escudriñó la distancia, con la boca abierta.

—Es un príncipe perezoso—, especuló. —Un príncipe de los perezosos—.

Karmel se rio. —Bueno, puede que sea un príncipe de los perezosos, pero si es así, es un príncipe de los perezosos de dos dedos—.

—Ay no—, dijo la Barbi, horrorizada. —¿Qué le pasó al otro? —

—Tontina. Hay dos tipos. De tres dedos y de dos dedos—.

—¿Qué? 

—Los perezosos de tres dedos son más comunes. Los de dos dedos son inusuales por acá, pero allí están—.

—¿Cómo puede haber dos tipos de perezosos y la única diferencia ser el número de dedos?

—Ese—, señaló Karmel, —es un perezoso de dos dedos—.

—¿Crees que pueden aparearse? —

—Por favor, no me hables de apareamiento—.

—Me refiero a que, ya sabes, ¿podrían reproducirse? —.

—Quizás con descendencia estéril—.

Barbi lo pensó un momento. —Si un papito perezoso de dos dedos se apareara con una mamasota perezosa de tres dedos, ¿cuántos dedos tendría el bebé perezosillo? —

Se rieron.

—Vaya—, Barbi volvió a mirar hacia abajo… —tienes ojos como los del búho, Karme. De verdad. ¿Cómo lo divisaste? —.

 —Lleva ahí unos días. He bajado a echarle un vistazo. Y sí, es un macho—.

—Sí. Parece que no se dejaría pisotear por nadie. Como un auténtico alfa perezoso—.

—No pongas en duda la masculinidad de mi perezosón, amiga—.

—¿Era eso un tucán? — Barbi dio un respingo al oír el silbido.

—Ahí va, allá abajo —dijo Karseñalando hacia el sureste—. ¿La ves? ¿Cómo se desliza por el aire? —Pero se dio cuenta de que la Bar no podía verla—. Ahí —se acercó al columpio del corredor donde estaba sentada su invitada, extendió el brazo junto a la cara de su comadre y señaló—. Acaba de posarse en ese árbol nazareno, ¿ves? ¿Ahí? ¿Ves esa mancha amarilla?

 —¡Sí! Sí, ahora la veo. Es preciosa… pero ¿cómo sabes que es una hembra? —.

—Me lo acabo de inventar. No lo sé. Solo quiero que lo sea—.

Se sentaron y admiraron el crepúsculo que se acercaba, las nubes quietas a su alrededor, y Bárbara rompió el largo silencio entre ellas para expresar la inquietud cósmica que la invadía. 

—El futuro está escrito sobre todo lo natural—, dijo. —Solo que está escrito con tinta invisible. Como si la luz del sol fuera ultravioleta, podríamos distinguir todos estos mensajes que Dios intenta transmitirnos a través del bosque, pero a los que somos ciegos porque no vemos en las longitudes de onda de luz en las que está escrita la verdad—.

—Creo que hay lugares para gente como vos—, dijo Karmel.

—Algún día, Karme, estallará una tormenta y, en lugar de agua, los cielos harán llover un líquido revelador que dejará profecías que siempre estuvieron ocultas, ahora reveladas en todas las hojas de la selva, en los troncos de los árboles y en la piel de los animales. Quizás incluso en las frentes de nuestros amigos y vecinos, y cada mensaje revelado será único—.

—¿Te refieres a algo como el Apocalipsis de la Biblia, algo así? —

—No como la Biblia. Como el Tao.  Y que, cuando eso ocurra, todos deambularemos asombrados ante lo que deberíamos haber sido capaces de ver desde el principio y ya no podremos seguir viviendo en la negación de talar árboles, desviar el agua y cazar animales, atónitos ante las verdades que antes no podíamos ver por no querer o por tener una visión limitada.  Y cuando eso ocurra, Karme, mis días en Matapalo habrán terminado, y vendré aquí a vivir contigo. Si me aceptas, claro—.

—¿Y dejar a Galán en la ciudad con todas las ticas guapas que le persiguen? —.

Bárbara suspiró.  —Él no es así. Podría elegir la que quisiera—.

—¿’Tas tomando esto en serio? —.

—Lo serio no está en mi ADN—, dijo la Karme. —Pero es un tipo medio mago—. 

Karmel no lograba deshacerse del eco de Samuel en el claro mientras las últimas palabras se desvanecían en el pasado. Él estaba ahí fuera, en ese océano mundial, esta noche, empujado hacia allí por esa cosa, esa aceptación incompleta que acechaba en los corazones de todas sus hermanas, incluido el suyo, ese trágico defecto de la hermandad que se manifestaba con mayor intensidad en Karmel, ahora sola en la finca que iba a ser de todas ellas, su sueño ahora vacío, solo suyo y un poco vaciado de contenido, su barniz despojado de la iridiscencia que una vez había irradiado, su esencia despojada de su ansiosa concentración de energía, ahora devuelta al cosmos, dispersa en el vacío.

—Toma un poco de chocolate, Barbi —dijo Karmel—, no sea que nos adentremos demasiado en la oscuridad.

Bárbara se secó las lágrimas de los ojos y le dio un mordisco.

Karmel bajó la vista hacia el paquete.  —Si vamos a hacer esto, más vale que nos pongamos manos a la obra—.

Puso una lista de reproducción de Marvin Gaye en su portátil, buscó a toda prisa unas tazas de café y una bolsa de sal, las dejó sobre la mesa y acompañó a Bárbara en una bachata llena de sentimiento en el corredor, sobre las oscuras tierras bajas y las aguas aún profundas del Golfo, con el verde bosque del continente más allá y la cinta de color púrpura intenso de Talamanca, lo más alto bajo Venus para captar el último destello del sol.  Se hicieron muecas la una a la otra e imitaron los tormentos de adolescentes con acné enamorados torpemente, y cuando terminó la canción cortaron la lima y levantaron sus tazas para hacer tintinear.

—Por el monte —dijo Karmel.

—Por el bosque—.

Tras apurar los chupitos, mordieron la lima salada y se balancearon en el corredor sobre las sombras que se alargaban para escuchar cómo el sotobosque superaba su timidez. El aire se agitó y se aceleró mientras las nubes se enfrentaban a sus espaldas, retrocediendo hacia la cordillera trasera, la vanguardia del Pacífico, la infinita inmensidad hacia el oeste.

Finca Montes, San Miguel                                                     Martes                                                                       0730

Sylván Montes se encontraba en la parte baja del terreno cuando reconoció el sonido del Samurai avanzando pesadamente por el camino de tierra.  Le habían desaparecido ocho cabezas de ganado durante la noche y, tras rastrearlas hasta la finca de Carmona, había soltado a los perros para que las reunieran y las llevaran de vuelta al lado correcto de la cerca.  Una rama caída había roto el alambre de púa superior y doblado los dos inferiores.  Hizo que le cortaran la rama y solo tuvo que colocar un trozo de alambre de ocho metros que había cortado y preparado.  Terminó y condujo a los perros por delante, cruzando el campo y subiendo la pendiente.  Seguramente se trataba de algún nuevo problema con la madera.  Con el chico no había más que problemas, y Sylván estaba llegando al límite.

Efectivamente, el chico se mantenía firme en el carro, con los perros gruñendo a su alrededor, y les ordenó que se retiraran. 

—¿Seguro que no morderán?

—No si no quiero —sonrió Montes—. ¿Qué pasa, tienes miedo a los perros?

—Solo me aseguraba. —

Danilo salió y se acercó para darle la mano—. Vaya, qué bonitas vistas hay desde aquí arriba. — Contempló la superficie del tranquilo Golfo Dulce..

—Y también es agradable y fresco, por las mañanas y por las tardes, y cuando sopla la brisa—. 

Araya se quitó el sombrerito que andaba y se pasó el antebrazo por la frente.

—Aunque durante el día hace un poco de calor. ¿Quieres un poco de fresco, mi’ijo? —.

—Me encantaría, don Sylván. Esperaba que pudiéramos sentarnos a dialogar—.

—No pensaba que estuvieras aquí para cantar himnos y alabar al Señor—.

—Esa es buena, don Sylván—.

—¿Prefieres un trago de aguardiente? —.

—No, señor, gracias. Yo, personalmente, nunca lo toco—.

El anciano exprimió dos limones en un pitchel de plástico, echó cuatro cucharadas colmadas de azúcar y la llenó hasta un cuarto de su capacidad con agua. Removió el contenido, sirvió dos vasos, hizo un gesto al joven para que se sentara y se sentó frente a él.  Tanto el chico como su mujer eran parientes por parte diferente, y el anciano se preguntó si esta península se había quedado pequeña para lo que su sangre llevaba.

—Estos madereros tuyos, Chapín… ¿estás seguro de reunen la talla? —

—Tuvimos contratiempos con la sierra, don Sylván, y luego con el aserradero.  Y después las lluvias.  Pero ellos saben lo que hacen. ¿Te importa si fumo?  Es que hay un problema, don Sylván.  Ese segundo árbol está carcomido por dentro.  Pensábamos que ese nos daría unas cinco mil pulgadas.  Con suerte sacaremos cinco tejas.  Como mucho. —

—Te vendí el árbol, Chapín, no sus pulgadas—.

—Sí, don Sylván, pero si la madera no está ahí, el árbol tampoco está realmente ahí—.

—Oh, el árbol sí que estaba ahí—.

—No quiero parecer desagradecido, pero sigo necesitando la madera para cumplir el contrato que tengo—.

—¿A dónde quieres llegar? —

—Tengo que cumplir el contrato—.

Sylván dejó el vaso sobre la mesa, miró por la ventana abierta hacia las tierras bajas y dejó que el silencio se prolongara antes de volverse lentamente hacia su huesped.  —No sé, Chapín—, dijo en tono áspero y recortado.  —Me inclino más bien por lo que queda en pie—.

—Don Sylván—, Chapín soltó una risa hueca. —No me tome el pelo. Si no puedo suministrar la madera prometida, no tiene sentido quedarme con nada—.

—Ya has talado dos árboles, joven—. El anciano levantó la mano y mostró dos dedos de la mano izquierda. —Dos. Y tú y yo tenemos un trato—.

—Pero el contrato está por escrito, por las pulgadas, no por el número de árboles. Y es mi pellejo. Tú no has invertido nada; yo tengo que suministrar la madera que dije que podría. Ya tengo un depósito—.

—¿Qué quieres decir con que no tengo nada en juego? Soy yo quien se la lleva la gran puta si algo sale mal.

—Tienes una negación razonable—, respondió Araya con su agilidad de costumbre. —Yo tengo allí a un equipo, y una responsabilidad real si la ley nos cae—.

Sylván Montes lo pensó durante un buen rato.  

—No te parece lo suficientemente antojoso, Chapín— dijo el anciano encogiéndose de hombros.

Danilo lo miró nervioso, hasta que el anciano bajó la vista hacia el vaso de fresco sin tocar.  Chapín lo agarró, se lo bebió de tres tragos y volvió a dejar el vaso vacío sobre la mesa.

—Justo lo que necesitaba, la verdad—.

Tepe se levantó y volvió a su dormitorio para sacar el rifle de donde lo tenía colgado y colgárselo al hombro. Cogió el machete de la mesa y se ató la funda a la cintura.

—Será mejor que vayamos a echar un vistazo a ese árbol devorado por dentro—.

Chapín cogió su sombrero y una vez fuera, Sylván le indicó la dirección y llamó a los perros con un silbido en una frecuencia muy alta que apenas logró detectar Danilo. Por el sendero que separaba su finca de la de doña Karmela, los mantuvo a su lado e imaginó lo que ella pensaría de él talando árboles. Matar animales era una cosa, pero talar árboles, ¡por todos los santos del cielo!  Eso si era buscarase una bronca insuperable, eso sí que le traería un buen lío.   En el desvío del pequeño sendero, el anciano se adentró en el bosque y se apostó bajo el dosel para asegurarse de que nadie los seguía.  Luego se abrió paso a través del bosque y recuperó cinco de los diez minutos perdidos, se colocó detrás de Chapín y los perros y aceleró el paso para finalmente alcanzarlos a unos cientos de metros de la masacre, donde ya se oía a lo lejos el chirrido de las sierras.

Caminaron juntos por el canal sombreado mientras el zumbido de la motosierra se hacía más intenso.  Subieron a la terraza donde se habían alzado los dos árboles.  Habían caído en direcciones opuestas y cada uno había abierto una grieta en el bosque de unos treinta metros de largo y cuatro de ancho; la maleza talada se marchitaba, crujía y se hundía en el suelo saturado.  Los troncos del árbol sano se apilaban sin cuidado y se transportaban, y el equipo estaba recuperando lo que podía del árbol enfermo. Montes trazó con el dedo el perímetro de la cavidad central del tronco cortado, en un punto que, de estar aún en pie, habría estado a ocho metros del suelo. Miró al vacío negro y sin vida del interior del árbol talado e imaginó su propia alma encerrada en él.  Contempló su longitud total, sus ramas podadas, y revivió la vida que albergaba, todo lo que vivía en su exterior y en su copa, así como dentro de su negro y fugaz hueco.  Levantó la vista y vio que el agujero que había dejado en la copa era de un azul cobalto, con jirones de nubes asomándose.

Se acercó sigilosamente al joven mientras Ming y Mango doblaban la curva más abajo, con el bastón del viejo Carmona apoyado en el yugo, de vuelta para arrastrar otro bloque; los gruesos anillos de latón que lucían en la nariz se empañaban con cada exhalación de los amplios pulmones de los búfalos del cabo castrados, y en cada uno de sus cuatro ojos se adivinaba una inteligencia ágil.  Una tropa de titíes se reía desde el guavo al otro lado, y Sylván sintió ganas de vomitar, pero se contuvo.

—Por aquí —le dijo al joven, girando río arriba.  Cien metros más adelante sacó al joven del cauce y lo llevó a una terraza al otro lado.  Sylván percibió un aroma a chancho de monte, de una manada avanzando y justo tras la siguiente curva, unos quince animales tal vez, pero no estaba enojado con ellos y no bajó el rifle del hombro.  Se apoyó contra el tronco de la cortesa que sabía que estaba allí y, en el silencio antes de que sus parientes lejanos lo alcanzaran, midió la distancia entre él y Dios y se maravilló de la vastedad de ese kilometraje. El muchacho tropezó al subir por los cantos rodados del cauce hasta la terraza, murmurando algo sobre serpientes y ese extraño hedor que contaminaba el aire, respirando con dificultad.  Pero al levantar la vista, sacó un cigarrillo y accionó el mechero unas veinte veces hasta que encendió la llama y dio una calada a ese frío rollo de tabaco de fábrica. Montes observó cómo el azul se elevaba de la brasa furiosamente y luego cómo la nube de humo exhalada por Chapín se elevaba a través del sotobosque mientras el charlatán se quedaba allí calculando las pulgadas del árbol.

—Este es el último que te concedo, mi’ijo. —

Sylván se adentró aún más río arriba para alejarse de allí, mientras Chapín traía al jefe de cuadrilla y le mostraba el nuevo objetivo. Río arriba, el bosque era apacible; la luz se filtraba entre las hojas del dosel que se extendía sobre las orillas. La quebrada fluía cristalina y distinguió azules camarones de río que se escabullían en un remanso bajo una roca, en el límite de su sombra donde la luz le permitía ver; los más grandes se encontraban en la parte oscura.  Se sentía inquieto de una forma que quedarse sentado no iba a disipar.  Sylván había dejado atrás hace tiempo sus días en el túnel, pero al menos podía cocinar y mantener la canoa lavando material, y la partida de Andrés estaba a menos de cuatro horas caminando.  Unos días en el campamento con los cuates le despejaría la mente.  No es que aquí sirviera de nada.  Además, tal y como iba Chapín, lo siguiente sería que apareciera el Minae y le obligara a probar esa mierda de la negación plausible.  Matar un chancho de monte, un saíno o una danta de vez en cuando era una cosa, pero estos árboles eran bosque primordial y, aparte de la libra de carne, talarlos sin permiso acarreaba cinco años en el tavo.

Como el chico se paraba a recuperar el aliento cada dos por tres, tardaron media hora en volver.  Para cuando llegaron a la cresta, Montes ya estaba haciendo mentalmente las maletas para su viaje. Era demasiado tarde, pero este era un día inusual. De todos modos, hoy hacía pleno verano, así que no llovería hasta la pura tarde, y él no estaba hecho de azúcar. Calculó que podría llegar con dos horas de sobra antes de que anocheciera.

Se detuvo en seco cuando vio que los perros ya no estaban allí.  La respiración pesada de Chapín lo siguió, lo alcanzó y se detuvo, pero el bosque estaba extrañamente silencioso.

—¿Pasa algo…?

—Ssh —lo interrumpió Sylván.

—¿Qué pasa? —siseó Chapín.

—Tenemos compañía —susurró el anciano.

—Solo estamos echando un vistazo a tu terreno— siseó Chapín. —Para unos compradores que estoy pulseando alguna venta—.

Los perros se acercaron trotando. —No creo que ella vaya a aparecer— dijo Tepe.

—¿Ella?  ¿Doña Karmel? —

—Últimamente se ha interesado un poco por asuntos míos —dijo Tepe.

—Podría ser un verdadero problema para nosotros—.

—Sí, pero se supone que tiene unos compradores que van a comprarme la finca — respondió él. —Creo que hará la vista gorda para no meterse conmigo y quizá echarlo todo a perder—.

—¿Compradores? —

—Probablemente sean solo rumores—.

—¿Tienes carne ahumada a la venta? —preguntó Chapín, ya más tranquilo mientras regresaban a la casa del anciano. Estaría bien darle una sorpresa a Mimi con un pequeño detalle.

—No, no tengo— respondió Montes. —Y ¿sabes qué? Tampoco voy a tener más. —

—¿Por qué así?

—Quiero decir que voy a colgar este rifle en la pared de mi habitación y dejarlo ahí, y dejar que los tepezcuintles y los saínos se las apañen solos de ahora en adelante. He terminado con esto—.

Chapín no sabía qué pensar de aquella extraña afirmación, pero intuía que había algo oculto en el bosque.

—De hecho— el anciano lo miró fijamente —te lo diré sin rodeos: no estoy muy convencido con este trato que tenemos tú y yo, así que me voy a la montaña unos días a aclarar mi mente y me voy a unir a Andrés y su pandilla para ganarme una jama honesta. Para cuando vuelva, quiero que te hayas ido de mi tierra con tu madera y que tengas el resto de mi dinero listo.  Hoy es martes.  Me pasaré por tu casa dentro de una semana para que me pagues y acabar de una vez y por siempre con este asunto—.

—Tendré tu dinero listo—.

Las cosas mejoraron cuando el motor del Samurai se desvaneció en el bosque de abajo.  Tardó media hora en hacer las maletas y cerrar todo a cal y canto.  Cogió el rifle de la esquina para sostenerlo con ambas manos y mirarlo.  No recordaba la última vez que había salido sin él.  Lo llevó al dormitorio y lo colgó en la pared. Se echó la mochila al hombro en el corredor, silbó a los perros y se dirigió por el sendero bajo el sol mañanero..

 

Delegación GAR, PJ                                                                   Miércoles                                                                   0730

Por una desafortunada coincidencia, el agente especial Jaime Ramírez Sánchez se encontraba en la localidad de Puerto Jiménez en misión oficial cuando se recibió la llamada. El día anterior se había producido un avance en el caso, que llevaba mucho tiempo estancado, de los dos austriacos desaparecidos y presuntamente fallecidos hacía dos años, cuando una familia que estaba de picnic en el río Tigre investigó unos trozos de plástico negro que sobresalían de la arena de la orilla y descubrió restos humanos.  Las pruebas forenses eran lo suficientemente sólidas como para caer como una lluvia torrencial sobre el principal sospechoso y detenerlo antes de que se enterara y saliera pitando de la península.  Ramírez había llegado el lunes por la tarde con el juez para retirar lo que quedaba de los cuerpos y, al caer la noche, ya tenía al sospechoso bajo custodia y de camino a  Golfito; ayer al mediodía había terminado el papeleo y habría vuelto a la sede regional de Villa Neilly hoy al mediodía si no hubiera recibido la llamada.  El mismo juez ya había sido notificado y se dirigía a recoger el nuevo cadáver; la Delegación estaba en el lugar, y Ramírez se bebió el café de un trago y se puso en marcha, esperando que la escena no estuviera demasiado pisoteada como para poder hacer su mejor trabajo.

La calle de San Miguel estaba en mal estado y se topó con la camioneta de la Delegación en la ladera de una pendiente de la que no podían salir. La lluvia estaba mermando, pero el suelo seguía siendo de barro colorado. Las llantas de su camioneta eran como las de un chapulín, con una banda de rodadura gruesa y rugosa impulsada por un motor diésel de 3000 litros, y subió por el camino de tierra resbaladizo sin patinar ni una sola vez y giró hacia el camino de acceso en la cima, donde el trayecto era fácil hasta el claro.  La cinta de la escena del crimen ya estaba colocada y se extendía en forma de polígono desde el corredor hasta el retrete en el patio trasero y alrededor del patio, con el cadáver de una mujer en medio. Había un galerón en la parte trasera y un grupo de rocas apiñadas, y algunos miembros de la Delegación y el capitán Brazona estaban en el corredor con una machita—una gringa en apariencia—que se sentaba allí mirando al vacío hacia la escena.  Se acercó al corredor, se quitó las botas de goma embarradas, subió los escalones, se presentó a la mujer y acompañó a Brazona hasta el final, desde donde contemplaron el claro mientras la lluvia desvanecía más y más.

—Afirma que es amiga de la difunta —informó el capitán— y las mujeres de atrás son empleadas de la víctima. Tenía un negocio de la confección de chocolate en el galerón de atrás.

—¿Algún testigo?

—Las mujeres llegaron esta mañana a las seis y encontraron el cadáver. La gringa, la macha, llegó unos minutos más tarde. Según ella, tenían que ir a la ciudad las dos juntas para ocuparse de unos asuntos relacionados con la finca.

—¿Quién ha alterado la escena del crimen hasta ahora? —

—Bueno, las rocas que la encontraron seguro revolvieron algo. Y yo. Nuestro tirador le tendió una emboscada desde el retrete. Hay un casquillo del calibre .22 en el suelo ahí dentro—.

—¿Has tocado algo? —

—No toqué el cadáver ni nada de la escena; solo eché un vistazo y precinté el retrete cuando vi el casquillo—.

El inspector Ramírez se puso guantes y una redecilla para el pelo y pidió que le trajeran una tabla de madera del galerón para pisarla y evitar dejar sus propias huellas en la escena. Examinó el suelo, colocó el tablón a un metro del cadáver, se subió a él y se agachó para observarlo desde la distancia.  El cadáver pertenecía a una mujer de mediana edad —aparentemente extranjera— y vestía un fino vestido de estar por casa, lo que él supuso que era su ropa de dormir.  Retrocedió, colocó el tablón en otro ángulo y caminó por él para examinar el cadáver desde el otro lado.  Había una maraña de huellas alrededor del torso y la cabeza, todas de botas de hule, y estudió dónde se había acumulado la sangre en el suelo sucio, agachándose para verlo más de cerca. 

La sangre brotaba de entre el brazo izquierdo y el tronco, era abundante y fresca, y el rostro estaba deformado en una mueca.  Habría que esperar a que lo confirmara el forense, pero él estimaba que le habían disparado en el corazón y que había muerto dentro de cinco minutos del impacto de la bala.  No había coágulos ni signos de oxidación, y aunque la lluvia dificultaba establecer límites de confianza, calculó que la muerte se había producido alrededor del amanecer, a las cinco de la mañana, un poco antes o un poco después.  Cuando dejó de llover, tomó fotos del suelo alrededor y movió el tablón para obtener una serie completa de imágenes de la escena del crimen. Esperaría a que el juez girara el cuerpo para confirmar sus sospechas y caminó de vuelta al edificio anexo para abrir la puerta y confirmar que se trataba de un retrete exterior y examinarlo; claramente, la habían emboscado de camino hacia allí. 

Una vez terminada su inspección preliminar, Ramírez comprobó la ubicación celular del juez, que estaba apenas atracando en el muelle y la panga judicial de la fiscalía de Golfito, y subió a Brazona a un vehículo que pudiera llevarlo hasta la finca, para que el juez no tuviera que caminar con dificultad por el barro. La ambulancia aún no había llegado a Chacarita, a una buena hora y media de distancia.  La mujer era rubia y guapa, con un cuerpazo, de unos treinta y cinco años, estimaba el detective.  Llevaba una licra, pantalones cortos deportivos y estaba descalza; las pequeñas botas blancas embarradas junto a las gradas parecían ser suyas, sin calcetines a la vista.  Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, el pelo revuelto, y su mirada era ausente y fugaz. Ahora contemplaba la lluvia que volvía a azotar las tierras bajas y ocultaba el golfo. 

Ramírez echó un vistazo a su alrededor. Encontró un paño de cocina junto al fregadero y se secó la cara y las manos antes de colgarlo del respaldo de una silla de madera del comedor para que se secara. Sacó la bolsa de plástico del bolsillo, cogió el cuaderno y el lapicero, y arrastró lentamente una silla por el suelo hasta el corredor, donde estaba la gringa. La miró y se chupó la punta del bolígrafo.

 —¿Cómo se llama, señora?

—Bárbara Salazar.

—¿Y tú eres… tica, gringa…? —

—Soy una gringa—.

—¿Una amiga de la difunta? —

—Sí—.

—¿Estaba usted aquí cuando ocurrió esto? —

—No, señor. Llegué y la encontré tirada ahí—.

—¿Entonces fue usted quien descubrió el cadáver? —.

—No.  Las empleadas de Karme…Karmel Greene es su nombre completo, agente. — Y se lo deletreó. —Empiezan a las seis en el taller de chocolate que hay ahí atrás. Ellas la encontraron.  Yo llegué unos minutos más tarde. Doña Magda —la que bajó a recibir su camioneta— subió hasta la fila por allá, donde hay cobertura, para llamar a la 911—.

—Doña Bárbara, ¿tenía la señora Greene algún conflicto con alguien, algo que pudiera haber llevado a esto?

—Bueno— Bárbara movió la cabeza de un lado a otro, incapaz de reprimir una sonrisa. —Sería una lista larga—.

—¿En qué sentido? —

—Bueno, ella es ecologista—era—y estaba en conflicto abierto con cazadores, mineros, madereros, vendedores de huevos de tortuga, esos tipos que saquean los nidos de lapa para vender los pichones. Tenía conflictos con todo tipo de gente local—.

—¿Algo reciente? —

—Bueno— la pilló al vecino la semana pasada con un par de tepezcuintles y tuvieron un pequeño encontronazo por eso—.

—¿Cómo se llama el vecino ese? —

—Sylván Montes. Vive en la finca de al lado, justo ahí— señaló.

—¿Algo más reciente? —

—Bueno, ella se quejaba del tipo al que le compró esta finca, Danilo Araya, decía que la estaba acosando para que acelerara el pago final. Conozco al agente inmobiliario, es Johnny Morano, el tipo al que llaman Sombrillas; él la estaba presionando para que le dejara participar en un trato de compraventa que ella venía negociando desde hace un par dee meses.   Los dos estuvieron aquí ayer mismo—.

—¿Conoces a estos tipos? — preguntó Ramírez, mirando a Brazona.

—Morano es extranjero, astuto y descuidado, pero paga sus cuentas. Montes es un campesino, un poco  furtivo, pero respetado, de los de toda la vida.  Araya es un estafador, siempre atrasado en sus deudas, pero ninguno de estos tipos es un asesino, inspector—.

Ramírez se volvió hacia la gringa. —¿Hay algún hombre en su vida? —.

—Hace ya unos meses. No le fue bien con ellos. Está navegando o algo así, en la marina mercante, es Nuevo Celandés el tipo, a mi me caía, bueno me cae, super bien. En fin, hace ocho meses o más que no viene a Costa Rica.

El sonido de un motor que avanzaba con dificultad por la carretera rompió el ritmo cada vez más acelerada de la lluvia que ahora golpeaba el techo de zinc, y Ramírez miró a Brazona para saber quién era el tipo del Minae y qué podía querer aquí arriba.

—Es Virgilio Verdecampos— dijo Brazona.  —Director Regional del Minae. El jefe. Supervisa ACOSA y el Parque Corcovado y no sé qué más.  —Debe de haberse enterado de esto y ha venido a echar un vistazo y presentar sus respetos. Creo que conocía muy bien a la víctima por sus numerosas denuncias y luchas contra los madereros, los cazadores furtivos y los mineros artesanales.

PARTE II

Playa Platanares                                                                   Miércoles                                                                 1645

Diego miró hacia el golfo y apretó la mano de Bárbara. —Cariño, esto va a sonar insensible, pero tienes que escucharme—.

Se había marchado del trabajo al apenas llegar, mientras se difundía la noticia. Había conducido hasta San Miguel y esperó en el cordón de seguridad que impedía el paso por el camino hacia San Miguel. Era media tarde cuando la falange de vehículos regresó de la montaña.  Había obligado a Bárbara a dejar su cuadra en casa de su tía Mimi, insistiendo en que no era seguro que condujera, y había girado hacia la carretera del puerto a la entrada del pueblo para esquivar el caos de los curiosos que cotilleaban en la calle principal, y había conducido hasta Playa Platanares; una vez allí, había tomado la calle vieja, abandonada hacía unos años por la nueva construida detrás de los albergues de lujo, y siguió insensato hasta atascarse las llantas en la arena profunda, a pesar de anedar la doble puesta, donde se detuvo para apagar el motor y volver hacia su mujer y penetrarla con sus ojos.  Había unos cuantos turistas en la playa debajo de ellos, pero él y Barbi tenían la intimidad que él deseaba y la paz que ella necesitaba.  Las nubes se acumulaban sobre el agua, flotando en la lejanía, pero aún faltaba una hora o más para que volviera a llover, y el agua seguía estando a lo lejos, con olas de hasta la cintura rompiendo en la suave playa que tenían delante.  Se extendía la faja arenosa kilómetros y kilómetros hacia el norte y el sur.  Su novia tenía los ojos hinchados y el pelo revuelto, pero su pecho se había calmado ahora mientras contemplaba el agua.

—No puedo hablar más de esto, Diego; solo necesito estar en el agua sobre mi tabla, lejos de todo esto. De todo. —

Él dejó que eso quedara en el aire un momento y continuó.  —Barbi, está a punto de comenzar un frenesí alimenticio, y va a ser descarado.  ¿Te has preparado para la llamada que debes hacer a la familia de doña Karmel? —.

—Sé que tengo que hacerlo— dijo ella. —¿Cómo demonios puedo prepararme para eso? —

—Sus herederos tienen que saber en qué se están metiendo—.

 —Ni siquiera sé si tenía testamento—.

—Claro que tenía testamento.  ¿Sabes quién es su abogado? —

—Bueno, ese tipo al que llaman Pecas se encargó de la venta del terreno—.

—Ese no es su abogado personal ni el de la empresa. Tome. —  Le entregó un nombre escrito en un trozo de papel. —Ese es su nombre, pásaselo a su familia; tienen que ponerse en contacto con él inmediatamente—.

Ella tomó el nombre y el número.

—Tiene una hipoteca, Bárbara, un pagaré a cinco años sobre su deuda de veinticinco millones—.

Bárbara frunció el ceño. —No quiero saber nada de esto—.

—Cállate y escúchame—,él le alzó la voz. 

Ella frunció el ceño, cruzó los brazos y le dio la espalda.

—Si la finca se retrasa solo dos pagos —solo dos— el banco ejecutará la hipoteca sobre la propiedad. En ese momento, el banco se quedará con ella—.

—¿Qué importa, la verdad, a estas alturas? —.

—Importa porque tiene cincuenta millones en capital y solo le faltan veinticinco millones para saldar la deuda de la finca. Importa porque, para empezar, la consiguió por debajo del valor de mercado y, con la titularidad a punto de salir en cualquier momento, la finca vale el doble de lo que ha invertido en ella, quizá más—.

—¿A quién le importa? —  Su reclamo era hostil, tenso, alzada también su voz, una bofetada en la cara.

—A sus familiares más cercanos les importará. A sus herederos. Hay una modesta fortuna en juego—.

—Por lo que me ha contado sobre ellos, ninguno vendrá a hacerse cargo de sus pagos ni a continuar con su visión. Eso simplemente no va a pasar—.

—¿Estás al tanto del acuerdo que doña Karmel estaba cerrando con la Fundación Green Leaf de Santa Cruz, California? —

—Sí, bueno, un poco—.

—Bueno, es un acuerdo muy importante, no solo por el dinero que implica, sino también por la protección del bosque y por la economía local. ¿Tienes idea de cuánto han aportado las organizaciones conservacionistas a esta península en los últimos diez años? —

—Tienes razón, Diego. Esto es una barbaridad—.

—Alrededor de cien millones de dólares, Bárbara—.

—Eso no puede ser cierto—.

—Cien millones como mínimo. No colones. Dólares—.

—Esto me indigna. ¿Cómo puedes ser tan insensible? ¿Qué interés tienes tú en todo esto? —.

Él negó con la cabeza y sonrió con amargura. 

—Hay tres hombres a los que mencionaste a la policía y que seguramente están siendo investigados como personas de interés: Morano, el tío Danilo y Montes.  Cada uno de ellos tenía un posible interés en el trato que Karmel estaba alistando, y posiblemente también el abogado que mencionaste.  Bueno, no son los únicos; hay más, seguramente. Esto se va a poner feo por aquí, y tienes que prepararte para eso, y la familia de tu amiga necesita saber en qué se están metiendo—.

Correduría Morano, PJ                                                                   Jueves                                                               0730

 —Pobrecita—. Danilo Araya se quitó su sombrerito, se lo colocó sobre el pecho y se exprimió un poco de agua entre los párpados. —Desde luego, no se merecía ese destino. Pero hay que tener cuidado al enemistarse con hombres que no tienen nada que perder, como los oreros y, claro, los cazadores furtivos…—

—Y taladores ilegales— asintió Morano. 

—Por insensible que pueda parecer— respondió Danilo con seriedad —la vida sigue, y por muy incómodo que sea, esto puede tener que ver con un posible negocio entre nosotros—.

Morano entrelazó los dedos sobre el escritorio. —Puedo conseguirte el préstamo completo de dos millones y medio— anunció —para que superes esta situación. Puedo tenerlo listo el viernes por la tarde.  Llamaré a nuestros amigos por ti, para forjarte el camino—.

—La trágica muerte de doña Karmel ha cambiado un poco mis circunstancias. Puede que, después de todo, no necesite ese préstamo—.

—No ha cambiado absolutamente nada; acabo de hablar por teléfono con la hermana— dijo Morano.  —Vendrán en un par de días para liquidar los asuntos de la herencia. Estamos muy cerca.  Fui yo quien tuvo que llamarla y darle la noticia. Sabes que ella puso la garantía para el préstamo bancario, ¿verdad? ¿Además de la mitad del depósito inicial? —.

—Si es que tenía testamento—.

—Oh, claro que tenía testamento— dijo Sombrillas. —No seas tonto—.

—Bueno, ya veremos, con Pecas no lo tenía.  Él era su abogado—.

Morano se rio. —No seas ingenuo, Chapín. Tenía tres abogados; Pecas solo se encargó de la compra del terreno. También estaba su abogado corporativo para el negocio del chocolate, y su abogado personal, que casualmente fue una recomendación mía cuando se mudó aquí y que resulta ser también mi propio abogado personal—.

—Entonces, ¿has visto su testamento? ¿Qué dice? —.

—Mira, Chapín, espabílese. No estoy aquí para darte información privilegiada solo porque me la pidas. Y tú no estás sentado sobre una jaula de gallos ganadores. Estás aquí porque me necesitas y lo sabes—.

—Hay mucho en juego en ese negocio inmobiliario— dijo Chapín. —Son gente mía, los propietarios, todos ellos parientes y amigos de la familia. Voy a cerrar ese trato—.

—Mira, si necesitas ayuda con nuestros amigos, te ayudaré.  Incluso te adelantaré el dinero para el pago.  Pero el precio es el 25 % de la operación, en exclusiva, cuando consiga que la hermana te devuelva la propiedad y mantengamos a Green Leaf en el juego, los dos juntos—.

—¿El veinticinco por ciento? —  Chapín se quedó atónito ante la falta de avaricia. —¿Sin trucos? —.

—Espero que me devuelvas los dos millones y medio por tu cuenta, no como parte de esto; te daré un mes—.

—¿Cuántos puntos? ¿Cuatro, todavía? —

—Pásame un poco de cristóbal, Chapín, unos cinco mil centímetros por 1500 el centímetro.  Que quede en tu conciencia, lo que tú creas que valga—.

—¿Y me puedes dar el dinero el viernes? —

—Antes del cierre de la jornada comercial—.

Danilo se echó hacia atrás para hacerle números, sintiendo el frío del aire acondicionado. Se puso el sombrerito y se acercó al escritorio para estrecharle la mano. 

—Lo estudiaré y te lo diré a primera hora de mañana—.

—Si te haces el mae, Chapín, te juro que me quedaré con la hermana y te dejaré fuera del trato, y no te llevarás nada. ¿Me oyes? —

—Ya te lo he dicho— respondió Chapín sin inmutarse. —Lo estudiaré. Te lo haré saber—.

A continuación, se dirigiría a ver a Pecas.  Ambos extremos contra el medio.  Pero Pecas y él podrían separar el grano de la paja y llegar a un acuerdo.  Ambos extremos contra el medio, sin duda.  Honor entre ladrones. Pecas no era el problema. El problema era Chapín. Su mujer sería maleable. No quería que las cosas llegaran a esto, pero Chapín se había envanecido de forma incómoda. Llamó a Octavio Benavides y le costó oír la voz con el chirrido de las sierras de fondo.  Quedaron en verse después del trabajo.

—Aquí no — dijo Sombrillas —hay demasiados ojos.  Iré en carro.  Bar Los Amigos, a las cinco. —

—Mi territorio —se animó Benavides.  — Nos vemos a las cinco. —

Sombrillas se metió un par de rayas más y se recostó para sentir la llegada.

Bufete Parimaldo, PJ                                                                 Jueves                                                                       0945

Cuando Chapín reapareció en el vestíbulo a través del cristal unidireccional, Pecas había estado al teléfono toda la mañana, tratando de concretar los detalles. Hizo que Cinthia lo dejara pasar antes incluso de que ella lo anunciara.

—Ni siquiera sabemos si tenía testamento —explicó.

—Sombrillas dice que sí.

—Que lo diga no significa que sea así. Dudo que él esté en posición de saberlo—.

—¿Crees que está fanfarroneando? —.

—No lo creo ni en un sentido ni en otro.  Pero sí que tiene un interés personal en mantenerte bien controlado—.

—¿Qué tengo que hacer aquí, Pecas? ¿Y cuánto me va a costar por tu parte? —.

—A medias—.

—Eso es bastante codicioso. Es mi finca, no la tuya—.

—Yo tengo responsabilidad; tú no. Además, todavía no es tu finca—.

—¿Y qué hay de Sombrillas? —

—Sombrillas puede ser útil— dijo Pecas. —Veamos qué tan unido está realmente a la familia y mantengamos abiertas nuestras opciones por si tiene alguna información sobre Green Leaf que nosotros ignoramos. —

—Averigüe si hay testamento y qué dice, Pecas— dijo Chapín, mostrando con confianza su nuevo músculo. —Y yo consideraré tu oferta—.

Se despidió y Pecas suspiró ante tanto alarde.  Chapín no tenía cartas que jugar; no podía apartarlo del camino. Pero Sombrillas podía liarla a lo grande, sobre todo si de verdad tenía contactos en la familia. Y Sombrillas era un cabrón codicioso, incluso más codicioso que el propio licenciado. Miró el teléfono y llamó a su contacto en San José.  —¿Podemos vernos mañana al mediodía en nuestro sitio de siempre? Tengo un trabajito para ti. —

—Doscientos cincuenta rojos por escucharte —respondió la voz—. Y otros tantos de depósito si acepto el trabajo y es sencillo. —

—Eso es una estafa—.

—Eso es de las grandes ligas, jefe—.

—Mañana al mediodía, entonces—.

—Si Dios quiere, allí estaré—.

Matapalo                                                                 Jueves                                                                                               0945

Bárbara no pudo mantener su enfado con Diego.  Apenas le había exigido que la llevara de vuelta a su chante y se había marchado gritando hacia Matapalo, Sombrillas ya estaba llamando por teléfono para darle el pésame, tanteándola sobre los familiares más cercanos de Kar, su abogado, su testamento y ese tipo de cosa, todo ello con el fin de proteger sus intereses tras los escandalosos acontecimientos de esa mañana.  Y había un correo electrónico de Samuel, y ella aceptó su solicitud de Skype, y él estaba llorando a lágrima viva en el puerto de Manila, y ella le explicó todo lo que sabía. 

—Ten cuidado con Pecas —dijo él—. Es un cabrón astuto. El contrato que redactó tiene algunos puntos débiles que descubrimos más tarde, algo que seguro que intentará aprovechar. Llame a Esquinas —dijo, el nombre que figuraba en el papel que Diego le había entregado.  —Es un tipo honrado y está del lado de Kar, y hará lo correcto en esto. —

—Samuel, ¿puedes venir? —suplicó Bárbara.

—No puedo hacer nada más que llorar— dijo Samuel. —No sirvo de nada allí, no hablo el idioma y no figuro en ningún contrato. Solo estorbaría—.

—¡Pero la quieres! —

—Está muerta, Barbi. No puedo traerla de vuelta. No puedo recuperar su cuerpo. No puedo arreglar nada. —

—¿Tiene testamento, Sam? —

—Ni siquiera lo sé. Supongo que no—.

—¿Y su hermana, esta Alison? ¿La conoces? —

—Su familia es muy desconectada, Barbi, gente del campo, nada sofisticada, en ese puñetero lugar de Maine, casi en la frontera con Canadá—.

El abogado contestó al segundo timbrazo. —¿Y cómo has conseguido mi número de celular? — preguntó educadamente.

—Eh, ¿qué más da? —, dijo ella, frunciendo el ceño.

—Bueno, perdóneme, Señorita Salazar— respondió él en un inglés impecable. —Me enteré por las noticias esta mañana.  Desde entonces, varias personas se han puesto en contacto conmigo. Hay una cuestión de confidencialidad.  Comprende que estoy sujeto a ciertas normas—.

—Mire, soy la única que apoya a Kar por aquí, y solo intento ayudar—.

—De acuerdo, me pondré en contacto con usted después de aclarar esto—.

—¿Aclararlo?  ¿Con quién? —

—Tengo su número aquí. Le volveré a llamar en cuanto pueda—.

La Palma                                                               Jueves                                                                                                1730

Octavio Benavides se guardó el benjamin en el bolsillo y dio un sorbo a su Imperial.  Estaban sentados en un rincón apartado, al amparo del mal karaoke, con las chicas de la tarde medio borrachas, peleándose por el micrófono.  —Tienes toda mi atención, Sombrillas—.

—Si le cuentas una sola palabra de esto a alguien, no me hago responsable de las consecuencias. Esto me supera—.

—Por las almas de mis hijos, ya me conoces, ¿qué pasa? —

—Necesito que arregles una pelea—.

—¿Entre quiénes? —

—Tu viejo está aserrando madera—.

—Tenemos un aserradero; eso es lo que hacemos—.

—Sí, pero ahora mismo tienes un contrato sobre la mesa— le señaló Morano con el dedo.

—Tenemos muchos contratos.  ¿Qué tiene que ver amañar una pelea con la madera? —

—El pichón es Danilo Araya—.

El joven delgado y de aspecto duro evaluó la situación sin comprometerse.

—Es un habitual de la arena de peleas, un buen cliente. ¿Quién es el Papito que le quieres majar? —

—Miguel Arce, posiblemente; aún no he cerrado el trato; quizá un sustituto. Tengo que dejarlo claro contigo primero. Por escrito—.

—Chapín es un caso— dijo Octavio. —Lo único en lo que es bueno es en las peleas de gallos. El chico tiene buen ojo para los ganadores—.

—Entonces no te estás haciendo mucho dinero con él si casi siempre gana.

—Paga sus deudas cuando pierde.  Todo negocio es buen negocio, Sombrillas. Ganamos dinero independientemente de cuál ave gane—.

—¿Cuánto ocupas para organizarlo todo para las peleas del viernes…y cumplir? —

—Seiscientos cincuenta para el jefe, eso si Recto lo permite, doscientos cincuenta para mí, cien para el veterinario. —

—Un millón, eso es mucha plata—.

—Lo que me pides es algo serio—.

—Organícelo y confírmame mañana. Te daré la mitad por adelantado y la otra mitad cuando esté todo listo—.

—No puedo, jefe. La mitad por adelantado, una cuarta parte el miércoles y quince antes de que se cierren las apuestas de la pelea. Te dejaré cien rojos de mi paga como garantía—.

—¿Y si gana el pájaro equivocado? —

Octavio sonrió. —Ni hablar—.

—¿Entonces es seguro? —

Benavides sonrió aún más. 

—Pues adelante, avísame cuando esté todo listo y yo me encargaré de la otra parte y le pagaré a Recto—.

De vuelta en su carro, Sombrillas se metió un par de rayas y se recostó para asimilarlo todo.  Al cabo de un rato, giró la llave de contacto. Mañana iba ser un gran día.

Villa Mills, Cerro de la Muerte                                                              Viernes                                                      1100

Hacía un frío inusual Donde Georgina, y Pecas atendía al contratista frente a un humeante plato de olla de carne mientras observaba cómo los colibríes se disputaban el néctar al otro lado del cristal.  La noche anterior, Giorgio, ahora encarnado con nombre Jorgito Camacho, había adoptado la forma del juez que juzgaba un caso civil sin importancia que Pecas había presentado años atrás.

Apenas el juez se sentó, se puso a golpear la superficie con su pequeño y furioso maso de madera.

—Alguacil, saque al abogado del demandante esposado y entréguelo a los agentes de policía que esperan fuera de la sala. — 

Pecas se quedó boquiabierto ante la sorprendente revelación de que Jorgito se había convertido en juez, incluso después de que Giorgio tuviera que cumplir esos diez años de cárcel hace tantos años.  Pecas había evitado la cárcel al declararse testigo de la acusación, lo que parecía inteligente en aquel momento, hace treinta y cinco años, pero no parecía tan inteligente ahora, en el mundo actual, donde él no era más que un abogado de tres al cuarto y Giorgio, de alguna manera, se había convertido en juez, aunque, para ser justos, todo eso era solo un sueño suyo, no la realidad.  Las nubes se desplazaban desde el oeste sobre la cordillera, y el aire seco del Pacífico se imponía a la humedad cálida y baja del flanco caribeño. Las ráfagas de lluvia abrazaban las laderas mientras los colibríes, siempre pendencieros, revoloteaban inquietos al instalarse un frente frío.

—Licenciado —le saludó el recién llegado, acercándose sigilosamente por detrás con una taza de café en la mano.

Pecas frunció el ceño y le pasó la tarjeta de visita de Johnny Morano.

—Un gringo.  De lo peor.  Finge dedicarse a los bienes raíces.  Su verdadero negocio es la cocaína.  Ya se ha quedado más tiempo del debido en Puerto Jiménez—.

El informante levantó la vista ante la gravedad de la propuesta.

—No quiero que lo liquiden —aclaró Pecas—. Quiero que le tiendan una trampa. Un cuarto de kilo. Lo suficiente para que se pase seis meses en prisión preventiva y una temporada en La Reforma, a menos que encuentre la manera de salir de ahí; para entonces ya no importará.

—¿Cuándo? —

El abogado levantó la vista y se encogió de hombros. —Ayer—.

El informante hizo cuentas: las dos horas que había conducido para llegar a este lugar perdido de la mano de Dios, otras cinco y podría haber estado en el punto, con la mercancía en mano, todo listo. Podría haberlo solucionado todo y haber vuelto a Chepe mañana al mediodía de no ser por la afición de este cliente a las intrigas.

—¿No has oído hablar de los aviones? — preguntó. —Ah, sí. Tú no vuelas—.

—No te pongas tan crítico. Tengo mis métodos. Ahora dime lo que quieres y acabemos con esto—.

—Dos millones y medio para mí, un millón y cuarto por la droga, doscientos cincuenta de cortesía, eso son dos millones setecientos cincuenta mil por adelantado, un millón y cuarto cuando esté hecho—.

 Pecas empujó un sobre por la mesa. —Ahí tienes dos millones y medio. Te pagaré el resto cuando vea la noticia en Teletica. Estaré relajándome en Chepe, siguiendo El Extra con más interés de lo habitual—.

El matón cogió el sobre y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. —Para usted, Licenciado, me vale— y se dio media vuelta para salir al aire frío y chispeante, con el fin de dar su orden en clave para regresar a Chepe y luego dar otra vuelta hacia la Zona Sur, esta vez por la Costanera.

Aeródromo de PJ                                                             Viernes                                                                                   1430

Alison Sanders y Stan Greene miraban con tristeza el cementerio al otro lado del muro bajo mientras se bajaban del avioneta.  Bárbara Salazar tenía un taxi esperándolos.  Los abrazó a cada uno mientras se presentaban bajo el sombrío sol de la mañana. Lo mantuvieron en secreto.

 —No tenemos dinero— dijo Alison con franqueza, una vez lejos de oídos indiscretos. —Es lo único que hemos podido hacer para venir a llevárnosla de vuelta, todo con mi tarjeta de crédito. Nunca me había alojado en un hotel tan bonito como el de anoche, bueno, desde mi luna de miel—.

—Somos gente sencilla— dijo el hermano menor, idéntico a Karmel.  —Kar era la rebelde, la oveja negra.  Ninguno de nosotros puede decir qué la motivaba, pero todos tenemos nuestras pistas.  Pero ella no era ninguna de azúcar y especias—.

Bárbara sonrió.

—Siempre una vagabunda— dijo Alison.

—Amigos— intervino Bárbara. —Miren, Kar tenía un sueño, un sueño bonito y esperanzador, un sueño desinteresado, y es un sueño que todavía está a nuestro alcance. Como amiga suya, le debo ayudarla a hacerlo realidad. Es su legado. Ayúdeme que se haga realidad. Ustedes son los que tienen todas las claves—.

—Hay que pagar cincuenta mil dólares por ese terreno— señaló Alison. —Aunque los tuviéramos, que no los tenemos, no sabemos nada de Costa Rica.  Somos de un pueblo perdido.  Solo soy una maestra de primaria, no una gran empresaria del chocolate.  Simplemente no está en nuestra naturaleza seguir los pasos de Karmel.  Además, este lugar —por muy bonito que sea— da miedo y es hostil.  Nos arrebató a nuestra Kar.  No puedes pensar que, de alguna manera, podamos perdonar eso y que todo quede bien, como si dijéramos: “Bueno, estas cosas pasan…”

—Sé que es indecente decirlo— dijo Bárbara. —Quiero a Kar, y me hace sentir sucia, pero es verdad y hay que decirlo. Tiene cien mil dólares en capital en esa finca y su título de propiedad saldrá en cualquier momento.  En realidad, vale DOS cientos mil en términos reales una vez que salga la escritura; al menos eso es lo que me han dicho fuentes fiables.  Para bien o para mal, esa es tu herencia de ella, y si la dejas pasar, entonces tú pierdes, yo pierdo, Costa Rica pierde y, lo más importante, Karmel pierde—.

Una lágrima resbaló por el rostro de Alison.

—Kar no puede perder más de lo que ya ha perdido. ¡Ninguno de nosotros puede! —

—¿Qué es lo que quieres que hagamos? — preguntó Stan.

Delegación GAR de PJ                                                             Viernes                                                                          1730

—Coincide, inspector. El estriado solo coincide en un 88 %, pero el percutor tiene una mella que se reproduce perfectamente en el casquillo de latón. No hay duda. Fue ese rifle el que disparó el tiro—.

—¿Y las huellas dactilares? —

—Tenemos doce huellas de dos personas; diez del sujeto A y dos del sujeto B. El hijo, al menos bajo variantes del nombre Andrés Montes, no figura en nuestra base de datos, así que no hay huellas que comparar. Pero el sujeto A coincide en un 99,2 % con Sylván Montes—.

No es ninguna sorpresa.  Su arma.  El chico tenía dieciocho años, era un chico de campo.  No es de extrañar que aún no se hubiera acercado a Pérez para sacar la cédula y dejar sus huellas.

—¿Alguno de sus sujetos viste con estilo, inspector? —

—¿Y que quieres decir con eso? —

—Había fibras incrustadas bajo la lente— dijo el técnico.

—¿Fibras? —

—De seda—.

—Fibras de seda, entre la mira —repitió Ramírez. Volvió a evocar la escena en su mente: el fino vestido blanco de estar por casa de la víctima. Era transparente. Podría haber sido de seda. Ramírez no tenía nada de seda en su armario. —¿De qué color?

—Turquesa—.

Ramírez llamó a Brazona. —Necesito un favor; ¿puedes volver a la escena del crimen? —

—¿Qué tengo que buscar? —

—Revise su ropa. Buscamos cualquier cosa de color turquesa—.

—¿Celeste?— aclaró Brazona.

—Turquesa, celeste, aguamarina, azul cielo, cualquier cosa por el estilo: una camisa, una blusa, ropa interior, , cualquier tapiz hecho de tela—.

—¿Me lo explicas, inspector? —

—Todavía no, mantengamos esto en secreto, solo ve a ver si encuentras algo. Estaré allí por la mañana con una orden de registro para Montes. ¿Tienes alguna pista sobre su ubicación? —

—Tenemos entendido que está en el bosque, oreando cerca del parque—.

—¿Oreando? —

—Oro, inspector. Oreando.  Buscando oro.  Esto es Osa, ¿recuerda? —

—Así que está lejos de cualquier carretera y va a pie. Pan comido—.

Se oyó una risa al otro lado de la línea. —No es pan comido, inspector. No tenemos amigos por allí. En esa zona solo hay forajidos. Estos carajos al rato están metidos dentro del parque, y ese terreno es imposible. Nos detectarán a cinco kilómetros de distancia, son gente de montaña—.

—Bueno, no es Desamparados ni Infiernillo. Lo atraparemos—.

—Si usted lo dice—.

—Capitán —dijo Ramírez.

—¿Sí, señor? —

—No se lo cuente a nadie—.

La Urba, PJ                                                                       Viernes                                                                                     1930

Miguel Arce salió por la puerta principal de su casa a atender el —upe— de Morano para quedarse sin camiseta y darle una mirada vacía.

—¿Qué pasa, Sombrillas, ¿necesitas unos doscientos rojos? —preguntó con una sonrisa—. ¿Tienes una putita a la vista y te tienes ganas de mandarte una onza de perico? —

—¿Qué? —

—Pon esa bonita camioneta sobre la mesa; quizá podamos hacer un trato. Un cinco por ciento para ti, Sombrillas—.

—Ni en tus sueños, Arce.  Estoy aquí para comprarte la deuda de Danilo Araya—.

Miguel Arce lo miró.  Esto era nuevo.

—¿Comprar su deuda? —

—Su préstamo. Quiero comprártelo—.

Don Miguel hizo números. —¿Por qué, Sombrillas? ¿De qué va esto? —

—Es asunto mío—.

—Son tres millones y medio. Te lo venderé más 25 puntos, si eso es lo que quieres—.

—¿4,25? Te daré 3,75—.

—Te lo dejaré por tres con nueve, oferta definitiva, en efectivo—.

—Tengo que tener su garantía firmada y legalizada—, espetó Sombrillas.

—Adelante. Quédate con la casita de su mujer—.

—Prepárelo todo, Arce; cerremos el trato por la mañana—.

—¿Quieres que Pecas lo haga legal? —

—Vamos con González, de Golfito, ¿lo conoces? —

—Hemos hecho negocios—.

—A las nueve, en mi oficina, ¿vale? —

—Tú eres el que paga, Sombrillas.  Oye, déjame prestarte un millón— sonrió —y pon tu camioneta como garantía—.

—Puedo pagar mis cuentas, gracias—.

Miguel Arce se encogió de hombros. —Avísame si cambias de mente—. 

Cañaza                                                                                    Lunes                                                                                0300

El dolor despertó a Maribel alrededor de la medianoche, y ella intentó contener sus espasmos para no perturbar el sueño de Dani.  Probó con antiácidos y pastillas, pero se quedó encogida y no pudo dormir.  A las tres se tambaleó hasta el baño para vomitar.  Chapín oyó el sonido y su gravedad se entrometió en su sueño, pero lo apartó para permanecer en la dulzura del subconsciente donde sus ángeles solían alzar el vuelo y los monstruos rara vez majaban.  Sus arcadas lo sacaron de sus campos elíseos mucho antes del amanecer y se quedó mirando al techo hasta que no le quedó más remedio que ir a ver de qué se trataba.

Nunca la había visto tan mal.  Su camisón estaba arrugado en un rincón y ella estaba encorvada desnuda contra el inodoro, con el brazo apoyado en el óvalo, su cabeza inclinada sobre el asiento, y unos sonidos aterradores salían de su interior. Su piel era plateada y brillaba a través de una capa de sudor.

—Mimi, cariño, ¿estás bien? —le preguntó—. ¿Cómo estás, amor?

Ella no respondió y se quedó en esa posición.

El plan era, de todos modos, mandarla hoy en autobús a San José, al Hospital Calderón Guardia, para tenerla fuera de casa unos días. Eso le supondría un gasto de unos doscientos o trescientos rojos, lo cual era un gran golpe para su bolsillo, todo por una simple gastritis, pero demostraba su preocupación por ella y le daba el espacio que necesitaba. Pero ese plan se había esfumado; ella no podía subir a ningún autobús en ese estado.

—Cariño —dijo él, con la compasión desbordándose. —Tenemos que llevarte a la clínica. No tienes muy buen aspecto. —

Ella movió la cabeza y consiguió girarla para mirarlo. Tenía los ojos vidriosos y febriles.

—Estoy embarazada —dijo ella.

—Bueno— esbozó una sonrisa. —Las náuseas matutinas te están afectando más que antes—.

—No son náuseas matutinas, Dani. —

—Claro que sí, cariño.

—La clínica no puede hacer nada por mí— dijo ella. —Pero ahora no hay otra opción. Ya es demasiado tarde para que vaya al hospital de Chepe—.

—Vamos a vestirte y a llevarte al pueblo para que te revisen—.

Ella se puso de rodillas y se desplomó sobre el suelo lujado en ocre rojo, acurrucándose en posición fetal, y él intentó levantarla, pero fue en vano.  Despertados de sus camas, los niños se reunieron junto al marco de la puerta.

—¿Qué le pasa a mami? — preguntó Lillo, mirando atónito.

—Nada, vuélvanse a la cama— siseó su padre, levantándose para llevarlos de vuelta a la cama.

Pero no pudo levantarla y se rascó la cabeza, con la sospecha de que tal vez la gastritis se había complicado por el embarazo, lo cual probablemente era una histeria y no era cierto. Algo le pasaba de verdad, fuera cual fuera la causa completa. Se retiró a la cocina y llamó a la Cruz Roja para explicar la situación. La ambulancia llegó cuando amanecía y los pájaros cantaban animadamente.

Los de urgencias la subieron a una camilla y la cubrieron con la sábana que Chapín había quitado de la cama.

—Bajaré en cuanto haya dado de comer a los niños y los haya llevado a la escuela— le dijo.

Pero para cuando llegó a la clínica, ella ya estaba cruzando el agua hacia Golfo y, para cuando logró hablar con el médico de guardia allí, la tenían de camino a la pista de aterrizaje, en un traslado aéreo de emergencia a San José.  Pensó en sus muchos compromisos y no tuvo más remedio que admitir que no era algo tan terrible; al menos ahora ella estaba fuera de su camino y él podía enviar a los niños a casa de su tía y centrarse en los negocios. Y tenía el seguro al día, así que no habría nada que pagar, un pequeño rayo de esperanza en medio de todo el sufrimiento de Mimi.

Banco Civil de PJ                                                                        Lunes                                                                        0930

La cuenta del difunto Karmel Greene estaba en San José, pero a la luz de los acontecimientos se transfirió a la oficina local y acabó en el escritorio de Diego.

—Una gran noticia—. Sandoval Campos era el director de la sucursal, un fichaje procedente de Pérez y jefe directo de Diego. Había descendido de su pedestal olímpico en los recovecos del sanctasanctórum del banco hasta la pequeña burbuja acristalada de Diego, cerrando la puerta tras de sí. —Se retrasó en el pago del mes pasado y el próximo vencimiento es mañana—.

—Vaya— respondió Diego. —Gran noticia—.

—El viernes por la mañana podemos ejecutar la reposesión. Tú gestionaste el préstamo; tú te encargas de su ejecución—.  Campos le sonrió, lanzándole un trocito de queso. —Seguro que te subirán el sueldo, y si consigues cerrar esa venta a esa organización conservacionista de la que todo el mundo habla, ni siquiera mi puesto estará a salvo de tu ascenso en la jerarquía—.

—Vaya— logró repetir Diego.

—Enhorabuena, hijo. No le podría haber pasado a nadie más merecedor. Buena suerte—.

Aserradero Benavides La Palma                                            Lunes                                                                       1000

Chapín se detuvo justo al entrar para que sus ojos se acostumbraran a la penumbra del galerón. El estruendo de las sierras le asaltó los oídos y, en los haces de luz que penetraban por las grietas de las paredes, el serrín se arremolinaba en el aire para impregnar el recinto en penumbra con un olor fértil y una reticencia bucólica que contrastaba con el estruendo de las máquinas y el ajetreo de los hombres.  Pilas de madera en bruto y cepillada cubrían todo el suelo, y se acercó a la sierra de faja, donde una cuadrilla de tres trabajaba con protectores auditivos y gafas de seguridad para cortar un bloque de 30 x 30 cm en tablones de 5 cm de grueso.  Chapín pasó un dedo por una superficie recién cortada para sentir el frescor húmedo de la madera y las estrías dejadas por los dientes.  Un segundo equipo, a pocos metros de distancia, tomaba la materia prima y escuadraba y cortaba los tablones en tablas de 12 cm de ancho. Un último equipo cepillaba el producto y apilaba las tablas acabadas de 2,5 cm x 2 varas en posición vertical, ordenadamente, poniéndolas a secar. Un operario lo miró con recelo cuando Chapín sacó su paquete de cigarrillos, y él salió obedientemente al exterior, alejándose del bullicio y el ruido —y el aserrín— para ponerle fuego a uno.

Severino Benavides se acercó a él arrastrando los pies con unas chanclas de suelas desgastadas para estrecharle la mano. Lo tendrían cepillado y listo para el jueves; esperaban que la última carga llegara esta noche, ya de noche, y podrían entregar lo que quedaba antes del mediodía del sábado. 

—Puedo pagar una parte en cuanto entregue la primera parte el viernes y me paguen —dijo Danilo.

—Pagarás cuando carguemos, Chapín—.

—Venga, Benavides; sabes que necesito que me paguen para poder pagarte a ti—.

—Eso no es problema mío.  No me gustaría tener que sobre montarte gastos de almacenamiento—.

Si le daba la razón, el viejo se regodearía. De todos modos, Danilo tendría la plata; es solo que, con madera como esta, no estabas a salvo hasta que estuviera en manos del cliente y el dinero en las tuyas.  La posibilidad de que te cachara el Minae a estas alturas era remota. Los permisos eran prácticamente legítimos.  De todos modos, este era un trabajo, y vendrían otros; no tenía sentido hacer olas en un barco que te llevaba a puerto, aunque tu capitán momentáneo fuera un zombi cabrón codicioso, sin sentido del humor, desalmado, de mirada vacía y devorador de cerebros.

—Tendré tu dinero.

—El viernes al mediodía—.

El ruido de la fábrica se acalló y los hombres salieron en tropel para quitarse los protectores y las gafas y reunirse en una mesa de picnic bajo un cobertizo donde la leña se apilaba para secarse a la sombra, lo cual era de agradecer.   Había café, pan dulce, galletas saladas, jalapeños en escabeche y un par de latas de atún alistados para su merienda, y se abalanzaron sobre los aperitivos y el café educadamente, felices de haberse librado del ordenado caos del taller.  Octavio, el hijo de Severino, se acercó mientras Chapín ultimaba los planes con el anciano y daba un jalón a su cigarrillo. El chico sonreía, como de costumbre, y le estrechó la mano a Chapín mientras don Severino se daba la vuelta para ir a tomar café a la casa con la doña.

—Parece que vamos a poder ocuparnos de todo —sonrió el hijo del aserrador.

—Empezaba a preocuparme —admitió Chapín. —Las lluvias y toda la vara—.

—Me lo imaginaba, ya que no has vuelto a aparecer por el redondel desde que te largaste con toda esa platica la semana pasada.

—Cada perro tiene su día —admitió Chapín.

—A algunos les tocan dos —sonrió Octavio. —No hay suerte en elegir un ganador, o bien, todo mundo es autor de su propia suerte. —  Octavio le lanzó a Chapín una mirada cómplice.  —A menos que no tengas que elegir uno. —

—¿Qué quieres decir con eso? —

—A menos que ya sepas cuál gallo va a ganar…—

Chapín miró a Octavio fijamente en los ojos. El chico tenía sus propios gallos con los que peleaba de vez en cuando y trabajaba a tiempo parcial para Justino cuando había peleas de noche, además de ser un asistente habitual en las peleas de los viernes.  Recto lo había tomado bajo su protección hacía años y le había enseñado el oficio. Se especulaba con que Octavio podría hacerse cargo de todo el negocio una vez que Justino se cansara y se fuera a Chepe o Pérez con las ganancias de una década. El chico miró a su alrededor con discreción, pero su sonrisa se mantuvo intacta.

—Tengo un asunto para ti, pero no se lo puedes contar a nadie, tienes que jurarlo, y te va a costar.

—¿Un combate amañado? —

Benavides sonrió.

—¿Cómo lo sabes? —

—Me topé con Don Justino y Don Americio planeándolo; Justino me lo contó y me metió en el ajo—.

Don Americio era el criador de gallos más admirado de la península. Era rico y gastaba mucho dinero en personal y galleros para tener siempre los mejores ejemplares.  Chapín había aprendido que se podía salir ganando con solo presentarse y apostar por los gallos de Don Ame, y lo había hecho siempre que su confianza se veía sacudida, pero no lo suficiente como para mantenerse al margen.  La mitad de sus ganancias de la otra noche procedían de apuestas seguras realizadas a dos de los gallos de Don Ame.

—¿Don Americio está amañando una pelea?

Una vez más, Octavio sonrió en silencio.

La información era explosiva. —¿Por qué a mí? —

—Mira, esto no puede llegar a oídos de Justino, o perderé mi trabajo y no me dejarán volver. Y no puedo apostar mi dinero en la pelea por conflicto de intereses. Y no puedo confiar en ninguno de los habituales que están con Justino. me delatarían—.

Pero Chapín no estaba metido con nadie, se dio cuenta. Y su asistencia era irregular, sus apuestas no seguían un patrón concreto, y se dio cuenta de que Benavides no era tan tonto como parecía con esa sonrisa de oreja a oreja y esa cara de tonto.  Francamente, tenía derecho a esa información privilegiada y, tras reflexionar con calma, se sintió un poco ofendido por no haber sido incluido anteriormente. Dejó que su mente divagara más allá de la pesca deportiva para imaginar un futuro en peleas de gallos amañados, y luego volvió a la realidad y miró la sonrisa burlona de este sabio endogámico. 

—Te voy a dar cien rojos para que apuestes por mí, y me quedo con las ganancias de eso al margen completo —explicó Octavio—. Puedes poner lo que quieras de tu propio dinero, pero me pagas cincuenta rojos más por la información.

Chapín calculó mentalmente y volvió a la realidad. —Tendría que apostar cinco tejas solo para que saliera a cuenta— dijo.

—Mae, deberías apostarte la finca en esta, huevón—.

Chapín entrecerró los ojos; la sonrisa de su compinche era maníaca.

—El marco piensa que la pelea está amañada a su favor. Y Americio no va a dejar caer al pájaro; simplemente está metido en el amaño. Es su pájaro, pero tiene a un mae de Rincón, nuevo en el galerón, que traerá el gallo de Ame para pelear. Así que el marco cree que el amaño está en su rival.  Vamos a drogar a los combatientes. Un poco de clonazepam para uno, un poco de EPO y bencedrina para el otro—.

—¿EPO? —

—Ayuda con la absorción de oxígeno, la resistencia.  Epogén.  Es algo científico—.

—¿Te refieres a lo que usan los ciclistas gringos? —

—No sé nada de eso— admitió Octavio, —¡pero sé que convierte a un gallo de pelea en un campeón! —.

—¿Quién es el marco? —

—¿Acaso importa? —

—Por supuesto que importa—.

—Bueno, es don Miguel Arce, pero, por Dios, más te vale guardarte eso para ti—.

Los nudos comenzaron a enredarse y a deshacerse en su estómago, y Chapín no dejó que se le notara en la cara. Una cosa era hacerse con un par de millones de dinero gratis. Y otra muy distinta era vengarse en silencio al mismo tiempo.

—Hace más de un año que no lo veo por el redondel—.

—Una vez que lo llevas en la sangre— dijo Octavio, —es difícil deshacerse de ello. Tiene reservas para los grandes combates. Me sorprende que no lo supieras—.

Danilo frunció el ceño. —Pero ¿qué sentido tiene si no está allí por el espectáculo de las aves en acción? —

—Es un cabrón codicioso; solo le motiva el dinero—.

Danilo asintió. Claro que sí, ese cabrón era un despiadado.

—De todos modos, también tendrá a un títere allí por él, pero apostará dos o tres millones en esto, lo que el mercado aguante. Ahora tengo un millón reservado de otros en secreto, así que todavía queda un millón, quizá hasta dos, en juego—. 

—Yo me haré cargo del resto, al menos hasta dos; es lo máximo que puedo ofrecer—.

—Necesito tu palabra. Jacobo me cambiaría una noche con su mujer por esta primicia—.

—¿Quién querría a esa vieja bruja? —.

—No está tan mal— se río Octavio. —Me la pisaría—.

—¿Y cómo sabré que el resultado está amañado? —.

—Iré a comprar una cerveza a las cinco en punto. Ven a comprarte una tú también y te diré el nombre ganador y te daré mi dinero—.

—No tomo cerveza—.

La sonrisa de Octavio se desvaneció. —Pues cómprate una maldita Coca-Cola; no hace falta que te hagas el listo conmigo—.

—Tranquilo, Octavio—.  Danilo tiró el cigarrillo y lo apagó con el pie. —Me lo pensaré. Mañana te lo diré—.

Parque Nacional Corcovado                                                          Miércoles                                                           1530

Los días eran idóneos para la minería: sol por las mañanas y lluvia suficiente por las tardes para mantener la canoa lavando material, pero no tanta como para volar las pintillas que se iban acumulando. Sin embargo, en la tarde del séptimo día desde la llegada de Sylván, se cernieron densas nubes y el viento se levantó para azotar el bosque; los altos árboles se balanceaban sobre sus cabezas, el dosel bailaba, y Carne, el capataz, hizo saber a los colegas que se retiraran.  Dejaron la canoa, la carrera de carretillos y la canaleta a merced del agua que se avecinaba y se retiraron a su rancho de plástico negro para ponerse a cubierto, con los bordes del plástico ondeando frenéticamente.  Durante media hora solo hubo relámpagos y truenos, viento cada vez más fuerte y oscuridad; el aire se cargó de agua, con un olor de ozono que parecía una droga.  El cielo se abrió, por fin, con agua como de un grifo, las nubes en guerra, cielo roto.  Desde la distancia llegó el estruendo del primer árbol caído, y los hombres se asomaron a los bordes de su refugio azotado por el viento para mirar hacia arriba, hacia la ropa interior centelleante de un dosel furioso. Los relámpagos cesaron al cabo de una hora, y los truenos rodaron por la espina dorsal para descender por el cabo y cruzar el golfo rumbo a la Península de Burica y Panamá, más allá.  La lluvia incesante que le seguía era torrencial.  Unieron sus mentes lo suficiente para hacer y tomar café, pero cuando la lluvia no mermó al anochecer y deambularon por donde cada uno vivía a su aire con el tiempo, cocinaron torpemente una comida bastante por debajo de su nivel habitual, y tras plantearse la idea de caminar entre ellos, el grupo se unió en torno a ella para dar por terminada la excavación.  Llovió toda la noche, y por la mañana su riachuelo donde oreaban era un torrente de barro; la pared se había derrumbado sobre la entrada de su túnel, ocultándola fortuitamente para su regreso. Lavaron con dificultad el concentrado de ayer en el agua embravecida y regresaron a la tienda para hacer un recuento, y cada uno comenzó a imaginar en su mente cómo gastaría el dinero que le correspondería de los 520 gramos sacados durante las dos semanas.  Era un reparto a seis bandas: Andrés y sus cuatro socios se llevaban cada uno una parte completa, y una parte se repartía entre Sylván —que no había sido socio desde el principio, pero se había presentado para cocinar y manejar la canal de lavado para liberar a un socio de pleno derecho para que trabajara— y Miguel Arce, que había adelantado al equipo doscientos mil para suministros.  Apartaron los veintiún gramos necesarios para devolver el préstamo.  Carne recogió eso junto con su parte y sacudió la cabeza con una sonrisa respetuosa. El prestamista estaba sacando más del 100 % en siete días, ochenta veces más, calculó, de lo que ganaba con su negocio de usura. Sí, a Arce se le torcería de su amargura una gran sonrisa con esto.  Cada uno guardó su parte y desmontaron el campamento mientras la lluvia mermaba a su alrededor.  Les llevó dos viajes bajar la canoa, planta, combustible y las herramientas de mano por la quebrada y después el río Piedras Blancas hasta el campamento.  La terraza de allí era lo suficientemente alta como para estar a salvo de las crecidas repentinas y se encontraba en el lado civil de la frontera del Parque Nacional, un lugar legal, el campamento base para los que se adentraban más lejos, como la gallada de Andrés.  Don Ernesto guardaba sus herramientas a cambio del uso ocasional de la bomba y un par de botellas de guaro cada vez que hacían el viaje, y de discretas incursiones, cuando la atención era escasa, para hacerse con cualquier combustible que pudiera sustraer sin mucho riesgo. El campamento de Piedras Blancas estaba bien protegido, el río rugía y el avance era complicado con la corriente crecida, incluso aquí, en la cabecera de la cuenca.  Los hombres se miraban con el ceño fruncido mientras luchaban por recorrer los últimos cien metros de su último descenso, imaginando cómo debía de estar la escorrentía río abajo, cómo probablemente se podría estar de pie en el puente del Río Tigre y sentir el estruendo de la carga del lecho reverberar a través de la tierra y sacudir los cimientos y el tablero del puente y tal vez atravesar la carne y los huesos hasta llegar a las calzas en los dientes.  Las familias se sentaban dentro de las tiendas, los niños animados por la tormenta, las mujeres tratando de mantener las cosas secas, los hombres apiñados alrededor del café caliente y compartiendo con parsimonia cigarrillos Delta para rascarse los huevos, frotarse el pecho y superarse unos a otros en el recuerdo de tiempos pasados en los que las cosas eran realmente duras.

—Entren y tomen asiento, caballeros—rugió el viejo Ernesto desde debajo de la solapa de su tienda, con un brillo en los ojos que reflejaba su travesura dentro de su litro oculto de aguardiente, que le golpeaba incluso a esas horas de la mañana.  —Voy hacer café. —

—Qué bien estar a resguardo de la lluvia— admitió Carne, frotándose las manos. Todos sonrieron, se frotaron los brazos y miraron a su alrededor, con el alcohol y las putas colándose en el recién seco rincón de sus mentes.

—Les ofrecería un paño para secarse— se río el viejo, —pero por lo que parece, solo se volverían a mojarse—.

—Dudo que haya nada seco aquí dentro— aventuró Andrés mientras levantaba un trozo de madera húmedo y se hacía cargo del fogón.

La sonrisa del anciano se desvaneció al reconocer al viejo Montes, que estaba al fondo. 

—Sylván Montes; eres el último al que esperaba ver aquí. Pensaba que te habrías largado de por aquí más rápido que una monja en apuros .

Sylván miró a Ernesto.  Habían cruzado espadas un par de veces en los viejos tiempos. Pero Ernesto ahora no era más que un viejo borracho que se las apañaba como podía, no muy diferente de él mismo.

—¿Por qué iba a largarme yo, huevón?

—La policía ha estado por aquí, buscándote—.

—No me preocupan los guardas forestales— declaró Tepe.

—No sé si el MINAE tiene mucho que ver con esto— respondió Ernesto. —Según se dice, es el OIJ que quiere hablar contigo—.

—¿Qué demonios querría el OIJ conmigo? —

Ernesto arqueó las cejas, echó café en una bolsa, lo colocó en un soporte casero y puso una jarra de plástico debajo. —¿Cómo sigue ese agüita, muchacho? — dijo, volviéndose hacia Andrés, que tenía el fuego bien avivado y crepitante, con vapor saliendo de la superficie y las primeras burbujas formándose en el fondo de la olla mientras terminaba de hervir.  Ernesto miró al segundo más joven de la pandilla y lo llevó con la mirada hasta donde estaban las tazas y el azúcar, y el mae fue obedientemente para buscarlos. Andrés vertió el agua lentamente dentro de la bolsa, y el aroma del café se extendió entre el grupo de hombres, llenándolos a todos con la promesa inminente de su delicia.

—Solo estás bromeando con el abuelo —se río Andrés, mientras vertía el agua lentamente dentro de la bolsa.

—¿Qué está pasando? —quiso saber Carne. —Si tiene problemas con la ley —miró a Andrés y señaló con el pulgar a don Sylván, —necesito saberlo. No voy a ser un maldito blanco fácil por algo que este viejo loco0haya armado. —

—Mi padre no tiene problemas con nadie. —  Andrés dejó la olla, cruzó el patio en tres pasos y miró al jefe seriamente, con los músculos de la mandíbula tensos mientras Ernesto se encargaba de verter el agua en la bolsa de café. —Más te vale cuidar lo que dices de mi tata, o tendrás problemas conmigo. —

—Tranquilo, Andrés— dijo Sylván. —Es evidente que se trata de un malentendido. Ernesto, ¿de qué estás hablando? —

—Dicen que le disparaste, Tepe, que mataste a la gringa—.

—¿Qué? ¿Quién lo dice? ¿Cuál gringa?

—Doña Karmela —dijo Ernesto en voz baja. —Tu vecina.

—¿Qué te pasa, cara de picha? —

—La han matado. Un disparo en pleno corazón—.

Sylván Montes palideció, y Andrés se giró para mirar boquiabierto a su padre.

Carne empezó a murmurar y a dar vueltas dentro del rancho de plástico mientras la lluvia amainaba un poco. —No me da mucha pena que se haya quitado de en medio—, admitió. —Esa vieja era una espina clavada, si es que alguna vez hubo una. Pero deberías haber dicho algo, cabrón. Ahora seguro que piensan que todos estamos metidos en esto—.

—No he matado a nadie— gruñó Montes. Se volvió para mirar con ira a cada uno de los jóvenes, obligándolos uno a uno a bajar la mirada hacia sus manos nerviosas. Miró con ira a Carne, quien, tras un largo rato, finalmente apartó la mirada también.

—Tu palabra me basta— rompió el silencio Ernesto, sacando la botella que tenía oculta—. Dio un largo trago y volvió a guardarla, invitando a los hombres a tomar café. Bebieron en silencio, le dieron las gracias y remontaron el río para luego subir por el pequeño afluente que discurría por el parque hasta llegar a su concesión.  Una vez que desmontaron el campamento y cargaron sus pertenencias en las mochilas, se despidieron. Andrés y Sylván se dirigían hacia la cuenca para tomar la fila que se extendía hacia el norte hasta el monte Muehler, donde cruzarían la silla del filo y se dirigirían al monte Rincón, para luego descender por el filo más lejano hasta las cabeceras del Barrigones y abrirse camino de vuelta a casa, así para no tener que pasar por Dos Brazos centro, donde seguro todas las fuerzas policiales los esperaban a todos.  El resto de la gallada se dirigía río abajo por el afluente y luego río arriba por las cabeceras de Piedras Blancas para cruzar el paso y descender a la cuenca del Río Carate, donde pasarían unos días con los compis de allí, beberían guaro que negociarían en la Pulpería del Canadiense, Harry Hansóm, y fumarían de la mecha de la cual el área tenía cierta fama, esperando a que llegaran los chismes del pueblo sobre si les iban a dar problemas por ese supuesto asesinato o no, antes de volver al pueblo.  Las nubes se disiparon un poco y la lluvia mermó hasta convertirse en una garuba fina, mientras el sol oculto iluminaba el día a través del velo de nubes que envolvía la península.  El tiempo amenazaba con volver a estropearse, y los canes estaban ansiosos por ponerse en marcha.  Gemían en el sendero y movían la cola mientras miraban hacia atrás, al grupo de hombres mojados que se daban la mano. Estaban hartos de aquel campamento de montaña, de su barro y su aburrimiento, y listos para ponerse en marcha y cazar alguna presa o, al menos, tumbarse bajo un rancho familiar en la tierra seca y sentir la suave brisa haciéndoles cosquillas en el hocico y entre los huevos.

 

Calles de PJ                                                                       Viernes                                                                                   0615

Diego le entregó a Bárbara un sobre mientras la llevaba a la pista de aterrizaje. Su cuadra estaba en casa, a salvo mientras ella estaba en San José. Eran las seis y cuarto y su vuelo salía a las siete, y él tenía hasta las ocho y media para estar en el trabajo, tiempo suficiente para volver a casa, bañarse, ponerse la ropa del oficio y esa actitud ganadora, volverse el Galán de su apodo.  Ahora se encontraba en una pendiente resbaladiza, arriesgando todo el futuro que antes le parecía tan seguro.

—Hay dos mil quinientos dólares ahí dentro —dijo.

Ella se volvió hacia él y frunció el ceño.

—Hay un papel ahí dentro con un número de cuenta. Ve directamente a un banco y deposita esto en esa cuenta, y asegúrate de identificar la transacción como el pago de la hipoteca del terreno de Karmel. El número de cuenta también está anotado—.

—Diego, esto no está bien. No es responsabilidad tuya. ¿Te estás volviendo loco? —

—Bárbara, hazlo y ya está. Hoy es la fecha límite para el pago de este mes, y ella va atrasada con el anterior.  El lunes el banco ejecutará la hipoteca de la propiedad—.

Le devolvió el sobre de un empujón y, al ver que no lo cogía, se lo dejó en el regazo. 

—Deposítalo tú si crees que es tan importante—.

Detuvo el carro a doscientos metros de la pista.

—No puedo— dijo él. —Perdería mi trabajo por esto—. Abrió el bolso de su novia y metió el sobre dentro.

—Se lo explicaré a la gente de Green Leaf y haré que lo paguen— objetó ella.  —No puedes meter tu propio dinero en esto—.

—No hay tiempo, Bárbara. Han venido para reunirse contigo y con la familia. Pedirles dinero, sobre todo de esta manera, les hará sospechar—.

—Puedo explicarlo. No hay nada sospechoso si es verdad—.

—¡Por supuesto que es verdad, Bárbara! —

—Lo siento, cariño; no quise implicar nada—.

—Tendrán que obtener autorización.  El dinero tendrá que ser transferido.  No hay tiempo.  Si este pago no se realiza antes de las cuatro y media de esta tarde, el banco ejecutará la hipoteca el lunes, y se acabó.  No solo el banco—, la miró con el ceño fruncido.  —Yo.  Yo ejecutaré la hipoteca.  Me han endosado este trabajo sucio como si fuera una maldita recompensa por todo mi esfuerzo.  Me darán una bonificación, quizá un aumentosalarial, tal vez un ascenso laboral—.

—¿Por qué haces esto, Diego? —.

—No quiero cargar con esto en mi conciencia, Barbi. Ahora vete y paga ese dinero para ganar un mes de tiempo y poder cerrar las negociaciones con esa gente—.

—De acuerdo, Diego, lo haré—, dijo ella, inclinándose para darle un beso en la mejilla. —Es un gesto increíblemente desinteresado, Diego—, dijo en voz baja.

—No podrías estar más equivocada— dijo él con severidad. —Es lo más egoísta que he hecho nunca. Quizás incluso arrogante y grosero. Aun así, es lo correcto—.

Cabinas Iguana Iguana, PJ                                                         Viernes                                                                   1000

Jafet Gallego despertó con un dolor de cabeza insoportable y una apremiante sensación de fatalidad que le hizo preguntarse dónde estaba y cómo había llegado hasta allí. Se incorporó de un tirón en la cama y miró a su alrededor. Nunca había visto esta habitación y esta vez se había pasado de cuentas.  De verdad.  No era una celda de prisión, ni una habitación de hospital.  Menos mal.  Mientras las náuseas le subían por el diafragma, se dejó caer sobre la almohada y cerró los ojos. Estaba en una cabina, y estaba solo, y en ese sentido, por el momento estaba a salvo. Sentía un calor del techo, del zinc, el sol acariciando pero todavía sin la furia de mediodía, y seguía Jafet mentalmente a salvo, por el momento.  Volvió sobre sus pasos desde la hora feliz de ayer en Juanitas, donde había empezado a tomar. Ayer había sido día de paga, Juanitas estaba bullicioso y animado, todo el mundo invitando rondas.  Ayer había sido jueves, lo que significaba que hoy… se incorporó de un salto, y cuando su sistema nervioso se puso al día con su cuerpo erguido, ambos chocaron en una sacudida que le hizo llorar y le provocó un sudor frío. Giró la cabeza desesperadamente, divisó el baño y se abalanzó a tiempo para asomar la cabeza sobre el inodoro y vomitar.  No había nada en su estómago salvo un poco de líquido viscoso y transparente, y lo expulsó con la primera arcada.  La secuencia de convulsiones que siguió produjo bilis y mucosa gástrica, aunque esta vez no había sangre de la que preocuparse.  Apoyó la cabeza contra el asiento del inodoro, descansó y sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. 

Salió a duras penas del baño y encontró sus pantalones, donde vio en el celular que eran las 10:30 . Se dejó caer y se tumbó boca arriba sobre el suelo frío. Tenía dos horas para recomponerse y preparar el trabajo por el que ya le habían pagado, y pagado muy bien. Se quedó dormido allí, sumido en sueños inquietantes, durante otra media hora y se despertó de nuevo para volver sobre sus pasos desde Juanitas hasta Agua Luna.  De ahí le vinieron destellos de recuerdos de Iguana Iguana, donde ahora recordaba que anoche iba a haber karaoke.  Había planeado tomarse un par de birras en la hora feliz, un ceviche en el boulevard y una velada tranquila, quizá alquilar un DVD.  Pero un grupo de capitanes y primeros oficiales de Reel Big había empezado a pagar rondas de tequila, y luego él había pagado rondas de tequila, y lo siguiente que supo es que, en lugar de ceviche y un DVD, se había ido por cubalibres y cigarrillos a Agua Luna y luego, como si fuera una locura, probablemente a cantar a Iguana Iguana, donde no recordaba nada, pero seguramente siguió bebiendo ron, mezclado con un par de cervezas, sin duda, y quizá más chupitos de tequila.  Tenía el recuerdo de cantar mal La Puerta Negra, pero a él le sonaba bien, un recuerdo como un déjà vu, como algo que parecía haber sucedido y a punto de volver a suceder, pero que, al fin y al cabo, no había sucedido realmente, algo que seguramente no podía suceder.  En ese hilo de memoria, se agarró a un poste y cayó al suelo, y se golpeó el codo izquierdo e hizo una mueca de dolor.  Por cualquier otro compromiso, cualquier otro en absoluto, habría llamado para decir que estaba enfermo o simplemente no habría aparecido y se habría disculpado más tarde. Pero Justino Recto no era un hombre al que se pudiera defraudar, y esto era demasiado importante, había mucho en juego.  Tenía cien rojos de sueldo fijo y el dos y medio por ciento de las ganancias en juego en este trabajo, un combate muy lucrativo con más de un millón en juego, otros veinticinco mil colones de bonificación para él.  El sueldo de hoy equivaldría a un mes de sueldo en la veterinaria.  Era aprendiz del veterinario itinerante que hacía las rondas por la Zona Sur y era dueño de la tienda del pueblo, además de sucursales en Golfito, Río Claro, Palmar Norte y Villa Neilly.  Gallego tenía planes de estudiar en Canoas una vez que completara el examen de español para terminar su bachillerato con cinco años de retraso.  Vendían concentrados y suministros para el ganado y tenían una pequeña clínica en la trastienda donde esterilizaban y castraban cada miércoles por medio y realizaban diversas cirugías y exámenes veterinarios; era un buen trabajo, y después de Canoas, tenía planes de ir a la facultad de veterinaria en San José. Era un largo camino, y trabajar a tiempo parcial como veterinario de ring en el Bambú fue un hito fortuito y vital en su trayectoria. 

Se puso de rodillas para arrastrarse hasta la ducha y le vino a la mente un vago recuerdo de estar sepultado bajo montones de carne, y se estremeció ante lo que vagamente recordaba de aquel estupor. No encontró ninguna prueba de que hubiera habido una mujer allí, pero ahora empezaba a recordar cosas en destellos que le hacían jadear de vergüenza.  Dentro de la ducha, se estiró para abrir el grifo, se tumbó en el suelo y sintió cómo el agua le salpicaba para limpiarle de pecados que se resistían a ser lavados tan fácilmente.

Una hora más tarde, tras haber bebido grandes cantidades de agua, llegó a su apartamento, donde se dio otra ducha y se tomó dos Sal Andrews con un poco de agua, a lo que siguió una Coca-Cola rancia con hielo de la botella de un litro medio vacía que tenía en la nevera, y que logró retener en el estómago.  Se afeitó, se puso ropa limpia, se peinó, se hizo gárgaras con Listerine y se tomó tres aspirinas, y sintió que si comía un poco de gallo pinto tal vez se recuperaría, podría cumplir con sus obligaciones y salir del atolladero. Era fundamental que ocultara su estado una vez que llegara al galerón gallero, ya que esto no se vería por nadie con buenos ojos.

Sacó la ampolla que Recto le había dado, la envolvió, la guardó en su mochila y se dirigió en bicicleta hacia la oficina. Era su día libre y le dio una excusa a Charma, que estaba atendiendo el local, sobre un correo electrónico que esperaba, y se apresuró a pasar a la trastienda para cerrar la puerta tras de sí.  Encendió el laptop, abrió la vitrina de la pared y sacó dos jeringuillas.  En la pequeña nevera rebuscó entre los frascos hasta que encontró y extrajo el tranquilizante y la anfetamina.  Revisó por segunda vez las fórmulas que había elaborado el día anterior para confirmar las dosis.  En la jeringa que contenía la anfetamina extrajo 10 mililitros de la ampolla de EPO, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Justino.  Mientras preparaba el rotulador verde, tocaron la puerta trasera y se quedó paralizado ante la posibilidad de que lo descubrieran.  Guardó las dos jeringas en el fondo de un cajón del escritorio, la ganadora delante de la perdedora, recogió rápidamente y se dirigió a la puerta, donde se encontró con Octavio y su sonrisa tonta.

—Pase adelante, pero callado—le dijo. —Charma está ahí en frente. —

—Justino quiere asegurarse de que estás disponible —susurró Octavio—.  Se rumorea que anoche te lo pasaste en grande.

—No te preocupes por eso —respondió Gallego, cerrando la puerta y volviendo a la silla de la oficina.

Octavio se apoyó contra la puerta mientras Jafet sacaba las dos jeringuillas y terminaba su trabajo, marcando la de atrás en verde para el ganador y la de delante en rojo para el perdedor, según la costumbre que tenían. Sacó dos pequeños corchos, insertó las agujas en ellos y envolvió las jeringuillas juntas, pegando con cuidado los émbolos con cinta adhesiva para que no se perdiera nada durante el transporte.  Las envolvió en papel higiénico y las metió en un estuche rígido para gafas que ya había utilizado antes para este fin. Lo envolvió dos veces con gomas elásticas y lo guardó en su mochila, que por lo demás estaba vacía salvo por un lapicero perdido y un cuaderno de poemas aleatorios, y miró a Octavio.  Jafet levantó una ceja en señal de complicidad y sonrió por primera vez en todo el día.

—Será mejor que te adelantes —le dijo a Octavio. —Es mejor que no nos vean juntos. Dile a Justino que llegaré en cuarenta y cinco minutos.

Acompañó a Octavio hasta la puerta trasera, apagó la compu y volvió sobre sus pasos para devolver todos los medicamentos a donde los había encontrado y guardarse los envoltorios de las jeringuillas en el bolsillo.  Empujó la silla hasta su sitio detrás del escritorio y salió rápidamente por la puerta principal, donde Charma le estaba dando el cambio de un par de bolsas de sal a un peón de la finca de don Yiyi; dijo —hasta luego, Charma— y una vez en la acera, se montó en la cleta y vamonós, silbando un compás de El Muelle de San Blas y sintiendose ya casi humano, de nuevo.  Pedaleó lentamente hasta la Soda Thompson y pidió un casado con chuleta encebollada para acabar de expulsar los restos de la pésima goma y volver a los asuntos pendientes y aún mas descarados de lo que ya había pasado, del día adelante.

Bufete Esquinas y Redondo, Pavas                                                         Viernes                                                   1030

—Sr. Greene, Sra. Sanders, estoy desconsolado por su pérdida. Karmel era una persona increíblemente especial por la que siento un enorme respeto. Sé que parecerá de mal gusto hablar de estos asuntos mientras se preparan para regresar a casa con sus restos parciales—.

El abogado Jaime Esquinas apartó la mirada de los allí reunidos alrededor de la mesa de conferencias de su despacho y la dirigió hacia la ventana, a la extensa ciudad que se extendía a sus pies.  Permaneció en silencio un momento, pero contuvo las emociones que brotaban en su interior para controlar la voz y reprimir las lágrimas que luchaban por salir.  Bárbara bajó la vista hacia el cristal inmaculado de la mesa y su vaso de agua intacto.  Los hermanos se miraron el uno al otro.

—Pero tu hermana tenía una visión, una visión benevolente y decente, una que era buena para ella y buena para la comunidad, buena para la nación de Costa Rica, de hecho, para el mundo entero. Por su bien, necesito que dejen a un lado la repulsión que esto debe causarles y que se encaren al reto de este asunto, para que juntos podamos honrar la memoria de tu hermana haciendo nuestra parte para completar su obra inconclusa—.

—Aquí estamos— respondió Stan, acercándose para apretar la mano de su hermana por el dorso. —¿Qué podemos hacer? —

—El título de propiedad de la tierra de tu hermana llegó ayer.  Ha sido aprobado y el papeleo llegará en un par de semanas. 

—¿En serio? —preguntó Bárbara, levantando la vista—. ¿Se ha concedido el título?

El abogado se volvió de la Sra. Salazar hacia los herederos. —Ya saben que el Minae ha concedido la protección ambiental y la inclusión en ACOSA, algo que también ha sido aprobado en el consejo ejecutivo y para lo cual estamos a la espera de la documentación final—.

 —Asimismo, llevará algún tiempo, hasta dos meses, que la sucesión supere nuestra burocracia y se resuelvan los términos de su testamento. Ahora bien, este es el trato. La Sra. Greene tenía un acuerdo de negociación cerrado con Green Leaf Nature Conservancy, como ustedes también saben. Se trata de un contrato de opción de compraventa con los términos exactos que ella negoció—.  Empujó copias de un documento hacia los dos hermanos.   —Es complicado porque aún no tienen plena capacidad para ejercer la opción, no hasta que el patrimonio se haya liquidado en nuestro sistema. No obstante, esto asegurará el acuerdo —suponiendo que Green Leaf no se haya echado atrás— y depositará cincuenta mil dólares en garantía, dinero que irá a parar al patrimonio si más adelante se retiran. Eso es suficiente para saldar su pago final, dejando solo unos pocos miles pendientes de su hipoteca activa—.

—Entonces, ¿no tendríamos que aportar dinero de nuestro bolsillo si este trato se frustra en el último momento? — La pregunta era de Alison.

—Unos pocos miles de dólares para cubrir los seis meses restantes de pagos hipotecarios. Una miseria comparada con lo que realmente vale la propiedad—.

—¿Y si se echan atrás? — preguntó Stan.

—Bueno, si se hubieran echado atrás— dijo Esquinas —no creo que hubieran volado hasta aquí para esta reunión de hoy—.

Los hermanos se miraron, y fue Alison quien habló.

—Vale, hagámoslo, entonces—.

—Para que quede todo claro —dijo el abogado, mirándolos fijamente a ambos— hay dos cosas que debo decirles. En primer lugar, es probable que su propiedad valga bastante más de lo que ella ha negociado, ahora que el título de propiedad será pleno y libre de cargas. Ahora es suya —o lo será pronto— y, por derecho, puede replantearse las cosas.

—No, señor— dijo Stan. —Nos gustaría cumplir con lo que Kar había pactado—.

—En segundo lugar, hay algunas irregularidades en la opción original sobre la propiedad, algunas artimañas legales que he estado investigando—.

—¿Por qué no lo vio en el momento de la venta? — preguntó Alison.

—Ella me contrató para sus asuntos corporativos un año después de que obtuviera la opción; fue un abogado local quien se encargó de la operación inmobiliaria, de esta opción, y solo había una persona involucrada. Y no fui yo—.

—¿Y eso es un problema? —.

—Bueno, es irregular; normalmente hay abogados para cada parte para evitar un conflicto de intereses—.

—Chapín y Pecas son muy amigos— intervino Bárbara —y a Kar siempre le inquietaba eso—.

—¿Chapín y Pecas?

—El marido de la mujer que vendió la finca y el abogado, Parimaldo—.

—Bueno— continuó el abogado —hay algunas formulaciones irregulares en el contrato, nada que lo invalide, pero si los antiguos propietarios hacen algún movimiento para intentar recuperar esta tierra en este momento, eso sugerirá premeditación—.

—¿Y qué significa eso para nosotros? —

—Quizá una complicación. Un retraso. Pero si yo tengo algo que ver con esto, tal acontecimiento supondría un pequeño problema para el abogado que llevó la transacción. Esta es una nación de leyes, y el fraude aquí no es una simple falta civil, sino un delito penal. No es nada que nos detenga y puede que no sea nada en realidad, solo un pequeño descuido involuntario por parte de mi homólogo.  Pero necesito que estés al tanto para que se puedan tomar medidas si surgiera algún contratiempo—.

—¿Qué es un homólogo? — preguntó Stan.

—El otro abogado— respondió Alison.  —Entonces, ¿qué hacemos? — le preguntó a Esquinas.

—Solo necesito que puedan volver los herederos sin demora si surge la necesidad, no solo en el improbable caso de que ocurra algo extraño con los antiguos propietarios, sino también dos o tres veces máximo en los próximos meses para tratar los detalles de las diversas cuestiones legales pendientes, la formalización de la titularidad, la inclusión en ACOSA, tu patrimonio y, finalmente, para el cierre.  Intentaré reducir al mínimo estos desplazamientos y agrupar las cosas donde pueda, pero no podemos permitirnos el lujo de quedarnos de brazos cruzados.  De todos modos, creo que podemos modificar ligeramente los términos del acuerdo para que Green Leaf corra con tus gastos de viaje relacionados con esto—.

—Lo hemos pensado, señor Esquinas— dijo Stan —y lo hemos discutido—.

—Está de acuerdo, entonces—.

—En realidad, nos gustaría firmar hoy mismo un poder notarial para que la Señorita Salazar represente nuestros intereses en todo este asunto, siempre y cuando ella esté dispuesta a asumir esta tarea. Estamos dispuestos a pagarle por su tiempo con cargo a los ingresos de la venta—.

Le pareció que el edificio se movía, como si un temblor surgiera del suelo y se elevara hacia el cielo, y Bárbara se hundió en su silla, encogiéndose sobre sí misma. No se le había ocurrido, pero ahora estaba claro que debería haberlo hecho, y tuvo la repugnante sensación de haber buscado esto inconscientemente, o de que se viera que lo había hecho. Cerró los ojos para convencerse de que no era así, pero aun así, lágrimas brotaban de sus ojos.

Alison continuó. —Creemos que ella está en una posición mejor que la nuestra para entenderlo todo, y confiamos en ella—. 

—¿Y han hablado de esto con la Bárbara? —preguntó Esquinas, mirando hacia ella y viendo que la emoción de la joven, su rostro pálido, limpiándose lágrimas con el dorso de la mano de sus cachetes.

—En realidad no —dijo Stan—. Bárbara, siento soltarte esto así.

—¿Nos ayudarás? — preguntó Alison.

Bárbara abrió los ojos y miró por la ventana, sintiendo recompuesta por la inconsciente lloradera. —Si eso es lo que quieren— dijo, tras seguir la mirada del abogado hacia el mundo que se veía fuera de la ventana, —lo haré—.

—Licenciado —sonó el intercomunicador—. Ha llegado la gente de Green Leaf.

—Prepararemos el poder notarial después de nuestra reunión— dijo él. —Tómese un vaso de agua, doña Bárbara—dijo, levantándose para coger una caja de pañuelos de papel y ofrecérsela. —Y prepárese mentalmente un poco—.

Pulsó el botón del intercomunicador. —Hazles pasar, Nancy, y pregúntales si quieren café, refrescos o cualquier otra cosa—.

Calle Comercial, PJ                                                               Viernes                                                                           1100

Danilo convenció a don Severino de que al menos dejara a sus maes cargar mientras él reunía el soborno, así que cuando consiguió la plata de Sombrillas a la una de la tarde, todo estaba en marcha.  Llegó a La Palma a la una y media, volvió a confirmar con don Fernando que tenía el dinero en efectivo para pagar la entrega a las tres, y pagó sus dos millones en el aserradero por el envío de hoy.  Octavio, según informó el anciano, estaba en el Redondel El Bambú, preparándose para las peleas de la noche.  Los camiones de Araya atravesaron la ciudad a las dos y llegaron a la obra en Tamales media hora más tarde.  Fernando regateó por pura forma por algo de madera de albura en unas cuantas piezas, pero se alegró de ver su madera y pagó su saldo de cinco millones en efectivo, descontando los cien mil negociados por la albura, lo que dejó a Araya con seis millones novecientos mil. 

Con otras dos horas por delante, lo estudió detenidamente y decidió saldar su deuda con Miguel Arce allí mismo para librarse de sus pagos mensuales de intereses. Arce estaría en el banco a esa hora del día y no contestaba al celular, así que Chapín esperó en la entrada.  Efectivamente, Arce salió a las cuatro y cuarto, tras haber depositado sus ingresos viles, de camino a Juanitas para tomarse un par de cocteles en la hora feliz y celebrar otro día lucrativo en el negocio de la usura.  Y esperar la llamada de su lacayo de Bambú.  Araya lo llamó para que se acercara al Samurai.

—Hola, don Miguel, vamos a tu oficina —dijo—. Me gustaría saldar mi deuda contigo.

Arce sonrió ante la serendipia de su continua racha de buena suerte.

—Bueno— don Miguel puso el pie en el estribo para apoyar la carpeta que sacó de debajo del brazo y la dejó sobre la rodilla. Rebuscó una copia de los documentos firmados anteriormente con Sombrillas.  —Tu deuda conmigo está saldada— le entregó el documento. —Tienes un nuevo acreedor, así que puedes ir a hablar con él sobre eso. Tú y yo estamos en paz; no me debes ni un céntimo—.

Araya frunció el ceño y se quedó mirando el documento, en el que todas las palabras complicadas se amontonaban unas sobre otras.

—¿Qué es esto?

—Sombrillas me negoció tu deuda esta mañana. Es a él a quien tienes que pagar—.

—¿Qué? ¿Por qué haría eso? —

—Ni idea— respondió Arce. —Aunque no me voy a quejar, ya que me he quedado con un millón gratis que habría perdido si me hubieras pagado antes de que él cerrara el trato conmigo—.

Los dos hombres se miraron; Danilo lo analizó rápidamente, pero nada de aquello tenía sentido.

—Ven a Juanitas, Chapín —dijo Arce con una risita—. Déjame invitarte a una copa para celebrarlo. Este es el mejor trato que he hecho contigo—.

—Ya sabes que no tomo—.

—Ah, es verdad—.  Quitó su pie del estribo, quizá con demasiada rapidez. —Bueno, ya sabes dónde puedes encontrar a Sombrillas para saldar la cuenta—.

Pero la camioneta de Sombrillas no estaba estacionada en la calle frente a su oficina, ni estaba en su casa, y con su cita en el puesto de comida a menos de cuarenta y cinco minutos, era demasiado tarde para ir a buscarlo.

Playa Platanares                                                                      Viernes                                                                         1400

—Dos millones y medio—. Sombrillas lo dejó sobre la mesa y el hombre que se presentó como Flaco lo contó. Se reunieron tras las cortinas cerradas de la habitación que Sombrillas había alistado para la cita clandestina.

—¿Y esto es cosa segura? — preguntó Flaco. Con los altos márgenes de su línea de productos, su organización ni siquiera se molestaba con los pormenores del juego, prostitución y protecciones, dejando esas varas para la mafia chusma. Pero surgían contratos extraños. De todos modos, sus jefes querían que esto se hiciera, y él iba a ganar un cuarto de millón de pesos saliera como saliera, así que se trataba de pan comido.

—Dinero en el banco —el corredor gringo se recostó en la silla y sonrió.

—Entonces, si pongo medio millón de mi propio bolsillo en esta apuesta —dijo— ¿me llevo medio millón de ganancia más mi paga?

—Depende de si nuestro infiltrado consigue más apuestas.  Ahora mismo, estamos seguros de que habrá 2,5 millones apostados por el gallo contrario—.  Señaló el dinero en efectivo sobre la mesa.  —Puede que haya o no haya sitio para una apuesta paralela tuya.  Dicho esto, Octavio es bastante ingenioso.  Solo tienes que preguntar—.

Banco Civil de PJ                                                                     Viernes                                                                           1630

Receloso por haber sido convocado a una reunión con el director de la sucursal a las cuatro y media de la tarde de un viernes, Diego Bonamérito puso cara de póquer sin mucho entusiasmo, dio unos golpecitos en el marco de la puerta y asomó la cabeza. —¿Listo para recibirme, jefe? —

—Pase, pase— el jefe apartó el teclado y señaló con un amplio gesto el asiento frente al escritorio, girando su silla para alejarse del monitor. —Tengo malas noticias, hijo; parece que han conseguido los pagos de la finca de Greene justo a tiempo. El ingreso se realizó esta mañana a las diez y media en San José—.

—Ah, ¿en serio? Bueno, ¿entonces no tendré horas extras la semana que viene, después de todo?

—Parece que será la rutina de siempre—.

—No es rutina, señor. Me encanta mi trabajo—.

—Galán, no sé si conoces a Marco Sanabria—.  El señor Campos se levantó para dar la bienvenida al recién llegado. El señor cerró la puerta tras de sí, le dio la mano a Diego y se volvió hacia Campos para estrechársela también.

—Hasta ahora me toca el placer— sonrió Diego.

—Es el director regional de seguridad, de la oficina de Pérez, y acaba de ascender del puesto de investigador en la sede central—.

—Es un placer conocerle, señor. Si puedo servir en algo en su importante trabajo, no dude en pedírmelo—. Volvieron a sentarse.

—Galán —continuó Campos—. El ingreso para el pago de la hipoteca indica que lo realizó la Sra. Bárbara Salazar.

—Mi novia— confirmó Diego. —Está en San José con los familiares de Karmel Greene. Ya sabes que eran muy buenas amigas. Tengo entendido que iban a reunirse con el abogado de la señora Greene y con algunas personas que venían de Estados Unidos para negociar con doña Karmel la compra de su propiedad y otras cosas, ya sabes, todo el asunto de los terrenos.

—Estás bastante bien informado —dijo Campos, con una sonrisa que se desvaneció un poco.

—Ha sido una semana muy emotiva para Bárbara— dijo Diego. —Al fin y al cabo, jefe, su mejor amiga fue asesinada a sangre fría hace cinco días—.

—Una gran tragedia— comentó Sanabria, persignándose.   —Menos mal que tiene a alguien en quien apoyarse en un momento tan difícil, Señor Bonamérito—.

—Sí, bueno, he intentado ser un pequeño consuelo a mi modesta manera. Pero hay cosas tan grandes que no puede haber consuelo, por leve que sea. Jamás—.

 —Estamos un poco preocupados, Diego— intervino Campos, —por el momento y la naturaleza de este pago de hoy—.

 —¿En qué sentido, jefe? —

—Bueno, al final esto puede que sea culpa mía. No comprendí la complicada naturaleza de las relaciones en este caso.  No soy de aquí y puede que haya actuado con precipitación.  En retrospectiva, sin duda habría asignado esta ejecución hipotecaria a otra persona, alguien sin intereses creados. Es solo que tengo tanta confianza en usted, Danilo, y no comprendí sus conflictos fundamentales de interés—.

—Señor, con el debido respeto, no era una ejecución hipotecaria, solo una potencial—.

—Creo que sabes a qué me refiero, Diego—.

—No sé nada de este tipo de cosas— dijo Diego —pero ¿no cree que, con tanto en juego, un abogado de alto nivel del difunto, una multitud de compradores volando desde el extranjero para cerrar un trato, los herederos sobre el terreno, que es posible —quizá incluso probable— que, con toda esa capacidad intelectual y estos intereses creados, no hayan considerado que redundara en su beneficio pagar la deuda y evitar la ejecución hipotecaria de la finca? —

Campos se recostó en su silla y sonrió. —Es una observación muy acertada— reconoció. —Francamente, esperaba que eso sucediera; de hecho, me habría sorprendido que no se hubieran ocupado de ello. En fin, ahora ya lo han hecho—.

—Jefe— Diego se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y una sonrisa ahora muy sincera. —¿Por qué no me dice directamente lo que tiene que decirme? —

Los ojos de su jefe se posaron en Sanabria.

—Bonamérito, el martes usted sacó 1,5 millones de colones de su cuenta personal—.

—Señor Sanabria, conozco perfectamente mis transacciones bancarias personales, y también conozco perfectamente las normas internas de conducta ética y las directrices de nuestra institución, lo suficiente como para saber que el hecho de que usted investigue mis transacciones bancarias personales es un motivo de despido:  pues es un delito criminal—.

—Bonamérito, soy el director de Seguridad y mi trabajo consiste en investigar irregularidades. Estoy plenamente autorizado, en virtud del reglamento de personal del banco, a investigar tus transacciones—.

—Solo— Diego levantó un dedo, —si se me sospecha de una irregularidad en el trabajo.  Ahora bien, parece que ustedes dos están embarcados en una caza de brujas. Pero les señalaré educadamente que, incluso si sus sospechas estuvieran realmente fundadas —un —si— bastante grande— se volvió para mirar con ira a su jefe —incluso si yo hubiera pagado personalmente la hipoteca de Greene, eso no infringiría ninguna norma.  Así que, aunque sus sospechas resultaran estar completamente fundadas, sus acciones de investigar mi cuenta, acciones que acaba de admitir delante de un testigo— se volvió de nuevo hacia su jefe antes de penetrarle su mirada al frente de Sanabria —ha cometido una infracción por la que puede ser despedido y por la que podría ser considerado responsable no solo civilmente, sino incluso penalmente—.

—Diego, Diego, Diego, cálmate— dijo Campos levantando las manos. —¿Qué te pasa? Nadie te ha acusado de nada aquí.  Escucha, tienes que admitir que resulta un poco sospechoso, eso es todo.  Tú lo sabías perfectamente: sacaste dinero de tu cuenta bancaria que más que cubría el pago de la hipoteca, y ese pago lo ha abonado hoy tu novia.  Ahora tienes que admitir que las coincidencias aquí son considerables y un poco inquietantes—.

—En realidad, no, parece que usted está siendo paranoico, señor, y cuestionándose a sí mismo—.

—Mira, Bonamérito—, Sanabria se puso severo, —solo dinos qué hiciste con el dinero, despeja nuestras sospechas—.

—Estaré encantado de decirles lo que hice con mi dinero— respondió Diego volviéndose hacia ellos. —Ante una junta de revisión al completo, con sus dos jefes presentes y un asesor legal de mi elección—.

—Estás exagerando— espetó Campos. —Tu novia tiene mil quinientos dólares en su cuenta, bueno, más que eso, y no se ha tocado. Ese dinero vino de algún sitio. Creemos que se lo diste tú—.

—¿Por qué haría eso, jefe? —.

—¡Eso es lo que queremos saber nosotros! — levantó la voz el director de Seguridad.

—Escúchese a sí mismo. Se está poniendo en una situación delicada.  Ahora ha admitido haber husmeado en la cuenta de un cliente para satisfacer su propia curiosidad sobre un plan descabellado que se le ha ocurrido.  Usted y yo, señor —dijo Diego— parecemos estar hechos de una madera totalmente diferente.  Cuando me siente en su silla —no sí, señor, sino cuando— no haré caso omiso de la política de la empresa por un capricho, a diferencia de usted, en aras de mi propio ascenso—.

—Diego Bonamérito, te estás pasando de la raya—.

—Muy bien, señor. ¿Es eso todo? —

Redondel El Bambú                                                       Viernes                                                                                  1730

Los habituales se apiñaban en las gradas y Chapín echaba un vistazo a los cuidadores que se encontraban al margen de la acción, tratando de localizar al mae de Rincón de don Americio.  Observó cómo Octavio daba vueltas estrechando manos y dando palmadas en la espalda, todo sonrisas, y cuando, a las cinco en punto, se alejó del bullicio antes del segundo combate para dirigirse al puesto de comida, Chapín lo siguió.

—Déjame invitarte a una —le ofreció—. Oye, un Águila para mi amigo y una Coca-Cola para mí.

Octavio esbozó una sonrisa de lado. Dio un sorbo y se secó la humedad del bigote. —El resultado está amañado—.

—Vale, pues yo apuesto cuatro millones—.

Octavio lo meditó. Sabiendo por su negocio de la madera que Chapín estaría forrado de dinero, había traído quinientos mil de su propio bolsillo preparados precisamente para esta eventualidad, y el sustituto de Sombrillas quería otros quinientos, pero cuatro melones era otro nivel.

—Tres es pasado el límite en este caso. Un milloncito es todo lo que he podido conseguir de más para esto—.

—Que sean tres y medio— No me coqueteés, huevón. —

—De acuerdo, se lo diré a Justino; tu pájaro pelea en la quinta. Las apuestas se abren cinco minutos después de la cuarta pelea. Ya sabes cómo va esto—. Benavides se dio la vuelta.

—Oye, Octavio—, Chapín lo detuvo, con la mano en el codo del hombre.

—¿Sí? —

—Gracias, mae—.

Octavio esbozó su sonrisa de megavatios. —Te lo has ganado, Chapín, viejo amigo. Disfrute de la pelea—.

 Delegación GAR de PJ                                                               Viernes                                                                       1745

En la sede central bromeaban diciendo que, con todo el tiempo que pasaba en Jiménez, estaban pensando en abrir una sucursal de la OIJ allí y ponerlo a él al mando. Ja, ja, ja. Aun así, la vida por aquí no estaba nada mal. El pueblo tenía un extraño encanto, y había algo en el golfo al frente y en los pastizales y la montaña a la espalda que le traía recuerdos de la pequeña finca de su abuelo a las afueras de San Ramón.  Hacía un poco más de calor de lo que le gustaba, llovía un poco más de lo que estaba acostumbrado, pero uno se aclimata a cosas peores que eso. Sonrió ante la idea de darle la noticia imaginaria a Yanori. Ella había montado un escándalo por la mudanza de San José a Villa Neilly; imagínate su apoplejía al ser degradada aún más a un puesto avanzado en medio de la nada.  Ramírez se río entre dientes al pensarlo.  Un par de años más y el puesto de supervisor sería suyo de vuelta en Chepe como jefe de división, y el sacrificio de Yanori valdría la pena con el sueldo más alto, una casita bonita en Santa Ana o algún sitio agradable por el estilo, buenas escuelas para los niños, un carro del año, todos esos adornos de la clase ascendente.

Neilly estaba muy nervioso por una pista candente que tenían entre manos. Al comandante le preocupaba que la información pudiera caducar, y como Gutiérrez estaba de vacaciones y sus maes de la unidad antidroga estaban ocupados con la operación encubierta en Canoas, Ramírez había recibido el visto bueno para esta redada, y la orden judicial había llegado una hora antes en la última lancha del día.  De todos modos, ¿qué gran distinción iba a establecer entre homicidio y narcóticos, o robo a mano armada, extorsión, secuestro o cualquier otra cosa, para el caso? Un delito grave era un delito grave, y no había pestañeado ante la misión especial. Su tasa de casos resueltos era inusualmente alta, y un pequeño trabajo extra como este solo le haría quedar bien cuando llegara el momento de que los peces gordos lo reincorporaran a la sede central.

El capitán Brazona tenía a sus agentes preparados en la Delegación, y todos sabían que algo se estaba gestando, pero no sabían qué era. Por consejo de Brazona, solo ellos dos estaban al tanto. Eso mermaba un poco la versatilidad de su inteligencia local, pero mantenía en secreto la posibilidad de cualquier filtración.  El sospechoso se había escabullido sin que nadie se diera cuenta; su camioneta había desaparecido del lugar donde la había estacionado, frente a su oficina, a unos trescientos metros de la Delegación.  Ramírez calculó que había un 50 % de posibilidades de que el tipo se hubiera enterado y se hubiera largado con la mercancía —eso si es que la pista era fiable— ya que, por lo que había visto en el cementerio, no estaba especialmente seguro de que fuera a dar en algo. Cuando vio el carro del sospechoso cruzando la pista de aterrizaje al volver en apariencia de Playa Platanares, envió un mensaje al capitán para que estuviera listo.  Efectivamente, el Four Runner rodeó la pista y volvió por este lado, y el sujeto giró doscientos metros más allá de donde Ramírez se había metido en la sala de espera de NatureAir para verlo pasar.  Su hombre se dirigía a casa, así que le envió la palabra clave y se dirigió a la esquina para esperar a los refuerzos.

*

Morano entró por el portón deslizadizo de su casa y cruzó el umbral, con las entrañas retorcidas por la tensión que le provocaba aquella complicada maniobra, que ya había superado la fase de planificación y se encontraba en plena ejecución. Se había jugado casi todo su dinero en esto y, si por cualquier motivo las cosas salían mal, se quedaría con unos míseros mil dólares a su nombre.  Pero si todo salía bien, recuperaría toda su inversión esa misma noche y, cuando acabaran con Chapín al día siguiente, tendría asegurada la propiedad de su mujer, un nuevo y poderoso cómplice para dejar fuera a Pecas y el camino libre para hacerse con el control del acuerdo con Green Leaf. Podría embolsarse hasta doscientos mil dólares en total, y el suspenso se cernía denso a su alrededor.  Se metió un par de rayas y se recostó para encender la ESPN e intentar desviar su atención del estrés del momento. Había hecho su parte y ahora tenía que confiar en que sus mercenarios hicieran la suya.

Cuando las puertas de ambos lados de su casa se abrieron de golpe, se quedó mirando, atónito, mientras la Guardia lo rodeaba, con las armas desenfundadas y apuntándole a la cabeza. Los martillos estaban amartillados y la mano de uno de los hombres temblaba sobre su revólver de servicio, con gotas de sudor que brotaban de su frente y le resbalaban por la cara.  Morano levantó las manos lentamente.

—Tranquilos, muchachos —dijo—. Bajen las armas. No ‘toy armao.  Tranquiiiilo..

—Descansen, muchachos—. El capitán Brazona dobló la esquina del marco de la puerta astillado, con la pistola sujeta con ambas manos apuntando hacia el suelo.  Se asomó al salón, seguido por un tipo de paisano con vaqueros azules y un polo, con la placa asomando por encima del cinturón y una Glock enfundada en la cadera. 

—Sombrillas— lo saludó Brazona con severidad.

—Capitán— le devolvió el saludo Morano. —¿De qué se trata esto…tan ingrato?—

—Mira esto— gritó uno de los agentes desde el comedor, mostrando una bolsita con polvo blanco.

—Capitán, dígales a sus hombres que no toquen nada.  Oficial —dijo Ramírez, volviéndose hacia el joven agente—. Por favor, devuélvalo al lugar donde lo encontró.

—Como dice el inspector —ladró el capitán—. —Polanco— le dijo al agente infractor— tú sabes que no se hace eso. ¿En qué estás pensando?

—Señor Johnny Morano, supongo—. El inspector se sentó en el sillón frente a Sombrillas.

—Le llaman Sombrillas —dijo Brazona.

—Sí, señor—, respondió Morano.  —¿En qué le puedo servir? —

—Soy el inspector Enrique Ramírez, de la División de Homicidios de la OIJ—.

—¿Homicidios?  Si se trata de esa gringa, yo no tengo nada que ver con eso. Ni con nada. No soy un asesino—.

—Oh no— sonrió Ramírez. —Nada de eso, siento haberle asustado. Me han cedido por un día a la División de Narcóticos—.

—Bueno, ahí lo tiene— miró la bolsita que había vuelto a la superficie de la mesa. —Ahí lo tiene. Uso personal—.

Ramírez sacó una hoja de papel doblada del bolsillo de su camisa y dio unos golpecitos con el documento abierto sobre su mano izquierda abierta. —Tengo aquí una orden para registrar el local. Si hay algo que quiera declarar desde el principio, le aseguro, por mi honor, que tomaré nota de su cooperación para una posible indulgencia judicial más adelante. Mi palabra, señor Morano—.

 —No tengo nada que declarar —se río Sombrillas—. Ya han encontrado lo que buscaban. No hay nada más.

—Vamos a poner su casa patas arriba, señor Morano. ¿Está seguro de que no quiere cooperar con nosotros antes de que lo hagamos? —.

—Inspector, haga lo que tenga que hacer. Eso es todo lo que tengo. Lo juro—.

Ramírez se volvió hacia Brazona y le hizo un gesto con la cabeza. El capitán entró en el dormitorio, que quedaba fuera del campo de visión, y en el cuarto de baño contiguo, y regresó con un paquete envuelto en cinta de embalaje, con las manos enfundadas en guantes de plástico. 

—¡Carajos hijueputas! —se río Morano—. Pélamela; lo plantaron ustedes mismos.   Esto es un sabotaje. —

—Señor Morano —dijo Ramírez—. Necesito que se ponga de pie, por favor, y se gire hacia la pared y apoye las manos contra ella. Quiero que separe las piernas. Voy a tener que registrarte antes de su esposado y detención.

Redondel El Bambú                                                         Viernes                                                                               1800

Flaco nunca había observado una pelea de gallos y no tenía ni idea de qué esperar. Pero a los pocos segundos de que soltaran los aves, las cosas no pintaban bien para el  local.  Octavio Benavides observaba con ceño fruncido lo que estaba sucediendo, pero se obligó a tratar de disimular su sorpresa.  Justino Recto lo observaba todo con frialdad desde el borde del foso y sopesaba sus opciones mientras el veterinario, que claramente había confundido las dos jeringuillas todavía no captaba que el resultado salió al reves.  El mae había estado de fiesta la noche anterior y había hecho su trabajo con la cabeza confusa, pareciera, y ahora, en lugar de marcharse con su millón, Recto se vería obligado por el honor a devolver los tres millones en apuestas que estaban bajo su garantía implícita, lo que convertía esto en un desastre para él de cinco millones de colones.  Benavides tendría que tragarse su propia apuesta; lo habían enviado específicamente para asegurarse de que Jafet estuviera a la altura y compartía la responsabilidad. No podía presionar a Jafet para que pagara la deuda; demonios, el mae era un aprendiz que ni siquiera tenía formación académica aún sin recursos.  Benavides tendría que asumir la responsabilidad; al fin y al cabo, él había traído el negocio en primer lugar.  Aun así, no era culpa de Benavides.  La culpa era de ese tonto de Gallego y de ese demonio del guaro.  En su línea de trabajo, en recintos más grandes habría quienes se tomarían un error así con más dureza y, como mínimo, le darían al mae una buena paliza, quizá algo peor.  Pero Recto era un evangélico devoto y difícilmente se desviaría hacia algún abismo moral sin obtener nada a cambio, solo por el mero hecho de la retribución.  Eso habría comprometido su propia integridad, tanto ante la comunidad de los hombres como ante la de los ángeles. Al fin y al cabo, solo eran tres millones de pérdidas reales, las ganancias de un par de semanas. A medida que avanzaba el combate, rezó al Señor para que un milagro contrarrestara el desequilibrio químico mediante la intervención de la voluntad divina, pero intuyó que el asunto realmente no alcanzaba el nivel suficiente como para que el Señor se interesara personalmente por él.

Desde el borde del ring, Chapín vitoreaba y rugía, y cuando su pájaro se elevó por encima del de su rival y se abalanzó sobre su pecho con sus espuelas de navaja, supo que todo había terminado antes incluso de que el pájaro cayera al suelo para temblarse moribundo en el charco de sangre que se extendía a los alrededores de él.  Los criadores irrumpieron en el foso para sacar a sus aves, una vez terminada la pelea, y el perdedor se llevó al pájaro herido agarrándolo por las patas, claramente fuera de combate incluso para un simple examen por parte del veterinario de esta noche junto al ring.   Araya dio un puñetazo al aire y levantó los brazos, con cuidado de no mirar a Octavio y arriesgarse a una mirada significativa que pudiera ser vista por quienes estuvieran atentos a esas cosas.  Simplemente había tenido suerte, eso era todo, y ahora solo tenía que ir a recoger su apuesta de tres millones y medio y los tres millones y medio de ganancias.  No era un mal negocio para un día, sobre todo tras haber cerrado el acuerdo de la madera que llevaba tanto tiempo en el aire.   En ese momento tenía una ganancia global del día de nueve millones.

Atendió la llamada de Mimi de camino a la ventanilla de apuestas.  Solo que no era Mimi.

—Señor Araya, le habla el doctor Alfonso Villareal, del Calderón Guardia de San José.  Señor Araya, necesito que haga planes para viajar a San José de inmediato—.

—¿Qué pasa, doctor Villareal? ¿Cómo está mi pequeña, cómo está mi Maribel? —

—Lo siento mucho, señor Araya. No la pudimos salvar—.

El caos a su alrededor se detuvo como en cámara lenta, un silencio sobrenatural sustituyó al alboroto que reinaba en el galerón mientras se preparaban para la sexta y última pelea de la noche. Podía oír los latidos de su propio corazón acelerándose ante el momento de cobrar y el tipo que tenía detrás le empujó hacia delante en la fila, ansioso por cobrar sus pocos miles de rojos. —¿Qué? —

—Su esposa llegó en estado de shock séptico avanzado a causa de una úlcera estomacal. Se encontraba en las últimas fases de un carcinoma gastrointestinal aparentemente no diagnosticado. La llevamos a quirófano apenas llegó por ambulancia.  Pero ya era muy tarde.  Me gustaría explicárselo en persona tan pronto como pueda venir a reclamar el cuerpo. Lo siento mucho por su pérdida, señor Araya. Especialmente teniendo en cuenta a su hijo que aún no había nacido. —

Guardó el teléfono y se acercó con la mirada perdida a la mesa, dejando que don Justino contara el dinero sobre la mesa y le pusiera el fajo en la mano.

—Enhorabuena, Chapín— dijo con gravedad. —Siempre has tenido un don para elegir a los ganadores—.

—Gracias, don Justino—.

—¿Qué te pasa, mae? No pareces muy contento—.

—Mi mujer— dijo. —Acabo de enterarme de que acaba de morir en una cirugía—.

Justino miró a los ojos del joven y se quedaron mirándose durante varios segundos.

—¿Tu mujer estaba en el quirófano y en lugar de estar a su lado, estabas aquí apostando los gallos?

 Araya se embolsó el dinero y se dio la vuelta. La cosa pintaba mal, sí, pero no era culpa suya. No tenía ni idea de que la iban a operar y no le daba ninguna importancia al tema del embarazo. No sabía lo grave que era. Al fin y al cabo, solo se trataba de una gastritis crónica.  Se quedó sentado en el carro unos instantes, incapaz de ver cuál era el siguiente paso, con un mundo de responsabilidades y obligaciones no deseadas que ahora se cernían sobre él. Se sacudió para salir de ese estado, despertando a la realidad de la gran cantidad de dinero que llevaba encima. Echó un vistazo a su alrededor para ver si alguien lo estaba vigilando. Arrancó el motor y bajó a toda velocidad por los baches de la calle del Bambú, con el carro dando botes y golpeándose por el camino.  En la carretera miró a la izquierda para volver a Cañaza y esconder la harina, preparándose para dar la noticia a los maes, pero en lugar de eso giró a la derecha para localizar a Sombrillas y averiguar qué coño de chanchullo estaba montando, cobrar lo que le debía y llamar a los maes del cartel para que vinieran a recoger su dinero esa misma noche.

Pero la camioneta de Sombrillas estaba frente a la Delegación. En la esquina de su calle, parecía una convención de policías en su casa: unidades de patrulla tanto como camuflados, una furgoneta, cinta de escena del crimen, un guardia en la entrada, policías de paisano y uniformados. Se alejó lentamente y dobló la esquina para circular lentamente por la calle de la pista de aterrizaje y pensar a quién llamar para conseguir la primicia cuando sonó su teléfono.

—Ha habido un cambio de circunstancias, Chapín —anunció Pecas—. Parece que nuestro mae, Sombrillas, se ha retirado del juego. —

—¿Se pegó un tiro?

Pecas se río entre dientes. —Está en la cárcel. ¡Detenido! —

—¿Detenido? ¿Por qué? La policía está como hormigas en su casa—.

—Algo relacionado con drogas, algo grave; aún no tengo toda la información—.

Danilo siguió conduciendo y lo pensó detenidamente.

—Chapín, despabílese— dijo Pecas. —Yo vuelvo mañana por la tarde al pueblo. Necesito verte en la oficina el domingo por la mañana. Pero a primera hora de mañana necesito que hagas las maletas y te mudes de nuevo a la finca, con tu mujer, los niños, los perros, todo—.

—No tengo perros, abogado. Soy cinófobo—.

—Ya sabes a qué me refiero. Hazlo mañana, pon tu casa en alquiler. Tengo una idea. Quedamos el domingo a las diez de la mañana—.

—Pecas, ha pasado algo más— dijo. Pero la línea se había cortado. 

Marcó el número de Canoas. 

—Dile a don Javier que tengo su plata y que mande a su gente, pero ya.  Estaré esperando en mi casa—.

Se quedó atónito al llegar a su entrada media hora más tarde y encontrarse con un Gran Vitara del año, negro, nada menos, estacionado junto a la inusual oscuridad de su casa.

—Qué rápido— dijo Araya mientras el hombre nuevo lo seguía al interior de la casa, donde encendió las luces.

—Andaba por el barrio —dijo el hombre, levantando una ceja.

—¿No te vi esta noche en el redondel? —

—Un pitazo— sonrió amargamente. —Pero no me fue muy bien—.

Araya contó el dinero, y el hombre lo volvió a contar, lo dividió en dos fajos y se los guardó en los bolsillos del pantalón.

—Es un gran placer hacer negocios contigo— dijo Flaco.

—Sí señor.  Conduzca con cuidado—.

—Mae— el hombre se giró en la puerta. —¿Qué sabes de ese gringo del sector inmobiliario? —

—¿Sombrillas? ¿El tipo al que detuvo la OIJ hace unas horas? —

El hombre lo miró unos segundos desde la puerta, con la mirada que parecía desplazarse de Danilo, atravesándolo, hacia algún punto lejano.   El hombre se dio la vuelta sin decir nada más y el motor arrancó. Se oyó un chisporroteo de gravilla, el chirrido de las ruedas y un rugido que se fue apagando, como un punto y aparte que ponía fin a una de las secuencias de la pesadilla de Chapín.

Cerro de la Muerte                                                                  Sábado                                                                           0845

Pecas hacía el trayecto de ida y vuelta cada semana y conocía cada curva de la carretera; hacía ya un año o más que el puesto de control de Chespiritos estaba desocupado e inactivo, y ya no se controlaba a los conductores que pasaban por allí.  Incluso los policías fiscales, que hace años solían tener puestos de control contra el contrabando en El Brujo y Dominical, parecían salir muy de vez en cuando a la carretera para inspeccionar los camiones en busca de contrabando.  Los retos fiscales del país no eran ningún secreto, e imaginó que esa era la realidad de los recortes. Incluso había notablemente menos tráficos en los últimos meses apostados junto a la carretera a la caza de chorizos por infracciones menores.  Pero, efectivamente, hoy estaban revisando, y Parimaldo sacó su cédula de identidad y licencia de conducir y el permiso de circular del carro para cuando le tocara el turno, mientras esperaba en la corta cola que tenía delante, en el aire frío del filo de la cordillera.

Con Sombrillas fuera de juego, Chapín ya no podía seguir jugando al dos contra uno. Se había visto acorralado en el terreno de juego donde Pecas quería que estuviera, y ahora era el momento de sacar a relucir el viejo encanto de Parimaldo y canalizar su faceta de negociador para sacar adelante todo el asunto.  Chapín, con su labia, resultaba repulsivo, un fastidio para cualquiera, pero sobre todo para quien se tomaba las cosas en serio.  Y esta gente de la conservación, fueran lo que fueran, eran personas serias.  Era una lástima lo de Sombrillas; si no fuera por la codicia y la probabilidad de traición, podría haber sido un activo con sus habilidades lingüísticas, incluso un socio.   El licenciado tenía pocos remordimientos, pero uno de ellos, uno que volvía a atormentarlo regularmente, era su pereza en la universidad a la hora de aprender inglés, y el segundo, por supuesto, haber traicionado a Giorgio de esa manera.  No tenía aptitudes para el idioma y menos aún para una celda en La Reforma, y odiaba ambas cosas por igual.  Mirando atrás, era una de esas cosas en las que, si hubiera hecho de tripas corazón, superado su orgullo y se hubiera esforzado, hoy estaría mejor.  Cualquier abogado de tres al cuarto que hablara ese idioma le ganaba con solo presentarse.  A sus cincuenta y seis años era demasiado mayor para seguir echando la culpa a los propios extranjeros.  Puta madre; no eran diferentes del propio Parimaldo, solo querían poder hablar su propio idioma. En aquellos días embriagadores en que Centroamérica despertaba a una ideología socialista e incluso comunista, había sido fácil rechazar el yugo yanqui, encarnado en ningún sitio tanto como en su horrible idioma.  Y con su presidente idiota cediendo Panamá unilateralmente, Nicaragua cayendo en manos de los sandinistas, El Salvador en manos del FLMN y Guatemala al borde del abismo, la facultad de Derecho en la sobria Costa Rica había sido lo más atrevido que se había visto por aquí, al menos desde la Revolución, ocho años antes de que él naciera.  Recordaba con cariño aquellos buenos viejos tiempos y maldecía su propia estupidez y pereza.  No se puede vencer al adversario sin comprender sus costumbres, pero por aquel entonces, joven y apuesto, con algo de dinero en el bolsillo, a un año de obtener una poderosa licenciatura en leyes, demonios, había sido fácil convencerse de que no necesitaba su idioma, de que se las arreglaría mejor que nunca con el suyo y de que, si tenía que hacerlo, podría presumir de su destreza lingüística en francés, un idioma en el que había adquirido una competencia adecuada.  Presumir era una cosa; cobrar cheques era otra, y los quebequenses y los franceses eran pocos y distantes entre sí, mientras los gringos invadían su país con su dinero como buitres sobre una iguana atropellada.

Estúpido, estúpido, estúpido, y ahora ya era demasiado tarde. Trucos nuevos, perros viejos. Al menos no había dejado de lado el internet, aunque se hubiera dado cuenta tarde. Ahora su correo electrónico, su celular, los mensajes de texto, todo ese rollo digital, eran herramientas estupendas, no, eran indispensables. Pero el internet solo le recordaba continuamente su gran error al descartar el inglés.  Para bien o para mal, algún día todo el planeta hablaría inglés, eso era seguro. Al menos ahora había traductores en línea que podía utilizar en una página web de especial interés cuando lo necesitara.  Pero era una oportunidad perdida, un error trágico, su mayor arrepentimiento.

—Señor Parimaldo —el agente miró sus documentos y luego se acercó a la parte delantera del carro para comprobar la matrícula, regresando con una sonrisa—. ¿Licenciado Parimaldo, señor?

—A su servicio, agente, ¿cómo sabía que soy abogado? —.

—Vaya, vaya, vaya—, se acercó el hombre nuevo, un agente a juzgar por su atuendo formal. Se asomó a la ventanilla del abogado y le dedicó una sonrisa de dientes dorados. —Así que por fin nos volvemos a encontrar, Lubricio. Tanto tiempo—.

Pecas sintió una primera gota de orina escaparle la uretra a empapar los bóxer mientras contemplaba el rostro marcado por las cicatrices de Giorgio, desgastado por el paso del tiempo y devastado, y notaba el agarre de su mano, firme como un agarra de hierro, sobre el hombro del abogado.

—Me temo que tendrá que apearse del carro, Licenciado, y acompañarme.

—Jorgito, qué sorpresa —Pecas esbozó una débil sonrisa—. Un agente de tráfico. Ha pasado mucho tiempo, ¿verdad?  ¿Por qué tengo que bajarme del carro?

El policía desenfundó su arma y apoyó el cañón contra la parte superior de la ventanilla, apuntando a la sien pecosa del abogado. —Necesito que se baje del carro, Licenciado.  No se lo voy a exigir una tercera vez—.

—Oye, Jorgito— dijo Pecas con una risita, abriendo la puerta para salir. —Déjame encargarme de esto, saldar cuentas contigo. Ahora tengo dinero—.

—Todo el dinero de Tiquicia nunca podrá comprarme los diez años que pasé encerrado, Licenciado, anticipando con alegría este mismo momento—.

Pecas se quedó mirando fijamente los abismos sin fondo de aquellos ojos negros que lo absorbían.

—Necesito que te des la vuelta, apoyes los brazos contra el carro y separes las piernas—.

—¿Vas a arrestarme, Giorgio? —.

—Algo así. Ha pasado mucho tiempo, Pecas, en eso tienes razón.  ¡Pero a cada perro le llega su día, y a algunos perros, les llegan dos!—

La Cárcel, PJ                                                                           Sábado                                                                             0930

—Creo que está pasando algo afuera, papá— dijo Andrés.

Sylván se dio cuenta, por la luz que se colaba por debajo de la puerta, de que ya no era de noche, sino de día de nuevo, horas de la mañana. Estaba tumbado en un rincón de la celda, incapaz de seguir durmiendo, esperando a que apareciera la comida, una oportunidad de ver la luz. Tenía que ser fuerte —un ejemplo— aunque el chico ya se había vuelto hombre y podía ya valerse por sí mismo en el mundo.  Sabía que tenía la fuerza para dejarse morir, y tras dos días así, estaba agotado y listo para ello. Pero sería lo mismo que golpearse contra las paredes. Por el bien de Andrés, aguantaría y resistiría esa tentación de soltarse al infinito.  Los habían metido aquí con un cargo de asesinato inventado, y cada vez tenía más claro que iba a tener que inventarse una historia descabellada que exculpara a Andrés, sobre cómo él la había matado por su cuenta, a solas.  Así que yacía allí, en el suelo de tierra, aquietando su mente frente a las batallas que se libraban en su interior, fuerzas de la disipación enfrentadas a aquellas que se aferraban a ideales de decencia desgastados por la lucha.  Estaba aguantando.  Aguantaría más.  Pero no iba a aguantar una vez que lo llevaran a La Reforma y lo encerraran de por vida.  Entonces estaría bien.  Hoy, hoy no estaba bien.  Aún no era el momento.

—Solo es el desayuno, hijo, no te hagas ilusiones—.

—Tienen que llevarnos a Golfito, papi; es la ley; así son las cosas—.

—No hay ninguna ley que se nos aplique, hijo.  No tenemos derechos que no podamos defender con nuestros propios recursos, y, francamente, no estamos en posición de defendernos en este momento. No te hagas ilusiones y prepárate para aguantar, sin importar cuánto tiempo lleve y lo duro que sea—.

Se oyó el sonido de una llave en la cerradura, la puerta se abrió de par en par y entrecerraron los ojos ante la luz del día.

—Ayuda a tu viejo a levantarse— dijo la voz del guardia, —y ven conmigo, hay alguien aquí que quiere conocerlos—.

No les pusieron esposas y los acompañaron a una oficina en la planta baja, donde les pidieron que se sentaran, les sirvieron café y los trataron con respeto. Dentro de aquella pequeña oficina, en la que hacía mucho calor, nadie los vigilaba y la puerta se dejó abierta. Al poco rato entró un hombre, encendió el ventilador y se presentó como el Inspector Ramírez, de la OIJ.  Les dio la mano, tomó asiento detrás del escritorio y se estiró hacia la esquina para coger el rifle de Sylván.

—Don Sylván, su carabina veinte-dos fue utilizada para matar a su vecina el sábado pasado.

—Todo el mundo dice que fui yo, pero yo no hice nada— dijo el anciano. —Y desde luego no tienen por qué retener a mi hijo aquí.  Ahora dicen que fue el rifle el que lo hizo, pero creo que no saben nada y solo necesitan alguien o algo al cual o que culpar—.

—Señor Montes, disponemos de métodos de laboratorio que permiten identificar el rifle del que proceden las balas. —

—Es verdad, papi— dijo Andrés. —Lo vi en la televisión en casa de Pánfilo. En CSI Miami. Es una serie de televisión. De Estados Unidos—.

—Este es el rifle que se usó para matar a doña Karmel Greene—.

—Lo dejé colgado en su sitio cuando me fui a Piedras Blancas— proclamó Sylván.

—Según la gente que te conoce, esto no es propio de ti—.

Andrés se río entre dientes. —Eso es seguro—.

—Simplemente me harté de matar para comer— dijo Sylván. —No sé si está bien o no, simplemente me entró, así que me fui con mis perros y dejé el rifle colgado. ¿Dónde están mis perros, por cierto? ¿Alguien les da de comer? ¿Cuida de ellos? Sospecho que a estas alturas se estarán preguntando dónde estamos, y se estarán poniendo un poco nerviosos—.

—Señor Montes, ¿alguien sabía que se dirigía al parque a orear?

—Solo ese mae, Araya, Danilo.  Puedes preguntarle. Te lo dirá sin rodeos—.

—Señor Montes, ¿sabía él que te ibas a orear y que dejabas el rifle atrás? —

—¿No cree que él disparó a esa señora? Por Dios— soltó una carcajada— ese mae no tiene el carácter necesario.  Es un poco astuto, la verdad, habla rápido, viste bien.  Pero no es un matón—.

—Señor Montes, ¿sabía Danilo Araya que usted se dirigía a las montañas y que dejaba atrás su rifle?

—Sí, señor— admitió Sylván. —Supongo que sí—.

—¿Cómo lo sabe?

—Bueno, se lo dije—.

—¿Estabas con Chapín el día que se fue a la montaña? — El inspector consultó un calendario. —¿El sábado, el día antes del asesinato? —

—Sí, señor. Estaba en la casa.

—¿Qué hacía en la casa? —.

Sylván miró a Andrés, quien miró a su padre a los ojos y negó con la cabeza.

—Supongo que eso es asunto mío— respondió Montes. —Mío y de Chapín—.

—Me parece justo. ¿A qué hora fue? —.

—Un poco antes del mediodía. Me fui antes de que empezara a nublarse, probablemente sobre la una. Él se marchó media hora antes—.

—¿Recuerdas qué llevaba puesto el señor Araya ese día? —

—Solo su ropa elegante de siempre. Un sombrero panamá—.

—¿De qué color era su camisa? —.

—¿Cómo demonios se supone que voy a recordar de qué color era su maldita camisa—o en su caso, blusa, mejor dicho? —

—Piénselo un momento—, respondió el inspector. —Usted estaba allí con él. Seguro que lo recuerda—.

—Era roja—.

—¿Roja? —

—Sí, señor, roja—.

—¿No era azul? —

—¡Era roja!  Ahora recuerdo que a los perros no les caía muy bien. Creo que a los animales les suele incomodar el color rojo—.

—Tiene muchos amigos en la montaña, señor Montes—.

—No sé nada de eso; solo intento salir adelante, eso es todo—.

—Te digo que es verdad—.

—¿Cuándo nos llevás a Golfito, Oficial? — interrumpió Andrés, agresivamente. —Tenemos derechos, ya lo sabes. No puedes tenernos encerrados aquí en esta pequeña caja oscura para siempre. Tienes que acusarnos o dejarnos en libertad—.

Ramírez miró al anciano.   —Todos tus compañeros de la mina vinieron a dar fe de ti, proporcionándote una coartada bastante sólida—.

—Bueno— se atrevió a decir Andrés. —Eso debería contar para algo—.

—Desde luego que sí—, sonrió Ramírez. —No los voy a llevar a Golfito.  Yo mismo los voy a llevar de vuelta a casa. Lamento las molestias, pero tienen que comprender nuestra sospecha razonable—.

—Bueno— Montes lo pensó detenidamente. —De acuerdo, entonces, vamos—.

—¿Tienen idea dónde nos podemos dar con Danilo Araya? —.

—Pasaremos justo por donde vive—, dijo Andrés. —Si no está allí, seguro que su mujer puede localizarlo—.

—En realidad, su mujer murió anoche durante una cirugía en San José— les informó Ramírez con delicadeza. —Lamento decirlo. Y parece que se ha pasado de viaje de su casa. Hay muebles y vajilla, pero su ropa y sus objetos personales han desaparecido—.

Sylván y Andrés se miraron.

—Hay un montón de muertes por aquí— murmuró Sylván, —y lo más probable es que aún no se hayan acabado—.

—¿Lo buscaste donde doña Karmel? — preguntó Andrés.

—No, no lo hemos hecho. ¿Deberíamos? —.

—Eso era de él hasta que lo vendió a Dona Kar, bueno de la esposa, doña Maribel, Chapín es una rata y no tiene nada propio, y si ella está muerta, pues no se había terminado de pagar la finca, y pues…mejor me callo, solo era un pensado—.

—Qué oportuno— respondió Ramírez. —Podemos pasar por allí de camino a tu casa—.

Aeródromo de PJ                                                          Sábado                                                                                     1000

—Mi amor—. 

Bárbara fue la primera en bajar del avión y rodeó con sus brazos a Diego al pie de la escalera hacia la que él se dirigió en cuanto se detuvo la hélice. Se abrazaron, y ella lo apretó con fuerza y se apartó para mirarlo, con la mirada fija, antes de que su nuevo rostro se acercara al de él.

—Llévame a casa— le dijo ella, tras el beso, con la mano sobre su pecho.

Después de hacer el amor, él se levantó de un salto para preparar el café que ella dijo que sería necesario. Ella se duchó a toda prisa y reapareció con una camiseta de él sacada de un cajón para sentarse al otro lado de la mesa, luciendo una sonrisa de Mona Lisa mientras él le ponía la taza delante, con leche, sin azúcar.

—Soy todo tuyo— le dijo él. —¿Qué hay en la agenda de hoy? —

—He aceptado una oferta de trabajo— le dijo ella.

Él se rio.

—En serio— sonrió ella. —Quizá sea un poco fuera de lo normal. Llámalo la nueva yo—.

—¿Una oferta de trabajo?

—Directora interina de Green Leaf Osa—.

Su sonrisa se desvaneció, se recostó y contempló una vibrante mariposa que emergía de su crisálida. Era estimulante ver aquello que había intuido en la pista de aterrizaje pero que no había podido comprender, algo en el aire, pero fuera de contexto e irracional, que le daba miedo por lo extraño que le resultaba, iridiscente en su impresionante aparición. 

—Enhorabuena, señora directora interina—.

—Gracias. Y necesito que me ayudes a pulir un poco mis asperezas con el segundo punto del orden del día de mi nueva vida, que es el primer punto del orden del día de mi nuevo trabajo—.

—Es un placer. ¿Vamos a buscar un local para la oficina? —.

Ella lo miró como nunca antes lo había hecho, con una dulzura desconcertada.  Sintió cómo las cáscaras de la crisálida caían al suelo a su alrededor y supo que se había renovado por completo, y también que nadie más, ni siquiera Diego, podría verlo o comprenderlo en el momento de su transformación.  Sabía que sería así, y él era solo la primera ficha de la cadena de dominós ante ella, la primera y la más importante. Llevaría tiempo, y eso no la menoscababa a ella, ni a él, ni cambiaba nada, sin importar lo que pensaran los demás.  Cualquier resentimiento que pudiera haber tenido, cualquier rendición ante cualquier sensación de insuficiencia, se había esfumado, y ahora, en su desaparición, era difícil incluso recordarlo, difícil de definir, y él se recostó, deslumbrado por el aura que la rodeaba y que nunca había sabido realmente que estaba ahí, solo siempre había sospechado, siempre había buscado sacar a relucir a su manera egoísta.  Ahora ella lo había encontrado por sí misma. Sus ojos se llenaron de lágrimas espontáneas y traicioneras.

—No. Tenemos que ir a hablar con esos terratenientes y concretar los términos que negoció Kar.

—De acuerdo. ¿Conoces las condiciones? —

Se dio un golpecito en la sien. —He estudiado los expedientes—.

—Vamos, entonces—.

—Diego, quiero jugar a las casitas contigo—.

Él la miró fijamente durante un buen rato, con las palmas de las manos apoyadas sobre la mesa, y luego se llevó la mano izquierda a la barbilla. Se llevó el café a los labios, pero lo dejó sobre la mesa antes de beber. 

—¿A las casitas? —

Ella miró a su alrededor y levantó las manos.  —A las casitas—.

—¿Por qué no “en casa”? —

—¿Por qué no? —

—¿Y Sylván Montes?  ¿Estás dispuesta a ir a cerrar un trato con el hombre que mató a Karmel? —

—Vamos a ver a él primero. De hecho, ahora mismo. En cuanto nos vistamos—.

—¿Podrás con eso? —

—Es mi segunda tarea en la agenda de mi nueva vida de hoy—.

Diego dio un sorbo a su copa y reflexionó sobre eso, el segundo punto de la agenda. Se levantó para ir a ducharse. —De acuerdo, entonces, será fácil encontrarlo. Solo es cuestión de si la policía nos dejará hablar con él—.

—Estoy segura, cariño, de que encontrarás la manera de convencerlos—.

San Miguel de Cañaza                                                               Sábado                                                           Mediodía

Chapín abordó por tercera vez la penúltima cuesta con buen impulso y con el motor a toda máquina hasta que el tacómetro paso de amarilla arrimarse a rojo. Todo el peso de lo que cargaba debería haber compensado el desgaste de sus llantas, pero no fue así, y perdió el avance a tres cuartos de la subida, bajo una fina garuba —lo que quedaba de la fuerte lluvia de la mañana—y cuando quedó claro que no iba a superar la pendiente, pisó el freno a fondo.  Pero eso no sirvió de mucho, y el carro, con las ruedas bloqueadas, se deslizó hacia abajo por la calle de barro, y en lugar de frenarlo suavemente hasta la llanura de abajo, reaccionó de forma exagerada y giró el volante, con lo que las ruedas delanteras se clavaron en el paredón y el Suzuki, deslizándose, se salió de la calle y chocó contra el muro de barro del lado del conductor, las llantas hundidas en cuneta por donde fluía una escorrentía chocolate.  Puso la marcha atrás, pero no pudo liberarse.  Lo balanceó hacia adelante y hacia atrás entre primera y reverso, pero fue en vano. Estaba pegado. Apagó el motor y sonrió, asomando la mano por la ventanilla para tocar el barro y luego se frotó los dedos hasta que la humedad se secó, dejando una mancha roja en ellos. No era para tanto, hijo de puta, solo estaba pegado, nada más.  Quizá pudiera salir por sus propios medios si saliera el sol y se secara un poco, y si no, Carmona estaba a solo un par de kilómetros más adelante y podría traer sus bueyes y sacarlo en un santiamén.

Se recostó en el asiento y encendió un cigarrillo. Había sido una semana dura, pero ya había salido de ella. Menudo susto lo de Mimi, pero cuando te llega la hora, te llega, con sus misteriosos designios y todo eso, y nunca se lo habría imaginado así, pero ahí estaba. A los niños les había afectado bastante, por supuesto.  La pequeña Yesenia era demasiado pequeña para entenderlo, pero lloraba a lágrima viva siguiendo el ejemplo de los demás, que se hacían una idea mucho más clara de lo que significaba. Él había cumplido con su parte de forma admirable, los había abrazado a todos y los había tenido cerca, llorando junto a ellos hasta que se agotaron de tanto llanto y finalmente se durmieron.  Lillo no tanto, y había salido y se había quedado en la puerta mientras Danilo les explicaba a sus suegros cómo tenía que ser allí en la cocina, cómo bajaría a recogerlos más tarde ese mismo día después de haberlo trasladado todo de vuelta a la finca.  Había levantado la vista y se había encontrado con el pequeño Lillo mirándolo con una mirada demasiado malvada para un niño de doce años.  ¿Qué demonios pensaba el niño, que su viejo podía hacer milagros y salvar a su madre de un cáncer que nadie sabía que tenía?  Lillo se había escabullido de nuevo en la oscuridad, donde su hermano y sus hermanas dormían, y Chapín lo había dejado estar, o tal vez tenía demasiado miedo de seguirlo, sacarlo de allí y hablar con él.  No es que él tuviera todas las malditas respuestas.  Estaba bastante seguro de que era verdad cuando les había dicho que volvería a recogerlos a todos y los llevaría a la montaña más tarde, pero a medida que la lluvia se descampaba y exhalaba una nube de humo azul y frío en la cabina y veía cómo pequeñas ráfagas de brisa lo movían en remolinos y lo sacaban por la ventana, se dio cuenta de que no era justo para los niños, de que no tenía lo que hacía falta para criarlos como es debido, de que no estaba bien, no era justo para ellos.  Estarían mejor con su cuñada y su marido y sus primitos, y él les llevaría dinero y los vería de vez en cuando y luego, cuando se hubiera buscado a alguien nuevo, los traería a una gran casa que compraría en la ciudad o en alguna finca estupenda después de cerrar este trato con esa gente de la conservación y ganar un montón de dinero.

Todo era flujo de caja. Ese era el secreto de los negocios. Lo único que había que hacer era mover dinero y hacer que una parte se adhiriera a uno en su pasaje.  Ahí estaba él, con seis millones y medio en efectivo en puras ganancias, y hacía menos de cinco días tenía cinco millones en deudas. Eso suponía un cambio de once millones en una sola semana.  Si lo calculaba, eso eran cuarenta y cuatro millones al mes, quinientos doce millones de colones al año, y eso era una vida de ensueño desde cualquier punto de vista.  Por supuesto, cinco millones y medio de eso fue pura suerte. Con Sombrillas entre rejas, podía dar por perdido el préstamo de dos millones y medio en débitos teóricos, y, por una suerte de locos, también se había librado de su deuda con Arce. Por supuesto, en realidad no fue suerte.  Se había enfrentado a Sombrillas y había salido victorioso.  De alguna manera, Sombrillas había calculado que acabaría utilizándolo como garantía con el terreno de Mimi en Cañaza para meterse de lleno en el negocio inmobiliario.  Menuda mala apuesta, probablemente todo ese polvo que jalaba, volviéndolo loco.  No, no era eso, eran los propios poderes de persuasión y engaño de Danilo mismo.  Al fin y al cabo, había cubierto su apuesta con Sylván bastante bien. Se había ganado esos tres millones a pulso, y ahora el viejo estaba en la cárcel y a punto de ser condenado a cadena perpetua por asesinato, bueno, eso había dejado el balance a cero. Sí, había sido una pequeña inspiración: dos pájaros de un tiro. Y Sombrillas también…si eso no era ya el colmo, y por cargos de narcotráfico; eso solo demostraba que era cierto: quien a hierro mata, a hierro muere, y Sombrillas sin duda había tropezado con su propia espada. ¡Adiós y buen viaje a la basura! Dio una última calada.  No se pueden ganar todas, se rio entre dientes, tirando la colilla por la ventana, si no se gana la primera.

La lluvia había cesado, así que subió la ventanilla, cerró la puerta con llave y se abrió paso a través del montón de tiliches del lado del copiloto para salir por la puerta y quedarse de pie en el suelo, en medio del silencio, mientras estudiaba su siguiente movimiento, reconfortado por la huella que dejaban las suelas de sus botas en el barro rojo de la calle. No había dormido desde que Mimi se desmayó ayer, mucho antes del amanecer, y ahora caminaba tambaleándose, agotado.  Evocó su rostro en su mente y lo mantuvo allí, enmarcado por el oscuro sotobosque del primario que se alzaba a un lado de la calle.  Pero su rostro se movía en el aire, se retorcía y se entrelazaba, y se abría paso entre los rostros de conquistas anteriores hasta posarse por fin en el rostro de una chica en la que había puesto los ojos, una colegiala ahora en su último año, prometedora, en pleno desarrollo, guapa y trabajadora, inteligente, pero más pobre que un zaguate callejero, una chica a la que podía seducir con su encanto natural y el destello del dinero, unos vestidos bonitos, quizá uno de esos teléfonos táctiles, el aroma de una buena vida.

Evaluó su carro. El pequeño Samurai le había servido bien y, con llantas nuevas, habría devorado este barro como si nada, pero era hora de cambiarlo y hacerse con un vehículo más adecuado a su nueva posición en la vida. De ninguna manera iba a cargar con todo eso a hombros por esa colina abandonada de la mano de Dios. Le habría llevado veinte viajes y no tenía fuerzas para ello.  Hizo números y tenía el dinero encima. Metió la mano debajo del asiento y sacó la nueve que había cambiado hacía un año y medio, cuando iba a probar suerte como narcotraficante.  Se la metió en la cintura, cogió su carpeta con documentos superfluos para llevársela bajo el brazo y un machete enfundado, y se revisó los bolsillos para asegurarse de que tenía las llaves antes de cerrar la puerta con llave y dar un portazo para subir penosamente la montaña a maravillarse con su nueva finca y empezar a hacer inventario.

Iba a tener que sentarse y tener una charla muy seria con su amiguito Octavio. Aquello de anoche había sido un negocio muy sólido, y Chapín era un hombre de negocios serio, y existía la posibilidad de un futuro prometedor en el negocio de amañar peleas.  Seguramente tendría que arreglar algunas por el camino, pero todo se reducía al flujo de caja, dinero que entra, dinero que sale, solo tener lo suficiente para salir adelante y que todo saliera a cuenta, y Benavides no era más que una testaferro.  Justino Recto, ese sí que era un hombre más del nivel de Chapín, y él saldría de las ligas menores de Benavides después de haberlo manipulado el tiempo suficiente para cumplir con cualquier lealtad requerida. Porque todo era también un juego de personas, y había que acariciar egos por el camino y humillarse según fuera necesario para lograr el gran objetivo final que ellos no tenían ni idea de que estaba realmente en juego.  Incluso Recto no era más que un pez pequeño en el gran mundo, y eso era algo en lo que Chapín era bueno.  Puta, al viejo no le quedaba mucho para largarse y quizá Chapín le compraría la parte y se haría cargo del negocio él mismo.  Ya que había que ganarse la vida, mejor hacerlo con algo que te gustara, algo en lo que fueras bueno.

Llegó al plano y respiró con dificultad, agradecido por el tramo llano antes de la última subida empinada hasta el desvío hacia su nueva finca.  Quizá se pasaría al negocio del chocolate.  Al fin y al cabo, la pesca deportiva, analizada en profundidad, podría ser un hueso duro de roer.  Se río al pensar en lo orgulloso que estaría el pequeño Diego de sus nuevas matemáticas.  Por supuesto, tendría que contratar a un nuevo grupo de viejas para que se encargaran de ello; de ninguna manera volvería a trabajar para él nadie del antiguo equipo de Karmelita.  Lo que significaba que tendría que aprender cómo funcionaba todo.  Se rio de ellas y de la vieja gringa, de cómo le había dicho que advirtiera a Mimi de que la mataría si volvía a poner un pie en su finca.

—¿Qué tal te está yendo, Doña Karmela? — preguntó en voz alta, a mitad de la empinada cuesta, jadeando, un pie delante del otro, con la vista un poco borrosa tras treinta y ocho horas sin dormir. —Adelante, marcha— le dijo a su pie derecho, luego al izquierdo, y al mundo en general, y que siga fluyendo el dinero, entrando y saliendo, lo que no se te queda pegado.  Solo mantén el movimiento.

La lluvia volvió repentinamente a caer cuando llegó a la entrada de la finca. Se adentró entre los árboles para refugiarse bajo el dosel del bosque primario que se extendía cuesta arriba y miró hacia abajo, al otro lado de la calle, más allá del bosque secundario que se estaba recuperando, mientras el agua se filtraba y le goteaba encima.  Encendió una llama tras unos veinte intentos y logró que el Delta prendiera, alimentándolo con jalones energéticos mientras la lluvia apretaba entre un viento agresivo. Llevaba seis millones y medio en efectivo y tendría que buscar un escondite para ello una vez en la casa. Se río entre la niebla que se alzaba del suelo del bosque, pero se calló cuando el aire retuvo su sonido y lo mantuvo vivo bajo el dosel.  El agua cayó sobre su brasa y no pudo reavivar el cigarro, así que la tiró al suelo. Empapado de todos modos, se encogió de hombros y volvió a salir al camino de entrada bajo la lluvia y siguió caminando hasta el claro y la casa, donde podría secarse y sentarse en su nuevo corredor y refrescar sus talones cansados un rato y dejar que la lluvia siguiera su curso antes de bajar y despertar a Carmona para que lo sacara de allí y lo subiera a la colina.

No estaba a más de veinte metros de la baranda cuando los perros de Tepe salieron en tropel de debajo de la casa para rodearlo.  Su pelaje estaba seco y él empapado, el mundo al revés.  Miró a los cuatro a su alrededor, sin miedo por una vez, incluso con el pelo erizado en el lomo, incluso con los labios curvados hacia atrás. Ahora se estaban mojando.  Primero se oyeron gruñidos graves que brotaban de la garganta del perro líder, al que Tepe llamaba Santos, y luego de los otros tres. Era un coro que subía y bajaba con la lluvia.

Silbó.  —Buenos perritos—.  Extendió la mano y volvió a silbar.

Sus gruñidos subieron de tono y Santos se acercó de un salto y se detuvo en seco para arañar el suelo y gruñir.  Los otros tres se acercaron en igual medida.

Se llevó la mano a la espalda para sacar la pistola, dejó caer el archivador expansible del hueco de su brazo izquierdo y se quitó la funda del machete. 

—Vamos, pues— les dijo. —Animales asquerosos.  ¡Vénganse para presentarles a su hijueputa creador, asquerosos canes de mierda! —

Le disparó a Santos de lleno en el pecho justo cuando el perro se abalanzaba sobre él; el animal cayó como un martillo, retorciéndose y desangrándose.  Se giró hacia el segundo, pero la pistola se atascó, y el animal le había agarrado la muñeca izquierda con las fauces antes de que pudiera blandir la hoja.   El peso del animal, que se debatía violentamente, lo tiró hacia un lado, pero él se mantuvo en pie para sacudírselo de encima mientras el tercero se abalanzaba sobre su brazo derecho y el último sobre su pantorrilla; todos tiraban y se debatían, y él se sentía impotente ante su fuerza.  Con un esfuerzo desmesurado se mantuvo en pie y, contra el perro que le había agarrado el brazo derecho, forzó la muñeca para que funcionara, giró el arma hacia la cabeza del animal y apretó el gatillo. Pero no disparó, y recordó los meses que había pasado en su cajón sin engrasar y descuidada, sin que nunca se le hubiera hecho el mantenimiento mecánico.  La pistola cayó al suelo, y a él lo arrastraron hasta allí a continuación. Ahora le soltaban las extremidades, y se cubrió la cabeza con los brazos maltrechos y saboreó la sangre que le goteaba en la cara mientras se le acercaban gruñendo, con su aliento caliente contra su rostro.  Los gruñidos aumentaron de volumen, hasta un punto de ruptura, y la lluvia golpeaba con más fuerza hasta que el sonido se transformó en un suave y sordo alboroto de dientes, tendones y odio.

No tenía por qué ser así.